Sugerencia de lecturas para la celebración: Hb 4,15-16. 5,7-9, Salmo 42; Jn 20,1-18
La vida es peregrinación

Dicen que tarde o temprano todos terminaremos en el camposanto, el cementerio, lugar del sueño eterno. Y es verdad. Somos aves de paso, transeúntes, peregrinos, que recorremos el camino de la vida orientados irrevocablemente hacia una meta: la muerte. Aunque la fe cristiana nos dice que la meta última no es la muerte sino la resurrección y la vida, también nos dice que no se llega a ésta sin pasar por aquella.
Un modelo visual de lo que es el peregrinaje cristiano lo tenemos en el ejercicio tan cristiano de "ir en peregrinación". Tomemos como ejemplo el Camino de Santiago: un camino por donde otros han pasado antes y han dejado su huella; por una parte su huella material: obras de arte literarias, pictóricas, arquitectónicas… pero también han ido dejando una estela de fe, de entusiasmo, de valores, una estela de sentido, de cultura que nos dice que la vida es peregrinaje, camino, paso… hasta llegar al “pórtico de la gloria”… y entrar en la Catedral, casa de Dios, lugar del término, del descanso y de la plenitud; y allí abrazar al apóstol y vivir en comunión con Dios y con todos los que como nosotros han llegado a su destino.
Traer a la memoria, con lágrimas.
Hoy la Iglesia hace memoria (conmemoración) para recordar, trayendo al presente, a todos aquellos que nos han precedido en su “peregrinación”, aquellos que han abierto el camino, que nos han dejado como ayuda su diario de caminante, aquellos que ya no están entre nosotro porque, confiamos, han llegado.
Su partida de entre nosotros ha ido acompañada de lágrimas, de nuestras lágrimas. Con ellas expresamos nuestro dolor, pero también nuestra penitencia (pena), nuestro agradecimiento y nuestra esperanza. ¡No tengamos miedo a las lágrimas! Las lágrimas no son signo de “humillación” para el hombre, tampoco son signo de debilidad, sino de grandeza, de esa grandeza que supone reconocer nuestras limitaciones, grandeza que nos hace más humanos, más sensibles. Las lágrimas por un familiar o amigo difunto, cercano en lo físico y en lo espiritual, son lágrimas de amor. Todo el que ama llora por sí y por el amado en la despedida. Mientras haya dolor y muerte llorarán los hombres, y llorará Dios con ellos.

En la historia de la salvación que se nos narra en la Biblia encontramos hombres y mujeres que derraman lágrimas ante Dios; con ellas muestran su arrepentimiento, agradecen sus dones y expresan su plegaria; es más, las lágrimas como oración alimentan la vida del creyente en las situaciones difíciles: “Las lágrimas son mi alimento día y noche, mientras mis enemigos repiten ¿dónde está tu Dios?” (Sal 42, 4).
Las lágrimas de Dios.
En los Evangelios encontramos el llanto del mismo Jesús, Dios hecho hombre, que llora ante la ciudad santa de Jerusalén que ha tenido una oportunidad histórica de gracia y no ha sabido reconocerla: “¡Jerusalén, Jerusalén… cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no habéis querido” (Lc 13,34); Llora Jesús ante el amigo muerto cuando siente el dolor de la familia y de los amigos; cuando se encuentra con Marta y María, dos almas rotas por el fallecimiento de su hermano Lázaro, “Jesús, profundamente emocionado, rompió a llorar. Los que estaban allí comentaban: ¡Cómo le amaba!” (Jn 11,35). Jesús derramó lágrimas de amor por el amigo muerto. Jesús es el rostro de Dios Padre no solo en su resurrección, sino también en su dolor. Puede que muchos piensen que Dios se rebaja, al compartir la compasión y el dolor. Dios, pensamos los hombres, es el inmutable, el eterno, el lejano, el todopoderoso, el insensible, todo grandeza ¿Cómo se va a preocupar de nosotros?
Pues bien, en Jesucristo, Dios se nos manifiesta como debilidad, como pequeñez, un Dios cercano a nuestro sufrimiento. Piensan algunos que Dios se rebaja al compartir las lágrimas con nosotros, al encarnarse; pero se equivocan: la divinidad no se rebaja al compartir la compasión y el dolor, sino que desde ahí nos habla de su grandeza: Dios no se desentiende de nosotros: “No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,14). Contemplando la trayectoria de Jesús de Nazaret, el Cristo, nuestra fe cristiana no niega el dolor ni la muerte, sino que prepara a los hombres para pasar por ellos, como pasó Jesús (cf Hb 5,7).
Al llanto de Cristo en su paso por la historia le acompaña también el llanto de los cristianos a lo largo de los tiempos, el llanto de sus discípulos por el Cristo muerto; el llanto de las mujeres en el Calvario, el llanto de María con Jesús muerto entre sus brazos (La piedad, tantas veces representada en la historia del arte); al llanto de Jesús y de María le acompaña el llanto de tantos a los que ha conmovido la muerte cruel del justo injustamente condenado; el llanto de los que contemplan hoy la muerte injusta de tantos inocentes; el llanto de María Magdalena, primer testigo de la resurrección: “María se quedó junto al sepulcro, llorando”. El sepulcro está vacío. Ya ni siquiera podría sentir la cercanía de sus restos mortales. Entonces vio dos ángeles vestidos de blanco, mensajeros de Dios, que sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús le dicen: “-Mujer, ¿porqué lloras? ... -Porque se han llevado a mi señor y no se donde lo han puesto”… Luego ve a Jesús, pero no le reconoce. –Mujer, ¿porqué lloras? ¿A quién estas buscando? … -Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto…. –¡María!,… le dice Jesús… y ella al oír su nombre pronunciado por Él lo reconoce: -Maestro". Las lágrimas de dolor se vuelven lágrimas de agradecimiento y alegría por la resurrección. Se abraza a Jesús, y éste le dice: “No me retengas más…; anda, vete y dile a mis hermanos que voy a mi Padre que es vuestro Padre; a mi Dios que es vuestro Dios”(Jn 20,11-17).
Tres días antes había dicho Jesús a sus discípulos en la cena de despedida: “En la casa de mi Padre hay lugar para todos… ahora voy a prepararos ese lugar; y una vez preparado ese lugar volveré y os llevaré conmigo para que podáis estar donde voy a estar yo” (Jn 14,2-3).
Bienaventurados los que lloran

Ante la pérdida de un ser querido hay o puede haber lágrimas de dolor, lágrimas de penitencia, lágrimas de agradecimiento y lágrimas de esperanza:
-hay lágrimas de dolor: El ser amado es una parte viva de nuestra misma alma; y la separación duele porque con su muerte muere algo nuestro y nos desgarra las entrañas dejando en nosotros un vacío de soledad.
-hay lágrimas penitencia: tal vez por esa sensación de culpa que da el sentimiento de haber perdido la oportunidad de expresar a quien se ha ido todo el amor que le profesábamos; nos gustaría poder volver en el tiempo y hacer lo que no tuvimos el valor o la oportunidad de hacer entonces. Esto nos debe hacer pensar en los que tenemos ahora a nuestro lado; no perdamos tiempo y mostrémosles sin miedo, con palabras y con obras, nuestro cariño.
-hay también lágrimas de agradecimiento: lágrimas que reconocen el privilegio que hemos tenido de compartir la vida de quienes ya se nos han ido. Agradecimiento también a Dios, que nos regaló tanto al darnos su amor y su compañía.
-y hay lágrimas de esperanza: si estamos aquí esta tarde (de pie) es porque hay esperanza; sin ella no podríamos vivir. Una esperanza sostenida por la fe y que se verá colmada, como la de las hermanas de Lázaro. “Creo que mi hermano resucitará en el último día” (Jn 11,24); una esperanza como la de María Magdalena, que tuvo el privilegio de ser la primera testigo de la resurrección; esperanza de María, la Madre de Jesús, que se mantuvo de pie junto a la cruz, que recibió su cuerpo, que creyó en el Dios que no defrauda, y que por ello mereció la gloria junto a su Hijo.
Con el trasfondo de estos ejemplos de santidad leemos y entendemos la bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5). Vendrá el consuelo. Tenemos esperanza, porque Cristo llora con nosotros y por nosotros: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas a aquel que podía salvarlo; fue escuchado en atención a su actitud reverente… Alcanzada así la perfección, se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”(Hb 5,7-9).
Celebremos con Cristo en este día el misterio de su muerte y su resurrección; rememoremos la Pascua, clave de la fe y la vida cristianas. La vida, hemos dicho, es peregrinación. Nosotros estamos en camino. Nuestros difuntos confiamos en que han llegado. Nos sentimos unidos a ellos porque creemos en la comunión de los santos. Muchos de ellos, en el altar del cielo, celebran con nosotros la Vida. Todos esperan nuestras oraciones de petición, acción de gracias y alabanza.
Nota: las ideas centrales de esta homilía-reflexión están tomadas de GONZALEZ DE CARDEDAL, O. Sobre la muerte, Ed. Sígueme (Salamanca, 2002), 27-40.
Casto Acedo Gómez. Noviembre 2014. paduamerida@gmail.com
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