miércoles, 16 de septiembre de 2015

La persecución, signo de fidelidad (Domingo 20 de septiembre)

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"Dijeron los malos: acechemos al justo, que nos resulta incómodo… Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura…Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él” (Sab 2,17-20). El justo –dicen los malos- nos resulta incómodo. La justicia incomoda a los que viven instalados en la injusticia. Y la reacción es la del rechazo del justo, su marginación, incluso su eliminación. Ahí hemos de buscar el origen de la pasión y muerte de Jesucristo. Él era justo, y su “luz” puso en evidencia la “oscuridad” del mundo. En presencia del justo sólo nos quedan dos opciones: o aceptamos su luz y el consiguiente reconocimiento de nuestras oscuridades (pecados), o hacemos lo imposible por alejarlo, marginarlo, desacreditarlo, porque pone en evidencia nuestras miserias; y, llegado el caso, se nos hace tan insoportable que decidimos eliminarlo.
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Los esquemas de Dios y los nuestros
 
La historia del “justo injustamente perseguido” es la historia de Jesús. Pero también es la historia de muchos de los personajes de  la Biblia: Abel, acechado, envidiado y asesinado por su hermano Caín; Moisés, rechazado por el Faraón; David, perseguido por Saúl; los grandes profetas, desterrados y perseguidos por el pueblo y por los reyes porque denunciaron sus desafueros; Pablo de Tarso, acusado de blasfemo y enemigo por los fariseos a los que pone en evidencia por su predicación acerca de la inutilidad de la ley como clave de la vida religiosa; etc…; y la misma reacción encontramos ante los “justos” (santos) en la historia de la Iglesia: primeros mártires perseguidos (san Esteban, los apóstoles), grandes santos de la antigua historia de la Iglesia como san Ignacio de Antioquia, santo Tomás Moro… y santos de hoy: Oscar Romero, Ignacio Ellacuría, o los más recientes casos de cristianos que sufren persecución en el mundo islámico.
 
Ser “justo”, ser creyente en el Dios de Jesucristo, predicar su doctrina y, sobre todo vivirla, desagrada al mundo. Podemos hablar del “Dios conflictivo”, Dios que, presente en sus pequeños, en sus hijos, con su “forma de pensar y actuar propias” entra en conflicto con el mundo. Y se trata de un conflicto inevitable. Así lo dio a entender el mismo Jesús. ”¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,51-53). Quien tiene los criterios de Dios no puede menos que entrar en conflicto con quien se rige por esquemas de poder, fama y dinero. Se trata de dos mentalidades distintas: la de Dios y la mundana (cf Jn 17,13-26). En su momento san Pedro mostró las discrepancias entre los planes de Dios y los planes del mundo al querer convencer a Jesús de que cambiara de camino, de que no se dirigiera a la cruz, de que huyera de su misión; el mismo Jesús le llama la atención: “apártate, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8,33); un poco después son los apóstoles los que manifiestan que su mentalidad, sus pensamientos, aún están necesitados de conversión: “por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9,34).
 
Ser cristiano desconcierta al mundo
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La Palabra nos invita a una elección: o seguir los caminos del mundo, “donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males” (Sant 3,16) o seguir los caminos de Dios: “los que siembran la paz y su fruto es la justicia” (cf Sant 3,18)). Teóricamente lo tenemos claro; pero no nos engañemos: lo que pide el Señor a sus discípulos no es que se aprendan la lección, como los fariseos estudiosos de la ley, sino que practiquen la justicia siguiendo el estilo de vida que él propone. Y cuesta aterrizar en la realidad con los esquemas de Dios, porque mientras caminamos por este mundo también para nosotros los creyentes tiene el Evangelio su grado de incomodidad. Nos incomoda cuando nos hace ver que somos ricos y tacaños para con los hermanos, intolerantes y soberbios en cuanto nos tocan nuestro ego, remisos a ayudar a otros si ello nos supone pérdidas económicas o de consideración social, etc.
 
Como Iglesia deberíamos repasar si en nuestra institución los que cuentan son los más débiles o los más fuertes, lo sencillo o lo ostentoso. ¿Quiénes son los primeros en consideración, atención y promoción? Me da la impresión de que hay mucho que cambiar; algo que sólo desde una revuelta interior muy personal se puede conseguir. Este domingo es un buen día, al hilo de la liturgia de la Palabra, para preguntarte: ¿Sientes en algún momento el rechazo por ser seguidor o seguidora de Jesús? ¿Cómo encajas el golpe? Y por otro lado: ¿Cómo te sitúas en tu comunidad parroquial: procuras ocupar puestos de servicio (Cáritas, limpieza del templo, atención a enfermos, etc...) o aspiras a las actividades donde hay más lucimiento y consideración (protagonismo en actos litúrgicos solemnes, presidencia en  procesiones y actividades representativas, etc.)?   

El gesto de Jesús para mostrar lo que Dios quiere es muy entrañable: “acercando a un niño lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: el que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,36-37). El niño, en la cultura judía del siglo I carecía de importancia, no era tenido en cuenta. Lo que Jesús quiere decir a sus discípulos y nos dice hoy a nosotros es que hay que hacerse pequeño, y desde ahí, desde abajo, ser misericordioso y acogedor con los que menos cuentan según la escala dominante. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Esta inversión de valores es lo que desconcierta de Jesús y, vivido en las comunidades cristianas,  es lo que de veras  puede sorprender y desconcertar a los que buscan algo distinto. Si lo que ofrecemos en la Iglesia es más de lo mismo (poder, privilegios y cargos de honor), ¿para qué entrar en ella?, eso ya lo hay fuera. Una Iglesia que  no desconcierta y crea polémica, que no suscita críticas y persecución, que no da problemas a la sociedad acomodada, una iglesia así sobra. Pero si su presencia escuece a los que andan dormidos en sus algodones, ¡alegraos!, también a Jesús lo persiguieron y condenaron; cuando ladran los perros es porque algo se mueve. La persecución por el Reino es una señal de que se marcha por caminos de fidelidad  a Dios.

Ponte hoy   ante el Señor y su Palabra con toda sinceridad. Contempla en tu interior la voluntad de Dios, su opción por los últimos, y trata de ver cuán lejos estás de ella. Pide perdón y la gracia de la conversión. Cambia tu mentalidad. No pidas a Dios lo que acostumbras a pedir: comodidades para ti y los tuyos. “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres” (Sant 4,3). Cuando pidas algo a Dios piensa más en los demás que en ti. Contempla también a todos los que están demandando de ti un testimonio de verdadera fe, es decir, unas obras de justicia; y pregúntate hasta qué punto estás dispuesto a ser incómodo y sufrir persecución. Cuando los hijos de la luz, amantes de la sabiduría que viene de arriba, amantes de la paz, comprensivos, misericordiosos, pacíficos y justos ponen en juego sus cartas, los hijos de las tinieblas reaccionan de muy mala manera con odios, envidias, peleas, desordenes y toda clase de males. La persecución del justo está servida. Si es este tu caso y el de tu comunidad, escucha lo que dice Jesús en las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,11-12)

Casto Acedo Gómez. Septiembre 2015. paduamerida@gmail.com.

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