jueves, 12 de noviembre de 2020

Negociar los talentos (Domingo 15 de Noviembre)

  Proverbios 31,10-13.19-20.30-31; Salmo127,1-5; 1 Tesalonicenses 5,1-6; Mateo 25,14-30


Los últimos domingos del año litúrgico nos hablan de “las cosas últimas” (escatología), del final de los tiempos, del futuro último, de la vida del “más allá” (1Tes 4,12-17.5,1-6). Pero no lo hacen para amedrentar con lo que está “por venir” sino para dar esperanza.
 
Siguiendo la lectura continuada del capítulo 25 del evangelio de san Mateo, la semana pasada la parábola de las diez doncellas animaba a llenarnos del amor (aceite) a fin de mantener encendida la luz cuando llegue el Esposo (1-13); este domingo nos cuestiona acerca de la responsabilidad adquirida al recibir de Dios determinados talentos (14-30); y la próxima semana la fiesta de Cristo Rey nos encarará con la “realeza humilde” de nuestro Señor Jesucristo y el discernimiento necesario acerca del trato que le damos como “Dios-escondido” en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos o encarcelados (31-46). Luego iniciaremos el Adviento, tiempo de esperanza, donde seguiremos ahondando en la venida del Señor, pero más centrados en el ahora de su venida.

Talentos naturales y talentos espirituales

Cuando hablamos de talento en nuestra cultura solemos referirnos a esos dones naturales con los que nace cada uno, especialmente los intelectuales o artísticos. Se dice así que una persona tiene talento para los estudios, para la música, la pintura, el teatro, etc. En su parábola de los talentos ¿se refiere Jesús a estas dotes naturales con las que se nace? Pues no especialmente. Aunque todos tenemos ciertos talentos naturales, la parábola habría que leerla más en la línea de los talentos espirituales que hemos recibido, como lo son la Palabra de Dios, la fe, el Reino de Dios. En cierta manera habría que leer esta parábola en sintonía con aquella que nos habla del sembrador que siembra la semilla en el campo y produce frutos de diversa intensidad según es acogida (Mt 13,1-23).

Además de haber recibido un cuerpo y una mente dotados de unas capacidades más o menos de nuestro agrado, también hemos recibido unos dones espirituales. No nos hemos ganado esos talentos, no los hemos conquistado con nuestro esfuerzo; son algo inmerecido, don gratuito de Dios, y no se nos han dado para vanagloria nuestra y admiración de los demás sino para potenciarlos, para negociar con ellos; y no olvidemos que la palabra “negocio” significa “negación del ocio”, o sea, trabajo, actividad.

 ¡Hay que poner en marcha los talentos recibidos! Por lo general los talentos naturales que recibimos (capacidad física, inteligencia) solemos desarrollarlos bien, aunque las más de las veces movidos por intereses de rentabilidad económica. Tan es así que en nuestra cultura se ha acuñado la figura del cazatalentos, persona que se dedicada a buscar individuos idóneos para ser contratados por compañías necesitadas de ellos, todo en orden a la obtención de mayores beneficios. 

No se tiene en cuenta en el mundo de la economía neoliberal que los talentos físicos y mentales los hemos recibido para servicio de la humanidad, no para explotarla y servirnos de ella. Eso mo es siquiera “ser fiel en lo poco”, y quien lo hace no merece pasar “al banquete de su Señor” (Mt 25,21.23). La paga de quien esconde sus talentos es la reprobación del Señor, que le privará  del banquete: “Apartaos de mí, malditos, porque tuve hambre y no me diste de comer” (Mt 25,41-42).


¿Miedo a negociar los talentos espirituales?

Pero ¡vayamos a los talentos espirituales! ¿Acaso no recibiste el don de Dios en el Bautismo? ¿No es tu conversión a Dios y su conocimiento un don e iniciativa de Dios? ¿No han sido la fe, la eucaristía, la confirmación, el matrimonio, el sacerdocio, e incluso la Iglesia, dones que el Señor te ha dado? ¿No eres portador de una vida en libertad, amor y esperanza? Estos talentos que has recibido en su momento son gracias sobrenaturales que Dios ha repartido “a cada cual según su capacidad” (Mt 25,15). 

Y podrías preguntarte: ¿Qué uso estoy haciendo de ellos? ¿Cómo los estoy poniendo en juego? ¿Se deja ver en mi vida la Palabra de Dios, la fe, el orgullo de ser hijo de Dios,  u oculto mi fe por vergüenza, miedo o temor a perderla si la embarro con los problemas del mundo? ¿Me da miedo abandonarme a la  libertad (que no es "hacer lo que me da la gana" sino "lo que creo en conciencia que debo de hacer")  , al amor y a la esperanza del Reino? ¡Ay, el miedo! ¡Cuánta libertad, esperanza y amor perdemos por su causa! 

Poner en juego mis talentos es amar, y el mayor enemigo del amor no es el odio sino el miedo. El miedo retrae, paraliza, desactiva las fuerzas (gracia) que Dios nos da. “Sabía que eres exigente, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra” (Mt 25,24-25). Hay muchos miedos -¿vergüenzas?- que nos llevan a esconder nuestros talentos en un hoyo: miedo al fracaso porque no creemos en el poder de la Palabra que nos dice que quien lo da todo recibe el ciento por uno (Mt 10,29-30), miedo a no ser capaz de darlo todo, como aquel joven rico que no quiso arriesgar y “se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes” (Mt 19,22), o miedo a perder la posición social o económica, como le ocurrió a los fariseos y saduceos del tiempo de Jesús, que escondieron su talento bajo los mantos, las filacterias, los ritos y los preceptos de la ley (Mt 23,13-32). No fueron éstos malas personas por sus acciones, pero sí por su inactividad.
 
Critica Jesús con dureza a  quienes "dicen y no hacen", a quienes han hecho del pecado de omisión una forma diabólica de justificación. ¡Yo no he hecho nada malo! ¡Ni robo ni mato ni hago mal a nadie! No podemos discernir nuestro progreso espiritual por lo que no hacemos, en este caso los más santos serían los que nos e mueven y estarían en el cementerio; la clave de un buen examen de conciencia está en preguntarte cada día ¿qué he hecho hoy por y por mi prójimo? Porque a la tarde de la vida no te examinarán de lo que no hiciste, sino de lo que hiciste. Pierde, pues, el miedo a ser "cristiano en salida" que pone en juego sus talentos.
  
Del criado negligente no se dice que fuera malo por acción sino por omisión; no hace mal, pero deja de hacer el bien debido; y Dios no soporta a los conservadores, a los que no arriesgan: “Aquí tienes lo tuyo” (Mt 25,25). La parábola llama hoy a la puerta de tu conciencia y la mía: hay muchos miedos en nuestra vida que nos llevan a abrir hoyos donde enterrar los talentos que Dios nos ha dado; y a menudo enterramos el don de Dios en hoyos tan cínicos como son  la oración desencarnada, la liturgia ritualista, las devociones interesadas o el amor frío y legalista. El empleado negligente se contentó con estar en regla; su negligencia legalista le llevó a la muerte.



* * *
La matemática espiritual descoloca al calculador. Invertir en amor tiene siempre sus réditos, reservar el capital recibido conduce a la ruina. “Al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene” (Mt 25,29). En versión de Antonio Machado: "Moneda que está en la mano / quizá la puedas guardar; / la monedita del alma / se pierde si no se da". Y es que, cuando hablamos de bienes espirituales no vale el “hasta aquí llega mi inversión, ya no arriesgo más”, porque quien no sigue subiendo acaba necesariamente bajando; es la dinámica del Reino. Dice Jesús: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11,23).


Casto Acedo Gómez. Noviembre 20120. paduamerida@gmail.com 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Sabiduría y atención a la vida (Domingo 8 de Noviembre)

 El bloguero anda en sequedad, no espiritual, sino de los ojos. Exceso de pantalla. Pero, por no faltar a la cita a la que ha sido fiel durante años se limita  a colgar la entrada de hace tres  años sin apenas revisión. Aquí la tenéis, aunque con un cierto retraso frente a los plazos habituales.

 Ciclo A: Sb. 6, 13-17; Sal 62,2-8; 1 Tes. 4,12-17; Mt. 25, 1-13.

 

El ser humano no se limita a encajar sus días automáticamente en el puzle de la naturaleza y la historia. No solamente ve y vive, sino que se pregunta por lo que ve y lo que vive; tiene sed de saber, de comprender, de unificar sus experiencias en un todo. Es connatural a toda persona el deseo de salir de sí a la búsqueda respuestas acerca de la vida; intuye que más allá de las apariencia se esconde un misterio. Hay en la persona sed de Sabiduría:  “mi alma está sedienta de ti” (Sal 62,2). Al hombre que adquiere el conocimiento y la visión adecuada de la vida se le llama sabio. 
 
¿Quién es sabio?
 
¿Qué es un sabio? No es precisamente quien tiene un coeficiente intelectual alto y es capaz de almacenar y procesar datos en su cerebro. De ser así, cualquier computadora de hoy sería más sabia que cualquier humano, porque nadie es capaz de almacenar y cruzar datos con tanto orden y precisión como lo hace un chip informático. Para ser sabio no basta saber cosas, hay que conocer y vivir la propia vida en libertad de forma gratificante. Y eso no lo puede hacer ni  puede dárnoslo hecho ninguna computadora. La sabiduría auténtica no tiene medida ni cálculo, forma parte de lo “indescifrable” (el misterio) de la persona. “Radiante e inmarcesible es la sabiduría”, (Sab 6,13).
 
¿Dónde está la auténtica sabiduría? ¿Se puede comprar con dinero? ¿Será sólo asequible para los privilegiados que pueden acceder a grandes centros universitarios? ¿Se hallará en las facultades universitarias de ciencias puras, sociales o humanas? ¡Nada de eso! No necesitamos estudios superiores ni riquezas materiales para adquirirla: “Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien la busca no se fatigará, pues a la puerta la hallará sentada” (Sb 6,14-15). 

El estudio-trabajo compulsivo y la acumulación de teorías, más que una ventaja son un obstáculo insalvable para adquirir sabiduría. La  sabiduría auténtica no se adquiere por la dedicación al estudio ni la acumulación de títulos académicos, sino por la disposición del corazón. "No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente", dijo San Ignacio de Loyola. 

Para adquirir la sabiduría cristiana hay que vaciarse de saberes aprendidos en la escuela; porque “ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola, y les sale al encuentro en todos sus pensamientos” (Sb 6,17). 

La sabiduría de Dios, por tanto, sale a tu encuentro;  y para dejarte alcanzar sólo te pide entrar en silencio contemplativo para, de este modo, abrir tu mente y tu corazón. Ahora bien, cuando te mantienes despierto, fiel al ejercicio que supone la práctica de la meditación y contemplación,  ¿cómo saber si estás ya en la verdadera sabiduría? La respuesta te la da Jesús: Pues, por sus frutos la conocerás (cf Mt 7,16). Porque la auténtica sabiduría te da serenidad, paz, alegría, vida; mientras que el falso saber engendra la desorientación, la crispación, el cansancio, la oscuridad y la muerte. Revisa a dónde te conduce el saber o la sabiduría que gobierna tu vida y juzga por ti mismo si estás en el lado bueno. Sino, ¡atento! 


 
La sabiduría es amante, despierta, prudente, fuerte...

"Pensar en la sabiduría es prudencia consumada, y quien vela por ella, pronto se verá sin afanes” (Sab 6,14) . Según ésto, una de las actitudes cristianas más importantes relacionadas con la sabiduría es la vigilancia; y de ello nos habla la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13). La vigilancia es la virtud de los que esperan, y también de los sabios. 

El sabio se ejercita en la vigilancia, en el cuidado y atención del jardín de la sabiduría, para que no crezca en él la cizaña de la mentira.  El cuidado atento y la atención en esperanza son el aceite que se necesita para que prenda en el alma la sabiduría. Con el cuidado de las virtudes y la mirada en Él nos disponemos para recibirla  (cf 1 Cor 1,7-2.16).

¿Cuáles son esas virtudes que propiciarán el encuentro con la verdadera sabiduría? ¿Qué aceite necesita mi lámpara?  

* La primera virtud es el amor (caridad), porque nadie está expectante y alegre esperando que venga algo o alguien a quien no ama; si no tienes amor ni a Dios ni al prójimo, no esperarás nada de ellos; con amor adquirirás el conocimiento que no se adquiere con las letras y los números. Se trata de una espera orante. Lo dice santa Teresa, que de esto sabía mucho: no consiste la cosa en "hablar mucho, sino en amar mucho".
 
* Junto al amor la oración; el mismo Jesús dice “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26,41); estas palabras las pronunció en Getsemaní, el lugar de la huída; te conviene pues orar, sobre todo cuando te acosa el desánimo y el deseo de abandonar. Perseverancia.
 
* También es importante la prudencia, porque la tentación es connatural al hombre y cuando ésta llega se hace imprescindible la sensatez y el buen juicio; Adán y Eva en el paraíso, David en la terraza de su casa, Pedro en casa de Anás, ¿habrían caído si realmente hubieran “vigilado” con prudencia?; ¡de cuántas caídas te librarás si eres prudente! No olvides que el diablo, señor de la necedad y la mentira, aprovecha la imprudencia, el descuido y la distracción para hacerse con su presa. 
 
* Finalmente, la virtud de la esperanza me va a pedir fortaleza; el aceite de las lámparas que las vírgenes prudentes tuvieron en abundancia nos recuerda la unción bautismal (“para que el poder de Dios te fortalezca te ungimos con éste óleo de salvación”) por la que el bautizado es fortalecido para vivir con éxito el mandamiento del amor, la vida de oración, y la práctica de los preceptos evangélicos como hombre prudente que edifica su vida sobre roca (cf Mt 7,24,27). No olvides que los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía son un segundo bautismo purificador y regenerador; acude a ellos para llenar tu alcuza con el  aceite de las virtudes. 


* * *
Sé, pues, vigilante, porque el enemigo, como león rugiente,  ronda buscando a quien devorar (cf 1 Pe,5-8). Despierta tus sentidos, atento a las fauces del león que a veces es tu propio ego que se resiste a  dar paso al hombre nuevo que hay en ti, otras veces es el sistema social injusto que te arrastra, en otros momentos es la mentalidad consumista que aturde tus sentidos, no pocas veces lo son los medios de comunicación que manipulan la verdad ofreciendo solo una cara de la noticia, o el mismo sistema educativo impuesto que a menudo no forma personas sino ciudadanos y súbditos serviles.

 ¡Estate alerta! Que nada acabe devorando la sabiduría que has adquirido en la cercanía de Jesús. Mantente firme y alcanzarás el premio; se colmarán todas tus esperanzas. Si te mantienes vigilante y fiel no sólo adquirirás la sabiduría necesaria para vivir con gozo el día a día de tu vida, sino que, además, te estarás garantizando el triunfo definitivo, cuando el Señor te lleve con él en la resurrección final (cf 1 Tes 4,13); entrarás entonces en el banquete de bodas preparado para los que esperan al Esposo con sus lámparas encendidas (cf Mt 25,10). 

Es tu responsabilidad. La esperanza, la fe y el amor son intransferibles, si fuera posible creer, amar y esperar por otro, ¿no habrían compartido las vírgenes sensatas su aceite con las necias? (Mt 25,8-9). Hay cosas que nadie puede vivir  por ti. No te duermas, ama, reza y se prudente. Sé sabio.

Casto Acedo . Noviembre 2020. paduamerida@gmail.com.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Vivir preparados (32º Ord A)

 

32º Domingo, Tiempo  Ordinario, ciclo A

 

*Quienes buscan sabiduría, fácilmente la encuentran  (Sab 6,12-16)

*Dios llevará con Jesús, a los que murieron con Él (1Tes 4,13-18)

*Estén preparados, porque no saben el día ni la hora (Mt 25,1-13)

 

VIVIR PREPARADOS

   Al comparar el Reino de Dios con la celebración de una boda,

Jesús nos pide estar vigilantes desde ahora… desde esta vida…

   Todos sabemos que el aceite da luz, solamente si se consume.

Por eso, la persona sabia es la que ama y consume su vida sirviendo

al prójimo, para hacer realidad una sociedad más humana y fraterna.

   En cambio, el necio vive instalado, encerrado en su egoísmo.

 

Personas necias que viven con las lámparas apagadas

   Cierto día, el filósofo griego Diógenes de Sínope (412-323 a.C.),

recorre las calles de Atenas llevando una lámpara encendida.

Mientras camina, tiene la esperanza de hallar personas honestas,

lamentablemente, solo encuentra personas necias y corruptas.

   Hay personas que se aprovechan del texto evangélico de hoy,

para meter miedo -por ejemplo- a quienes participan en la Eucaristía,

diciéndoles: “Ustedes no saben ni el día ni la hora de la muerte”.

Tengamos presente que no es la muerte la que da sentido a nuestra vida,

todo lo contrario, aprendiendo a vivir se aprende también a morir.

   Hoy, cuánta falta nos hace reflexionar en los siguientes textos:

*¡Ay de ustedes que envenenan la justicia y pisotean el derecho (…).

Odian al que juzga rectamente y aborrecen al que dice la verdad!

Por haber oprimido al pobre, exigiéndole tributo de su cosecha,

si construyen casas lujosas con piedras talladas, no las habitarán;

y si plantan viñas selectas, no beberán de su vino (Amós, 5,7. 10s).

*Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá su sabor?

Ya no sirve. La arrojarán a la basura y la gente la pisará (Mt 5,13).

*Quien escucha mis enseñanzas y no las pone en práctica,

se parece a una persona tonta que construye su casa sobre arena.

Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos,

y la casa se derrumbó, ocasionando una ruina terrible (Mt 7,26s).

*La luz vino al mundo, y los hombres prefieren las tinieblas a la luz,

pues sus acciones son malas. Quien obra el mal odia la luz (Jn 3,19s).

Personas sabias que viven con las lámparas encendidas

   Mientras un pobre ciego camina de noche, su amigo lo reconoce,

se acerca, y le dice: ¿Qué haces Guno? Tú eres ciego y no ves,

sin embargo, caminas llevando una lámpara encendida.

El ciego le responde: Conozco de memoria las calles de este pueblo,

si llevo esta lámpara encendida, no es para ver el camino, soy ciego;

sino para que otros encuentren su camino cuando me ven a mí.

¡Felices las personas sencillas que dan y comparten desde su pobreza!

   Ya lo dijimos, la lámpara alumbra, solo si el aceite se consume.

Esto quiere decir que la capacidad de ver, oír y practicar…es personal,

no se puede transferir, ni considerar como propio lo que hacen otros.

No es egoísmo que las prudentes no comparten su aceite con las necias.

Por eso, quien oye las enseñanzas de Jesús y las pone en práctica,

puede alumbrar a los demás, para que den sentido a sus vidas.

Esto es factible, solamente, si somos la luz del mundo (Mt 5,14),

   Durante la celebración del bautismo de niños, el celebrante dice:

A ustedes, padres y padrinos, se les confía acrecentar esta luz.

Que sus hijos, iluminados por Cristo, caminen como hijos de la luz

y, perseverando en la fe, puedan salir al encuentro del Señor.

Después, aquellos niños bautizados, ¿caminarán como hijos de la luz?

   Examinemos nuestra vida, meditando en las enseñanzas de Jesús:

*No  se enciende una lámpara para meterla en un cajón,

sino que se la pone en el candelero para que alumbre a todos.

Así debe brillar la luz de ustedes ante los demás, para que

viendo sus buenas obras, glorifiquen al Padre del cielo (Mt 5,15s).

*Quien escucha mis enseñanzas y las pone en práctica,

se parece a una persona sabia que construye su casa sobre roca.

Vino la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos contra la casa,

pero no se derrumbó, porque tenía su base sobre roca (Mt 7,24s).

*La piedra despreciada es ahora la piedra principal (Mt 21,42).

   El aceite es imagen del amor y buenas obras. Oigamos a San Pablo:

El amor: Es paciente y servicial, no es envidioso ni busca aparentar.

No es orgulloso ni actúa con bajeza, no busca su interés ni se irrita.

Olvida las ofensas y las perdona.

Nunca se alegra de la injusticia, y siempre se alegra de la verdad.

Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (…).

Ahora tenemos tres cosas permanentes: la fe, la esperanza y el amor;

pero la más importante de las tres es el amor (1Cor 13). J. Castillo A

sábado, 31 de octubre de 2020

Todos los santos

 TODOS LOS SANTOS

 

*Han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero (Apoc 7,2-14)

*Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre (1Jn 3,1-3)

*Alégrense, grande será la recompensa que recibirán (Mt 5,1-12)

 

Las Bienaventuranzas

*Felices los que tienen espíritu de pobre… los que viven con

lo necesario para ayudar a los hombres y mujeres que sufren, porque

servir a los pobres es servir a Jesús… de ellos es el Reino de Dios.

*Felices los que lloran... los que descubren la fuerza salvadora

del dolor, para crear un mundo fraterno, una sociedad humana,

una comunidad donde reine Dios… ellos recibirán consuelo.

*Felices los humildes… los que oyen el gemido de la madre tierra,

y el llanto de los niños abandonados de padres vivos; y luchan, pues

otro mundo es posible… ellos recibirán la tierra en herencia.

*Felices los que tienen hambre y sed de justicia… los que oyen

las enseñanzas de Jesús, quien sigue llamándonos a la santidad,

a la justicia integral, a la perfección cristiana… ellos serán saciados.

*Felices los misericordiosos… los que tienen un corazón bueno 

y compasivo, para eliminar la miseria dolorosa que padecen

los hermanos y hermanas de Jesús… ellos obtendrán misericordia.

*Felices los limpios de corazón… que han renunciado a la riqueza,

porque no se puede servir a Dios y al dinero… ellos verán a Dios.

*Felices los que trabajan por la paz… donde hay corrupción

ponen verdad, donde hay violencia ponen vida, donde hay opresión

ponen justicia… ellos serán reconocidos como hijos de Dios.

*Felices los que sufren persecución por causa de la justicia…

por seguir fielmente a Jesús de Nazaret, y -como Él- hacer el bien,

dar de comer, sanar a los enfermos… de ellos es el Reino de Dios.

 

El juicio de las naciones

   Jesús no juzga ni condena, solo separa a los buenos de los malos.

Cada uno se salva o se condena por lo que hizo o ha dejado de hacer

-durante su vida terrenal- por los hermanos de Jesús (Mt 25,31-46).

*Tengo hambre. Había un hombre rico, que se vestía con ropa fina,

y todos los días ofrecía espléndidos banquetes.

Había también un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas,

y se sentaba en el suelo a la puerta de la casa del rico.

Ansiaba saciar su hambre con lo que caía de la mesa del rico.

(Lc 16,19-31). Señor, ¿cuándo te vimos hambriento?

*Tengo sed. Cualquiera que les dé a ustedes aunque solo sea

un vaso de agua por ser ustedes de Cristo, les aseguro que tendrá

su recompensa (Mc 9,41). Señor, ¿cuándo te vimos sediento?

*Soy forastero. José se levanta, toma al niño y a su madre, y sale

con ellos de noche hacia Egipto; donde permanecen hasta que murió

Herodes (Mt 2,13-15). Señor, ¿cuándo te vimos emigrante?

*Estoy desnudo. Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe,

si no tiene obras? ¿Acaso le puede salvar la fe? Si un hermano

o hermana están desnudos y no tienen nada para comer,

y uno de ustedes les dice: Que les vaya bien, abríguense y coman

todo lo que quieran; sin darles lo que necesitan, ¿de qué sirve?

La fe sin obras está completamente muerta (Stgo 2,14-17).

Señor, ¿cuándo te vimos desnudo?

*Estoy enfermo. Un hombre que va de Jerusalén a Jericó es asaltado

por unos bandidos, le desnudan, le golpean y se van dejándolo

medio muerto. Por casualidad, un sacerdote va por el mismo camino

al verlo, da un rodeo y sigue adelante. Lo mismo hace un levita,

llega a ese lugar, lo ve, da un rodeo y se va de largo (Lc 10,25-37).

Señor, ¿cuándo te vimos enfermo?

*Estoy encarcelado. Herodes ha mandado arrestar a Juan

y le ha encarcelado, por instigación de Herodías,

esposa de su hermano Felipe, con la que se ha casado.

Juan dice a Herodes: No debes tener como mujer a la esposa

de tu hermano. Por eso, Herodías odia a Juan y quiere matarlo.

(Mc 6,17-18). Señor, ¿cuándo te vimos encarcelado?  

 

Bienaventuranzas en el libro del Apocalipsis

*Felices los que leen y escuchan este mensaje profético… (1,3).

*Felices, desde ahora, los que mueren fieles al Señor… (14,13).

*Felices los que están vigilantes con el vestido puesto… (16,15).

*Felices los invitados al banquete de bodas del Cordero… (19,9).

*Felices los que participan en la primera resurrección… (20,6).

*Felices los que practican estas palabras proféticas… (22,7).

*Felices los que lavan sus ropas para participar de la Vida…(22,14).

Ellos lavan sus ropas en la sangre del Cordero (7,14).    J. Castillo A


martes, 27 de octubre de 2020

Todos los santos (1 de Noviembre)



La fiesta de los Todos los Santos comenzó a celebrarse en los primeros siglos para resaltar la valentía de los “mártires”, primeros testigos de la fe. Muchos de ellos dieron su vida por el evangelio, creyeron en la utopía posible de un mundo empapado del espíritu de las bienaventuranzas según la mentalidad del Reino que Jesucristo predicó, una sociedad regida por los principios de amor como motor y la fraternidad como tarea. Por la causa del Reino vivió Jesús y por ella murió; los primeros mártires (santos) dieron su vida por la misma causa que Jesús, el Mártir, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. (Mc 10,45)

Las bienaventuranzas, retrato de Jesús
 
Los santos son para nosotros modelo de vida cristiana, aunque el punto de referencia, la medida por excelencia, la tenemos en Jesús; él es el paradigma definitivo y último de toda bienaventuranza y santidad. Cuando proclamamos la santidad de los pobres de espíritu, de los mansos, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los perseguidos (cf Mt 5,1-11), estamos haciendo una fotografía de Jesús, un resumen de su ser y su modo de vida. 

La santidad pertenece a Dios (al Hijo entregado por nosotros), y nuestra santidad es participada: “-Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? ... –Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Ap 7,13).  La blancura (santidad) no la dan los méritos de los santos, es un don de Dios, fruto de la sangre del Cordero que "con su sangre nos ha justificado" (Rm 5,9).  

Ahora bien, como  gracia que es, la santidad es gratis, pero no barata; es un don caro (valioso, precioso, querido) que pide el pago de una respuesta agradecida. Dios concede la salvación, pero el hombre ha de aceptarla, respondiendo a los requerimientos de su amor; recibir y vivir la santidad exige un acto de libertad, una decisión firme de luchar contra el mal y la muerte que también pugna por hacerse un hueco en el corazón del hombre. Responder “sí” a Dios, como María Santísima, supone a veces tribulaciones, sufrimientos; es el caro precio de la Santidad. 
 
Por lo que tiene de sacrificio, ser mártir (santo) no está de moda. Nuestra cultura hedonista y racionalista, que se jacta de  su hermosa declaración de Derechos Humanos, que no son sino un desarrollo del Evangelio pero sin su esencia: Dios, que quiere un mundo “como Dios manda” pero sin Dios; una cultura la nuestra que oculta sus injusticias envolviéndolas con hermosas teorías y prácticas solidarias puntuales, que se harta de regalar palabras mientras otros sufren hambre de pan; una sociedad que ha hecho del martirio una maldición al proclamar como indigno cualquier forma de sufrimiento. ¡Cuánto más si este sufrimiento es fruto de una elección libre por servir a Dios y al prójimo! Se cree en la solidaridad, pero que sea indolente y triunfalista; se busca la paz, pero con el corazón contaminado por el consumo, sin conciencia de que el derroche solo es posible por la explotación y violencia ejercida sobre otros.
 
Los santos, modelos de reforma para la Iglesia
 
Un mundo así está falto de santidad y necesitado de reforma; y para esto se necesitan testigos que con su manera de ser y estar muestren que no todo se perdió,  porque Dios sigue entre nosotros. Los grandes santos han sido hitos avanzados de la Iglesia, del mundo y de la vida misma. Siempre fueron incomprendidos porque pusieron ante los sorprendidos ojos de sus coetáneos una manera distinta de leer y actuar la historia. Auténticos rompedores. Nos interrogan acerca de cómo vivimos hoy la fe, de si somos alternativa a la sociedad como lo fueron ellos, de si estamos dando un toque de esperanza a la Iglesia y al mundo como ellos lo dieron.
 

Ser santo implica siempre una ruptura con lo viejo (pasado) y una mirada a lo nuevo (futuro). Los primeros mártires cristianos, con la radicalidad de su lucha por la libertad del hombre frente a los poderes imperialistas del mundo (idolatría de la riqueza, el poder y el estatus social) , fueron motivo de esperanza para la Iglesia naciente; por eso mismo la fiesta de Todos los Santos debería de ser para nosotros una llamada a la esperanza:

*Porque los primeros mártires cristianos (Esteban, Santiago, Pedro, Pablo, Ignacio de Antioquía, Eulalia de Mérida...) nos han enseñado que Dios no admite componendas con señores de este mundo, que merece la pena mantenerse fiel hasta el final, que aunque nos maten el cuerpo, más allá de esta vida pasajera hay Vida Eterna y, por tanto, otro mundo es posible.

*Porque hombres y mujeres como Francisco y Clara de Asís, Antonio de Padua, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Ignacio de Loyola, demostraron que una Iglesia oscurecida por la desidia y la tibieza de sus miembros puede ser “reformada”, puede renacer cuando nuevamente se da paso al Espíritu de Dios.
 
*Porque hombres de hoy, testigos privilegiados del amor de Dios, como Juan XXIII, Oscar Romero, Teresa de Calcuta, Carlos de Foucauld, y tantos otros que nosotros mismos hemos conocido, nos enseñan que el estilo de vida comprometido y alegre del Evangelio,es posible también en nuestro tiempo.
 
La Santidad de los hombres es un reflejo del amor de Dios, que no se queda encerrado en el fuero interno de la Santísima Trinidad, sino que creando (Padre), redimiendo (Hijo) y santificando (Espíritu Santo) sale afuera y hace partícipes de su santidad al mundo y a los hombres. Hoy la Iglesia peregrina hace memoria solemne de la  Iglesia triunfante, se alegra “por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad” (Prefacio de la solemnidad). 

Los Santos son para la Iglesia modelo, ejemplo de cómo el reino de Dios ha tomado tierra; con su vida los han ido poniendo rostro al evangelio de Jesucristo, que en ellos ha pasado de ser letra a ser historia.  
 

* * *
Miramos hacia atrás recordando la vida ejemplar de los santos,  y en el hoy nos unimos a la gloria festiva de la Iglesia del cielo. Gozamos con ellos su bienaventuranza, pero no nos quedamos embebidos mirando al cielo, porque la sonrisa del triunfo de los nuestros nos anima a continuar la obra comenzada por Jesús. Él,  encabezando la procesión de los santos, está y estará siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28,20). 

Seamos conscientes de que hemos recogido la antorcha de la fe que se viene pasando de generación en generación desde hace casi dos mil años. Por muy grises u oscuras que nos puedan parecer las circunstancias, sabemos que ya hubo tiempos peores y “dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,11-12). Las dificultades son los dolores del parto que está alumbrando un mundo nuevo (cf Rm 8,22).

Casto Acedo  Noviembre 2020. paduamerida@gmail.com.

jueves, 22 de octubre de 2020

La importancia del amor (25 de Octubre)

    Ex 22,20-26; Sal  17,2-4.47.51; 1 Tes 1,5c-10; Mt 22,34-40


Cuando la vida se lee en clave de competitividad (o tú o yo) y la envidia se apodera del hombre, el alma se envenena y busca cualquier subterfugio para derrotar al enemigo. Desde esa carrera de poder y envidia es desgraciadamente habitual que  a la hora de programar una campaña electoral el político de turno incida más en el modo de desacreditar al contrario que en la tarea de poner sobre la mesa el propio crédito. Y es que resulta más fácil y cómodo desfigurar la imagen del vecino que edificar honradamente la propia; lo primero es sólo cuestión de declaraciones puntuales y lo segundo exige el ejercicio continuo de la virtud.  

Pues bien, sólo desde una postura de competición y celotipia es posible entender la obsesión de los judíos por comprometer la imagen de Jesús. El Nazareno, con su buen hacer y decir, se ha granjeado la simpatía del pueblo, que ahora le sigue en masa. Fariseos y saduceos no soportan que el pueblo, que antes les idolatraba, ahora les de  ostensiblemente la espalda. 

Los saduceos, al plantearle el tema de la resurrección de los muertos (cf Mt 22,23-33) fracasaron estrepitosamente. En esa ocasión Jesús no sólo resultó ser un predicador con éxito sino que además se mostró poseedor de una sagaz inteligencia. Los fariseos, adversarios de los Saduceos, debieron alegrarse del fracaso de éstos, y ahora son ellos, especialistas en temas teológicos y legales, los que tienen la oportunidad de poner en descrédito al profeta. Si pueden con Él conseguirán dos cosas: despojar a Jesús de las simpatías populares y poner en evidencia la ineficacia de los Saduceos.

La postura judía: el hombre al servicio de la ley

En tiempos de Jesús los eruditos judíos andaban embarcados en discusiones meticulosas sobre las prescripciones legales. Habían llegado a cifrar en más de seiscientos -en concreto 623- los preceptos que debería cumplir escrupulosamente cualquier judío que se preciara de tal. En el empeño habían llegado incluso a estipular el número de pasos que se pueden dar en sábado sin dejar de guardar ese día para el Señor. Tanto legalismo tuvo sus consecuencias: el espíritu quedó ahogado por la ley, la libertad aplastada por la “necesidad legal"; y así la ley sustituyó a la misericordia. 

Jesús denuncia duramente tal estado de cosas: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello” (Mt 23,23). Cuando los estudiosos se centran en la investigación de algo sin tener en cuenta a la persona (ética profesional, amor), cuando se dedican a jugar con las leyes de la naturaleza sin sopesar las consecuencias para la humanidad, podemos temernos lo peor. Eso  pasaba a los fariseos; analizaban meticulosamente  los preceptos del decálogo prescindiendo del hecho de que la ley es para servicio del hombre y no el hombre para servir a la ley, tal como  lo hizo saber Jesús (cf Mc 2,27; Mt 12,1-13). El resultado no fue otro que la esclavitud del legalismo sin amor.


Cuando a Jesús le preguntan “para ponerlo a prueba: “Maestro ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22,35-36) discutían si habría algún precepto que pudiera resumir a todos los demás. Con su pregunta pretenden que Jesús tome partido por un bando u otro de las estériles discusiones del momento. Dada su apuesta por el hombre se podría esperar de Él una respuesta en extremo humanista -más importante que amar a Dios es amar al hombre- con la que poder acusarle de menospreciar a Dios.

Jesús: La ley al servicio del hombre.
 
Pero Jesús, como hizo siempre, no cae en la trampa de entrar en polémicas inútiles, ni tampoco en el error de reducir la religión a simple humanismo o humanitarismo. Su respuesta va al grano poniendo en evidencia la vacuidad de las discusiones teológicas desligadas del compromiso por el bien de las personas. Recurriendo a la misma ley mosaica Jesús remite a la más esencial enseñanza del pueblo de Israel, y que lo será también del nuevo pueblo que es la Iglesia; en línea con la más pura tradición judía responde: “Escucha, Israel, el Señor es tu único Dios, “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser. (Dt 6,4) Éste mandamiento es el principal y primero”.Lo primero que manda el precepto del Deuteronomio (6,4-6) que Jesús cita es escuchar (¡escucha, Israel!), porque si se carece de la actitud adecuada de escucha de la palabra y se acude a ella para justificar las propias ideas, de nada sirve el mandato. Y tras esa invitación a abrir sin prejuicios el oído del corazón, el mandato judío citado por Jesús apunta a que lo primero es amar a Dios. Y con él amar al hombre: “el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas” (Mt 22,37-40).

Si dejamos a un lado el mandato de escuchar, tenemos tres preceptos en uno: amar a Dios, amar al prójimo amarse a uno mismo. Ninguno de estos preceptos es veraz sin el otro, y no hay contradicción entre ellos, porque poner en primer lugar a Dios no supone rebajar al hombre, sino, al contrario, traerá consigo el reconocerlo en lo que realmente es y en lo que está llamado a ser en plenitud: hijo de Dios. Y amar a Dios en el hombre no sólo es una opción, sino una necesidad, porque el amor a Dios a quien no se ve es imposible sin amar al hermano al que se ve (1 Jn 4,20).

Por otro
lado, estos dos amores -a Dios y al prójimo- sólo son posibles desde un hombre que se ama a sí mismo al descubrirse como agraciado de Dios. Quien se desprecia a sí mismo se incapacita para amar a otros y al Otro. Más allá de los razonamientos legales,  la razón de fondo del compromiso de amar no nace de la institución de una ley que está sobre todas las leyes, sino de un acontecimiento: el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo y ha alcanzado a la persona. La gratitud del converso al amor de Dios del que estaba tan necesitado se expande sin violencia interior hacia los que a su vez le necesitan: "No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto" (Ex 22,20). Si Dios te ha mostrado su amor, ¿responderás tú rechazando a tu prójimo?


* * *
En los últimos tiempos se ha acusado a la religión cristiana, y a las Iglesias que la predican, de ser alienantes, de alejar a los hombres de su propia realidad, de pasividad ante los problemas de la humanidad, de no hacer frente a las injusticias y crímenes que causan tanto daño y que son a su vez una de las principales causas de ateísmo, blasfemia y defección cristiana para el hombre contemporáneo (cf Gaudium et Spes,19).

¿Cómo respondería la cultura ilustrada de hoy a la pregunta sobre lo “lo más importante del cristianismo”? Me atrevo a sugerir que respondería que lo primordial es el “amor al prójimo”, dando así la vuelta al orden expuesto por Jesús, que no va del hombre a Dios sino de Dios al hombre. ¿Y no es lo mismo? Pues no, porque la primacía del amor a Dios es la garantía del amor al hombre; el cristiano ama al prójimo desde una motivación muy concreta: el descubrimiento de Dios, de su amor, de la convicción de su condición de criatura, del sentimiento de filiación que le hace sentirse “hermano”. 

Para el cristiano el amor no es cuestión de “liberalismo, igualitarismo y solidaridad” sino de “libertad, igualdad y fraternidad”, no nace de las ideas sino del corazón, no es fruto de la ley sino dela contemplación (conciencia) del amor de Dios, del Espíritu de libertad con que le reviste su fe en que es amado por Cristo Jesús. El motor del amor a uno mismo (autoestima) y del amor al prójimo es el amor a Dios que nace de saberse amado por Él.
 
Casto Acedo. Octubre 2020 paduamerida@gmail.com.