domingo, 6 de diciembre de 2020

Inmaculada Concepción (8 de Diciembre)



María, la elegida 

Podemos decir que el Nuevo Testamento comienza con la concepción inmaculada de María. Para hacerse presente encarnado en la historia Dios Padre comienza eligiendo una mujer. Su nombre: María, que significa “la elegida”. Los planes de Dios explícitos en el libro del Génesis por la sentencia dirigida a la serpiente –“establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gn 3,15) -comienzan a cumplirse de manera fehaciente.

Debido a la ignorancia religiosa, que no es menor en estos tiempos de tanto estudio, es preciso distinguir y aclarar el dogma de la Inmaculada Concepción de otra verdad de fe como lo es la concepción virginal de Jesús, cuya fecha de celebración corresponderá al 25 de marzo, día de la anunciación. 

El 8 de diciembre no celebramos que María concibiera virginalmente y sin intervención de varón a Jesús, sino el hecho de que ella misma, nacida de la relación conyugal de sus padres, no participó del pecado que llamamos original, es decir, de la condición pecadora de la humanidad. También conviene recordar que el pecado original  no es un pecado personal (¿qué culpa va a a tener un recién nacido?) sino la participación en el pecado común (¿podríamos decir social?) de la humanidad.

Hechas estas aclaraciones, tengamos en cuenta que lo que hoy celebramos es el privilegio que disfrutó María que, a la espera de la Pascua futura de Jesucristo, disfrutó por adelantado, y sin mérito alguno por su parte, de la gracia divina que su hijo obtendría por su encarnación, muerte y resurrección. Ese fue el comienzo espiritual de María. Así lo proclama el Prefacio de la fiesta: “preservaste a la Virgen María de toda pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo, imagen y comienzo de la Iglesia, que es la esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura”.


También nosotros somos "elegidos"

¡Qué suerte tuvo María! Sí, pero no menos que cada uno de nosotros. Porque también nosotros, en virtud del bautismo recibido, hemos sido elegidos como María, y también hemos sido ahí liberados del pecado original. Por tanto, el privilegio de María no fue sino un bautismo anterior a la institución del bautismo cristiano, que sólo adquiere sentido a partir de la Pascua del Señor.

"Dios nos ha elegido -como a María- par que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor" (Ef 1,4). Ahora bien, ni a María ni a ninguno de nosotros se nos ha eximido de una respuesta libre y responsable a ese don de la elección por parte de Dios. María dijo sí a la llamada de Dios. Y habrá quien piense que no le quedaba otra opción. No es así. 

María, como tú y como yo, gozó del don de la libertad, pudo decir que no, como nosotros. El hecho de su Concepción Inmaculada no le ahorró la prueba de la fe en momentos como el de la Anunciación, la natividad en Belén, o el Calvario. De otro modo no hubiera sido una persona libre sino solo un autómata en manos de otro. Y aquí entra algo que si nos atañe a todos: el esfuerzo, la lucha, por ser fieles a Dios en todo momento. 

¿Acaso no dudaría María en el momento de recibir su misión? “Se turbó grandemente ante las palabras del ángel” (Lc 1,21). ¿No viviría su noche de la fe, su momento de tinieblas, en la subida al calvario con su Hijo? ¿No hubo de orar junto a la cruz repitiendo como Jesús en Getsemaní: “Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya”? (Lc 22,42). El camino espiritual de María, el cumplimiento de su misión, no fue un camino de rosas sin espinas. Buscó al Señor por los caminos fáciles y difíciles, no rehuyó la cruz.


María, milagro del amor de Dios

¿Qué aprendemos de esta fiesta de la Inmaculada Concepción? Tal vez lo primero que nos enseña es que Dios da el comienzo de la vida espiritual. Lo queramos o no, Dios tiene un plan de salvación para nosotros. Quiere que seamos felices, algo que solo es posible cuando nuestra naturaleza se desarrolla en libertad. ¿Y cuál es nuestra naturaleza? ¿Qué somos? 

Volvamos al Génesis y contemplemos al Adán original, el que vivía en armonía con Dios, con Eva y con toda la creación. Adán vivía conectado con Dios, en comunión de amor con Él. Un ser bueno que está del lado de Dios desde el principio y vive rodeado y consciente de su amor eterno. 

Pero no era un autómata, sino una persona libre que, como tú y como yo, pudo decir no al plan de Dios. Y usando de ese poder da la espalda a Dios desconfiando de su misericordia y se aleja. Dios no deja de acercarse a él, es él quien se esconde a su mirada: “ «¿Dónde estás?» Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí» (Gn 3,9-10). Se ha producido una ruptura, un extrañamiento, una distancia entre Dios y el hombre. Tu distancia y la mía, porque Dios no se aleja, sigue siendo cercano, tendiendo puentes.   

La fiesta de la Inmaculada Concepción celebra la sanación de esa herida producida por el no a Dios. Nos invita el día a mirar en María el abrazo amoroso de Dios; en ella nos dice que no renuncia a nosotros, que nos sigue amando como ama a María. En María nos sigue amando a todos. Y ese amor es un juicio de gracia y de perdón, un milagro de felicidad y de salvación. Quien se une a María, a su respuesta de fe, a su acogida de Dios, participa de ese milagro. María es una mujer de nuestra raza, no es una diosa; y en la medida en que nos unamos a ella todo lo que a ella se refiere nos afecta. 

En María tenemos el modelo cumplido de lo que es ser cristiano en plenitud, y ser Iglesia. Si ella es luz, vida, apertura a Dios; si Dios mismo la adorna con su gracia, si la provee de fuerza (virtud) as para llevar a cabo su misión, si es llena de gracia, templo de Dios, … también nosotros lo somos. El bautismo nos da los mismos privilegios, en él recibimos el mismo amor generoso de Dios, en él nos vemos libres del pecado original. . . Por tanto, no somos tan distintos a ella en el punto de partida de nuestra vida espiritual. 

María es un espejo donde mirar nuestra naturaleza original, perfecta, sin defecto, sin pecado. Eso es lo que tú yo somos, aunque nuestra soberbia, avaricia, ira, miedos, etc. han oscurecido esa imagen y semejanza de Dios que somos. La tarea de nuestra vida espiritual consiste en despojarnos de ese hombre viejo que no somos en origen y recobrar la belleza primera, más aún, una belleza superior, porque no aspiramos a ser como Adán fue antes de pecar sino como Cristo es. Aspiramos a vivir en comunión con Dios, en un matrimonio espiritual con Él que tiene como modelo al mismo Cristo y como punto de referencia especial a María, elegida, amada, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo.


* * *
Miremos a María Inmaculada en este tiempo de Adviento. Y reconozcamos en su bondad, su fe inconmovible y su belleza, lo que somos, lo que podemos ser si nos trabajamos interiormente borrando en nosotros todo lo que es incompatible con la imagen de Dios que somos. ¿Cómo se hace eso? Por el bautismo, por el sacramento de la reconciliación, por la participación en la Eucaristía y los demás sacramentos, y por la práctica de la misericordia, porque “al que mucho ama, mucho se le perdona” (cf Lc 7,47).

Que las circunstancias especiales de este año no interrumpan nuestra tradición de celebrar este día como el gran día que es. 

Feliz día de la Inmaculada, nuestra Madre, que no solo es modelo; también es abogada e intercesora. “Ruega por nosotros, santa madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar, como tú, las promesas de nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo”

Casto Acedo.Diciembre 2020. paduamerida@gmail.com. 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Faltan profetas y santos (2º de Adviento)

2º Domingo de Adviento, ciclo B

*Una voz grita: Preparen el camino al Señor (Is 40,1-5. 9-11)

*Esperamos una tierra nueva donde reine la justicia (2Pe 3,8-14)

*Yo les bautizo con agua, Él les bautizará con el Espíritu (Mc 1,1-8)

FALTAN  PROFETAS Y SANTOS

   En el A.T. -después de varios siglos- solo se escucha este lamento:

Ya no hay profetas, y nadie sabe lo que esto durará (Sal 74,9). 

  De repente se oye una voz, pero no en el palacio del opresor romano, ni en el templo de Jerusalén, convertido en una cueva de ladrones, tampoco en el barrio residencial donde viven los sumos sacerdotes. Esa voz grita en el desierto, lugar para oír a Dios y convertirse. Es la voz del profeta Juan Bautista, hijo de Isabel y de Zacarías.

Preparen el camino al Señor

   Muchos somos insensibles ante los rostros humanos que sufren:

*Niños y niñas abandonados o víctimas de la prostitución sexual…

*Jóvenes desorientados por falta de educación, capacitación y trabajo…

*Campesinos e indígenas expulsados de la tierra donde nacieron…

*Personas ancianas que andan mendigando para poder sobrevivir…

   Además, al dejarnos esclavizar por el capitalismo, somos cómplices:

-de la destrucción de la tierra… -del problema del cambio climático…

-del peligro  en que está la vida de las próximas generaciones…

   Ante tanto egoísmo, los cristianos y personas de buena voluntad, oigamos al profeta Isaías que nos dice: Preparen el camino al Señor. Que los valles se levanten… los montes y las colinas se abajen… lo torcido se enderece… las quebradas se igualen (1ª lectura).

   Juan Bautista enviado por Dios para dar testimonio de la luz (Jn 1,6s), vive con mucha sencillez en su manera de vestir y en sus alimentos.

Los pobres, como el Bautista, son los grandes profetas del mundo, porque, llevan en su cuerpo la sociedad injusta que debe morir, y llevan en su corazón la sociedad fraterna que debe nacer.

   A quienes acuden para ser bautizados, el profeta Juan les pide convertirse, cambiar de vida, arrepentirse… Y les anuncia:

Detrás de mí viene Aquel que es más fuerte que yo.

Se trata de Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6), y es más fuerte porque viene a servir y a dar su vida (Mc 10,42ss).

Jesús es Buena Noticia

   Sigamos meditando en la primera frase del texto de Marcos:

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios.

   Sabiendo que Buena Noticia significa Evangelio, tengamos presente que la misma persona de Jesús es Buena Noticia.

Es Buena Noticia, al anunciar el Reino de Dios a la gente sencilla:

La gente estaba asombrada por su manera de enseñar,  lo hacía con autoridad y no como los maestros de la ley (Mc 1,22).

Es Buena Noticia, porque sana: a los enfermos (Mc 1,32ss;  6,55ss), a la hija de una mujer pagana (Mc 7,24ss), a un ciego (Mc 10,46ss)…

Es Buena Noticia, pues Él -con el testimonio de su vida- nos revela el verdadero rostro de Dios, misericordioso y compasivo:

Jesús al ver aquella multitud siente compasión… (Mc 6,34).

   Jesús es el Mesías (=el Cristo, el Ungido).

No se trata de un Mesías poderoso… sino de un Mesías servidor.

Cuando Pedro confiesa que Jesús es el Mesías… Jesús anuncia que morirá crucificado, pero resucitará al tercer día (Mc 8,29ss).

Mientras los poderosos asesinan, el Padre celestial resucita a su Hijo.

   Jesús es el Hijo de Dios. -Cuando Juan bautiza a Jesús, se escucha la voz del Padre: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto (Mc 1,11).

-En la transfiguración: Este es mi Hijo amado, escúchenle (Mc 9,7).

-Cuando le preguntan: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?,

Jesús dice: Yo soy. Y verán al Hijo a la derecha de Dios (Mc 14,61s).

-El centurión: Realmente este Hombre es el Hijo de Dios (Mc 15,39).

   Busquemos a Jesús -el Hijo de Dios- en sus hermanos/as pobres:

*Este Santo Sínodo ruega y encarga, por las entrañas de Cristo, que los pastores sean: moderados, benignos, fervientes… y como padres siempre de los pobres (Santo Toribio, Lima, 1583).

*Aquella familia que comulgó volvió a su casa cantando… La humilde choza del indio se ha convertido en un templo, que tiene por sagrario el pecho de cada uno de sus moradores. ¡Cuántas oraciones mezcladas con lágrimas se elevan a Dios! ¡Cuán grandes y hermosas almas se ocultan bajo los harapos del pobre! (Mons. Rubén Berroa, Huánuco, 1934).

*Una de las principales obligaciones del párroco es socorrer y hacer socorrer a los necesitados de su parroquia. El párroco debe considerarse como el padre de los pobres… y jamás humillar al necesitado (Mons. Daniel Figueroa, Huancayo, 1952).    J. Castillo

¿Qué tenemos que hacer? (Domingo 6 de Diciembre. II Adv B)



El protagonista invitado con Jesús para el segundo domingo de Adviento es Juan Bautista, el último profeta del Viejo Testamento y el primero del Nuevo. Su mensaje, que invita a “preparar el camino al Señor” (Is 40,3) enlaza con el profeta Isaías, y la presentación pública que hace de Jesús “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), deja ver el ser y la misión del quien se acercó a él pidiendo ser bautizado. 

El mismo papel de Juan Bautista lo tiene hoy la Iglesia que, tal como hace la segunda carta de san Pedro, invita a estar preparados para recibir al Señor, no sólo con el arrepentimiento del mal realizado, sino también ejercitando el bien, para que así “apresuremos” la venida del Señor, estando “en paz con Dios, inmaculados e irreprochables” (2 Pe 3,8-14). 

¿Qué tenemos que hacer?

“Juan predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados!” (Mc 1,4). Hay una relación estrecha entre conversión y esperanza. Los que acuden a Juan Bautista lo hacen porque viven alguna  desesperanza; las heridas de la vida les han machacado el alma, y, aunque el texto no lo explicite, ya se habían agarrado a los ídolos de este mundo intentando escapar del sufrimiento; pero esas experiencias del mundo no debieron ser gratificantes. Por eso, cuando Juan les urge a cambiar, ellos, desconcertados preguntan: - Juan, "¿qué tenemos que hacer"? (Lc 3,10), ¿dónde poner nuestra esperanza? 

Es una buena pregunta para el Adviento. Se acerca la salvación, llega la Navidad, ¿qué tenemos que hacer? San Marcos no recoge las recomendaciones concretas que para el caso da el Bautista, como lo hace san Lucas: ¡compartid los bienes, practicad la justicia, sed constructores de paz! (cf Lc 3,10-14). 

No obstante, describiendo el modo de vida del Bautista el evangelio de Marcos nos da pistas acerca de cómo preparar la venida del Salvador: “iba vestido de piel de camello, -nos dice- con una correa de piel a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias” (Mc 1,6-7). Juan es un asceta. Vive en el desierto, lugar de despojo y soledad, predica en él, y a él acuden los buscadores que quieren cambiar a bien y dar un giro a sus vidas. Sus discípulos son muy numerosos, y de entre ellos saldrán algunos de los primeros seguidores de Jesús. 

El desierto, lugar del vacío, la sequedad y el silencio, es el espacio desde el que Juan provoca a sus seguidores; lo hace con su palabra y también con su vida. ¿Tendría sentido el mensaje de Juan anunciado en las puertas de un palacio? (cf. Lc 7,25). Sería un exabrupto. Juan predica con la palabra y el testimonio. Es un santo, y Jesús dirá que “entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan” (Lc 7, 28). El quehacer y el decir de Juan, y las palabras del profeta Isaías que se proclaman en la primera lectura, nos dan pautas para preparar la Navidad: 

*Primeramente austeridad frente al consumismo ambiente. La sola contemplación de la figura del Bautista nos debe mover a la virtud de la pobreza, a la renuncia de todo lo superfluo, de aquello que sabemos que no necesitamos y además nos está haciendo daño, porque nos esclaviza. ¡Qué verdadero y claro es a veces aquello de que “el pecado mismo lleva en sí la penitencia”! La virtud de la austeridad nos hace libres.

*Añadamos a la austeridad una buena dosis de alegría “profunda” (interior) frente al “hedonismo” (exterior): “Consolad a mi pueblo y decidle: ... Aquí está nuestro Dios" (Is 40,1.9). La fe en el Dios que salva nos da esperanza, y fruto evidente de la esperanza es la alegría, el gozo verdadero de quien se sabe con Dios y de Dios. ¡Cómo contrasta esta alegría interior con el placer efímero del pecado! 

*Añadimos a nuestros objetivos la humildad y aceptación de uno mismo frente a la cultura de la apariencia y la moda. “Si todo este mundo se va a desintegrar, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida” (2 Pe 3,11). Humildad frente a la vanidad de unas fiestas navideñas que, a pesar de las restricciones sociales,  no dejarán de excitarnos con un indecente deseo de aparentar: “Que los valles se levanten, que las colinas y montes se abajen” (Is 40,5). “El que se ensalza será humillado, el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,119. Tenemos este año unas circunstancias que apuntan a una conversión en humildad. 

En estos días previos a la Navidad veremos que ni siquiera el Covid  frenará la carrera de los locos, la inútil lucha por ser lo que no se es y ambicionar lo que no se tiene. Tal vez nuestra mayor pobreza sea nuestra ignorancia.  Si un virus microscópico es capaz de acabar con lo más valioso que tengo: familiares, amigos, o conmigo mismo, ¿no debería preguntarme si merece la pena vivir en el orgullo y la competencia con los que me rodean? Debería preguntarme: ¿quién colmará mis carencias espirituales?: ¿el gordo de Navidad?, ¿los caprichosos lujos y excesos en la comida? ¿Los regalos de Reyes? ¿Cómo escaparemos a nuestra soledad? Sólo la solidaridad y fraternidad puede salvarnos; y lo sabemos.

Cristo viene para estar contigo "-Enmanuel, Dios con nosotros-” (Mt 1,23). Entra en Él abrazando su sabiduría -“al que viene a mi no lo echaré afuera”- y deja que Él entre en ti -“Si alguno me ama vendremos a él y haremos morada en él”- (Jn 14,23). Recibiéndolo habrás colmado todas tus carencias. En adviento prepara tu Belén para que Jesús venga,  un belén limpio, humilde y austero, digno para recibir a quien basta para llenar tu vida. 


*También conviene al Adviento el espíritu de servicio frente al deseo de dominio: Ser como Juan Bautista, un servidor: “No era él la Luz, sino un testigo de la luz”(Jn 1,8). Hemos de vivir no predicándonos a nosotros mismos, sino a Cristo en el servicio al prójimo, apresurando así su venida ( cf 2 Pe 3,12) porque “el Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,9) Con tu conversión estás acercando (apresurando, adelantando) el reino de Dios. 

*Finalmente, la Navidad se prepara poniendo misericordia donde hay dureza de corazón. “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo” (Salmo 84,11). ¿Dónde se encuentran la fidelidad y la misericordia? En aquel que viene, en el Niño-Dios, el Mesías que nacerá, que es fidelidad de Dios a sus promesas y misericordia para nuestras miserias. Si Dios “perdona nuestras ofensas”, ¿no perdonaremos también nosotros a los que nos ofenden? ¿No se ablandará nuestro corazón y se rendirá ante la ternura de Dios? Entonces será Navidad.


Adviento y Navidad bajo la pandemia

Los recortes económicos a que obligará la pandemia, y la misma estrategia del gobierno frente a esta enfermedad, serán este año causa para sólo se iluminen con motivos navideños un número restringido de calles, como siempre las más céntricas y comerciales. El comercio-consumo, a pesar de los problemas que vivimos,  no puede resistirse a poner el cebo luminoso de una alegría exterior, aunque sea ficticia.  

¿No tendría más sentido iluminar los barrios más pobres? Pero no con luces leds sino con la luz de una mayor justicia. Las perspectivas económicas no son muy halagüeñas. Iluminar con acciones solidarias las oscuridades que la crisis económica va ofreciendo debería ser objetivo prioritario para esta Navidad y para el año que se avecina. Y esa luz no va a venir  de los banqueros y de los políticos, empeñados en una lucha por el poder económico y social, sino de una sincera conversión interior de los ciudadanos.

Nadie nos va a sacar de la injusticia si cada uno no da pasos hacia la justicia. Y no sólo aportando unos kilos de alimentos para ser repartido a los pobres en estos días. Lo que urge es concienciarnos de que todo hombre tiene derecho a ganarse dignamente su pan y ponerlo con orgullo en su mesa. Lo que hay que procurar es  poner en el mundo la luz que es Jesucristo,  devolver la autoestima personal al parado, la salud al enfermo, el gozo de la integración social al marginado; hay que poner luz en el corazón  de los pobres para que vean por sí mismos lo luminosos que son. 

Y para ello hay un primer movimiento. Salir cada uno de la ciudad, hacer desierto con el Bautista; tomar conciencia de nuestra pobreza por muy ricos que nos creamos. Hacer el camino de Adviento es salir del boato y la apariencia de los centros comerciales e irse al lugar donde está Jesús humilde y pobre, encarnado y afectado por las circunstancias dolorosas que vivimos. 

Para esto hace falta primeramente una fuerte conversión interior que ponga en su debido lugar el valor de lo espiritual como motor de cambio. 

* * *

Algo muy importante: en teoría, todos tenemos un enorme interés en acercar a Jesús a los pobres para paliar sus sufrimientos y a los ricos para convertirlos a la solidaridad. ¡Ojalá tuviéramos el mismo interés en acercarlo a nosotros mismos! 

Si Cristo no nace en tu corazón difícilmente amarás a todos los hermanos como a ti mismo. Ahí, en tu corazón, debes crear las condiciones y esperar el nacimiento divino. 

El primer lugar al que te quiere llevar la estrella de los magos es a tu propia alma, para que ahí encuentres a Dios humanado, encarnado. Si te dejas seducir por Él no te atraparán los resplandores del mundo. Y al dejarte invadir por Cristo no hay duda de que ya estás siendo apóstol y salvador con Él, porque quien tiene a Jesús se hace uno con Él y acaba dándolo todo con 
y por Él.

Te dejo para este domingo una cita de Meister Eckhart que te puede servir de meditación para este domingo de Adviento. Parece un tanto enrevesada, pero encierra un excelente mensaje: amar a Dios humanado (Cristo), amar al prójimo (hermano) y amarte a ti mismo (tu persona), son una misma cosa. Vivir en esta unidad es vivir la Navidad.

"Si te amas a ti mismo, amas a todos los hombres como a ti mismo. Mientras le tengas menos amor a un solo hombre que a ti mismo, no habrás llegado a amarte de veras; eso solo es posible cuando amas  a todos los hombres como a ti mismo, a todos los hombres en un solo hombre: y este hombre es Dios y hombre!".

¿Qué tenemos que hacer para salir de la oscuridad en que vivimos? ¿Qué tenemos que hacer para que sea Navidad? Amar. A mí mismo. Al hermano. A Dios. Ninguno de estos amores es posible sin el otro.

Casto Acedo. Diciembre 2020. paduamerida@gmail.com

sábado, 28 de noviembre de 2020

Estén vigilantes (1 de Adviento)

1º Domingo de Adviento, ciclo B

*Dios va al encuentro del que practica la justicia (Is 63,16-19; 64,2-7)

*Doy gracias al Señor por los dones que Él les ha dado (1Cor 1,3-9)

*Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: Vigilen (Mc 13,33-37)

 

ESTÉN  VIGILANTES

   Antes de morir crucificado, Jesús quiere dejar la casa organizada. Por eso, dirigiéndose a sus discípulos -su nueva familia- (Mc 3,31ss), les narra una breve y significativa parábola: El dueño, antes de viajar, da a cada uno de sus servidores una tarea. Y les pide estar vigilantes, despiertos, atentos… mirando y caminando siempre hacia adelante.

 

El dueño de casa da a cada uno su tarea

   En aquella época, entre los seguidores y seguidoras de Jesús están:

Varios pescadores de Galilea (Mc 1,16ss).

Un cobrador de impuestos para el imperio romano (Mc 2,13ss).

Judas Iscariote, uno de los Doce, que le traiciona (Mc 3,13ss).

El ciego de Jericó que recupera la capacidad de ver (Mc 10,46ss).

Varias mujeres que le acompañan hasta el Calvario (Mc 15,40ss).

   De esta manera, Jesús forma una nueva familia, no para que realicen -en el templo- ceremonias religiosas rutinarias, sino para que hagan la voluntad del Padre celestial (Mc 3,35)… anuncien su Reino… y sanen a los enfermos… (Mc 6,12s).

   Anunciar el Reino y sanar enfermos, no fue fácil para Jesús.

Por ejemplo, después que sana a un hombre, en un día sábado, los fariseos y herodianos buscan matar a Jesús (Mc 3,1ss). También, cuando Jesús vuelve a Nazaret y enseña en la sinagoga, sus paisanos y parientes no creen en Él, sorprendidos preguntan: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?... (Mc 6,1ss).

   Desde su experiencia, el Maestro de Galilea nos sigue diciendo:

*Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. El que quiere salvar su vida la perderá, y el que la pierde por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8,34ss).

*Les entregarán a los tribunales, les azotarán en las sinagogas.

Por mi causa, ustedes serán llevados ante los gobernadores y reyes, así podrán dar testimonio de mí delante de ellos. Pero antes, se anunciará el Evangelio a todas las naciones (Mc 13,9ss).

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: Vigilen

   Adviento -que significa “venida”- es algo más que cuatro semanas.

Debe ser un tiempo permanente de vigilancia y espera, porque Jesús “viene” constantemente en sus hermanos pobres y excluidos.

   Pues, ¿cómo se explica que teniendo tantos recursos naturales, millones de peruanos -hermanos nuestros- vivan en la miseria?

¿No será que muchos de nosotros, en vez de vigilar, preferimos dormir? 

Entre tanto, la industrialización salvaje y descontrolada, contamina el ambiente (DA 473), con el apoyo de varias instituciones:

*Del poder ejecutivo, legislativo y judicial; cuyos representantes -muchas veces- son incapaces de ver el rostro sufriente de los pobres.

*De los medios de comunicación, controlados por el gran capital, que busca ganar a costa del consumo esclavizador de cosas inútiles.

*De la educación que -con frecuencia- no enseña a pensar ni a hacer, para perfeccionar: la producción, la salud y la política (=bien común).

   Por eso, vigilar es servir a los hermanos y hermanas de Jesús, que -actualmente- están sin trabajo y enfermos de coronavirus.

Ante estos problemas que causan tanta muerte, no basta “hablar” de:

-Opción preferencial por los pobres, no exclusiva ni excluyente.

-La Iglesia siente el impulso del Espíritu a ser pobre entre los pobres.

-La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres.

-Escuchar el clamor de la tierra y el clamor de los pobres… etc.

Para ser creíbles, es importante practicar éstas y otras enseñanzas.

   Vigilar es purificar nuestros templos del escándalo de los precios: bautismo, tanto; misa, tanto… lo dice el Papa (21 nov. 2014).

Que nuestra Eucaristía -insiste el Papa Francisco (8 nov. 2017)- no sea un espectáculo… donde se ve tantos celulares elevados.

   Vigilar es permanecer despiertos para anunciar el Reino de Dios, no solo con palabras… sino con el testimonio de nuestras obras… haciendo buen uso de nuestros ojos, oídos, labios, manos y pies:

*Ojos para ver el sufrimiento que hay cerca y lejos de nosotros.

*Oídos para escuchar el lamento de las personas despreciadas.

*Labios para anunciar el Reino de Dios y su justicia.

*Manos para partir, compartir y repartir el pan de cada día.

*Pies para caminar por ciudades y pueblos, dando vida  plena.

   Nuestras comunidades cristianas necesitan un corazón nuevo.

Solo así recuperaremos el rostro vivo de Jesús que nos transforme, para estar despiertos y vigilantes… y para ser creativos. J. Castillo A .

viernes, 27 de noviembre de 2020

Adviento (Domingo 29 de Noviembre)

 Ciclo B: Isaías 63,16b-17;64,1.3b-8; Salmo  79, 22c y3b.15-16.18-19; 1 Corintios 1,3-9; Marcos 13,33-37. 


El año litúrgico con su pedagogía milenaria vuelve a llamarnos en Adviento para convertirnos a la esperanza. Ahora bien, la celebración de "otro" año no debe hacernos pensar en la ley del "eterno retorno de lo mismo". El tiempo cristiano no es circular, sino que es una recta ascendente que apunta muy alto: hacia la consumación de todas las cosas en Cristo. 

Adviento invita a reiniciar el camino de la vida cristiana no partiendo de cero sino desde el punto en que nos hallamos, desde nuestra realidad espiritual actual como personas o como comunidad. Desde ahí el Adviento trata de volver la mirada a Jesucristo: el que fue, el que es y el que será. Aunque parezca un extraño juego de palabras, estamos ante un "esperar hoy al que ya ha llegado".


Pasado: “El que fue (el que vino)”. 

Adviento nos invita a unirnos al pueblo de Israel en su esperanza. Un Pueblo que vivió momentos de derrotismo, de humillaciones, de persecuciones,... pero un resto de ese pueblo nunca perdió de vista la esperanza en su Dios. "Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él… Todos éramos impuros, … Y sin embargo, señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero” (Is 63,16.64,7) 

Contemplar las acciones de Dios en la historia de la salvación es buena meditación para el Adviento. El “resto de Israel” se mantuvo firme en la esperanza rememorando las acciones pasadas de Dios;  esto nos da pie para esforzarnos estos días en recurrir con más frecuencia a la lectura de la Palabra de Dios, para  rememorar acontecimientos y personajes (Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías, Juan bautista, María, etc) que nos ayuden a entender las claves de la esperanza. 

Contemplando la historia sagrada escrita en la Biblia nos preparamos para conocer y enfocar nuestra propia historia personal de relación con Dios. Es conveniente alimentar nuestra esperanza volviendo a las fuentes de nuestra fe: ¿Cuándo me sacó el Señor de Egipto (mi conversión)? ¿En qué momento concreto sentí que me libró de la angustia y me abrió a la esperanza? ¿Cuándo le sentí cercano, amigo, compañero? ¡Gózate haciendo memoria de tu conversión primera! No se trata de encerrarte en la nostalgia del pasado, sino de pisar fuerte con un pie y echar el otro hacia adelante con seguridad y aplomo.

En la oración personal y comunitaria, en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía, celebra y rememora, bebe del agua de la fuente que es la experiencia de Dios que te enseña la Iglesia y que tú mismo extraes de la fuente que es tu historia personal. El agua de la vida que corre por los veneros de la Escritura es la misma agua que extraes del pozo de tu vida espiritual. El mismo espíritu que inspiró la Biblia inspira en ti la vida de Dios. 


Presente: “El que es (el que viene)”. 

Y desde la lectura del pasado eclesial y personal, mira el presente. Un presente de pandemia que está poniendo a prueba nuestra esperanza. Este año vive el mundo unas limitaciones, un miedo, una incertidumbre e inseguridad que parecían ya imposibles. La pandemia es uno de esos "signos de los tiempos" que el Concilio Vaticano II nos invitaba a leer como lenguaje de Dios. 

En medio de tanto dolor incomprensible y tanto sufrimiento acumulado, la esperanza corre el riesgo de tambalearse. Las cosas no parecen invitar al optimismo. Nos queda el refugio en el futuro que vendrá, pero ¿qué hay del presente? ¿Donde está el Dios bueno y misericordioso? 

Hay que tener claro que la esperanza es virtud del presente. Los signos salvadores se están dando ya. En la noche de la pandemia brillan las estrellas de la entrega generosa. ¡Cuántas estrellas nos están alumbrando en estos tiempos de necesidad de pan y de cariño! 

Y no sólo las estrellas, también el sol (Jesucristo) y la luna (Iglesia) se hacen más visibles. A Dios solo se le ve en fe, y puedes estar seguro de que ese Dios que ves, oyes y sientes que toca el corazón en estos días de incertidumbre, es el Dios verdadero; y esa Iglesia que, en su limitación, celebra los misterios de la fe entre medidas de distanciamiento y con caridad pone sus brazos al servicio de enfermos y necesitados, es más visible que la Iglesia acomodada de épocas más fáciles.

Los signos hablan y hay que leerlos en clave de fe. El amor sigue presente más que nunca, la fe es más pura y verdadera porque no se asienta tanto en evidencias cuanto en abandono humilde, y la esperanza es más efectiva, está más presente, porque ancla el corazón en la realidad del aquí y ahora queridos por Dios más que en el idílico porvenir que con frecuencia sueña nuestra egoísta imaginación. A Dios se le ve, se le ama y se le espera en el presente. ¿Qué hacéis mirando al cielo? 

Adviento es tiempo para mirar con los ojos bien abiertos y descubrir en el día a día “el brote del tronco de Jesé” (Is 11). "No recordáis lo de antaño, no penséis en lo antiguo. (No penséis en lo que está por venir, añadiría yo). Mirad que realizo algo nuevo. ¿No lo notáis? Abriré caminos en el desierto, corrientes en el yermo, para dar de beber a mi pueblo" (Is 43,18-19). Entre las zarzas del dolor y la tristeza crecidas estos días, hay señales que anuncian un mundo nuevo. Deberíamos dejarnos interpelar por esos gestos mesiánicos que recorren la geografía del mundo, y que si sabemos aprovechar apuntan a un despertar de la solidaridad, la fraternidad y la misericordia. 

Como los Magos de Oriente, los que vivimos la noche de la pandemia observamos cómo brilla en la oscuridad la estrella de Belén. Dios no nos deja solos. En la noche esperamos, “aguardamos” como el cazador la presa; atentos a que no se nos escapen los signos de esperanza que podamos ver en la noche de la fe: la sensibilidad crecida del sanitario, el gesto solidario, la disponibilidad y generosidad del vecino, la dolorosa conciencia de la necesaria distancia social, la sonrisa y ánimos de quienes se preocupan por quienes están confinados y hospitalizados, el ánimo de enfermos que muestran gratitud por las atenciones que reciben, ... ¡Está naciendo algo nuevo! ¿No lo veis? 

Es Adviento. Cada día es Adviento. Porque cada día el Señor sigue viniendo a nosotros y anima nuestra esperanza. Y con Cristo, nosotros preparamos el camino, acercamos el reino de Dios, construimos “el cielo nuevo y la tierra nueva en que habite la justicia” (2 Pe 3,13)


Futuro: “El que será (el que vendrá)”.

Adviento mira también al futuro: ¡Ven, Señor, Jesús! Estamos en proceso constante de crecimiento espiritual, de conversión. Importante es mirar al pasado, y esencial entender y situarse en el presente; pero no lo es menos el futuro. Con la venida de Dios la utopía de un mundo perfecto no es un sueño imposible. La creación entera responde a un proyecto de Dios; y como toda proyección apunta a una meta: la consumación de todas las cosas en Cristo, la plenitud de su venida, el momento -kairós- en que Dios lo sea "todo en todos" (1 Cor 15,28; cf Rm 8,18-30). 

Vivir el Adviento es poner en acto nuestra esperanza, clarificar los objetivos que nos proponemos alcanzar y echar a andar. Porque el futuro es don y tarea, es porvenir de Dios y tarea de cada cual. 

¿Hacia dónde me dirijo? ¿Cuál es mi destino? ¿Qué debo hacer hoy aquí para "vivir el futuro en mi presente". Un buen camino es reorientar mi proyecto de vida constantemente a luz de la Palabra, para no estancarme ni desviarme del camino. Mirarme en el espejo de la Palabra y hacerla vida es necesario si no quiero correr el peligro de esforzarse por nada y llegar a ninguna parte. 

En adviento he de estar atento al peligro de ahogarme en mi propio egocentrismo. Y lo hago cuando me obsesiono por esperar el retorno de un pasado glorioso que fue o un futuro que de hecho es inexistente. Cuando uno cree que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando se pierde la esperanza en Dios y las utopías se desvanecen, nos volvemos reaccionarios. ¿Notas en ti síntomas de ello? ¿Te descubres a ti mismo excesivamente dogmático, cerrado, intransigente, impermeable a todo lo nuevo? Si tu respuesta es sí necesitas urgentemente entrar en Adviento.

La esperanza del Adviento se alimenta también del futuro, de la utopía, de la meta que ya se divisa más o menos cercana, del triunfo que ya se saborea. He dicho "se saborea", en presente, porque como dice san Agustín, "tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (recuerdos), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)” (Confesiones, L. XI,XX,26). La esperanza es, pues, del presente.

El futuro es una realidad cuando afecta al presente, lo único real. La utopía es motor en el presente, fuerza que pone en marcha el hoy; no es embobamiento en el mañana que se espera de brazos cruzados. Si la ilusión -utopía- del futuro no te está dinamizando, si no avanzas en tu vida espiritual y en tus compromisos personales, ¿no será que has perdido la brújula? Esa brújula es Jesús. Cuando te desorientas y desesperas, ¿no será que te obsesiona volver a un pasado inexistente o alcanzar un futuro de consumo, poder, apariencias o tranquilidad de conciencia,  que no es el futuro de Cristo? 

Adviento te llama a esperar ante todo en y a Dios, y con él afianzar tu esperanza en que puedes trabajar por un mundo nuevo unido a otros muchos. Quien no espera nada de Dios corre el riesgo ahogarse en la desesperanza y el abatimiento cuando se le hace insoportable el camino de la vida y sobreviene el fracaso. “Quien no espera nada de los demás, acaba marginándolos. Quien no espera nada de sí mismo acaba autodestruyéndose. La vida se edifica sobre la esperanza. Y la esperanza nace de la conciencia de lo que se cree” (Ricardo Mª Carles). 

Importante la interacción de las tres virtudes teologales. ¿Qué esperas de Dios? ¿Qué esperas del prójimo? ¿Qué esperas de ti mismo? No olvides que la esperanza es esa virtud que va de la mano de sus dos hermanas, la fe y la caridad; para vivir en esperanza cree en Dios, cree en el hermano y cree en ti mismo; ama a Dios, ama a tu prójimo y ámate a ti mismo. Ama tu realidad con el mismo amor con que Dios la ama. 

* * *
Quedan poco más de cuatro semanas para esta Navidad tan atípica de 2020. Examina tu esperanza en estos días de limitaciones sociales y económicas. Se espera una navidad donde el consumo va a perder puntos y la limitación de personas en reuniones familiares va a hacer más visible la necesidad que tenemos de cercanía. Aprende en adviento a ver en esto una oportunidad para humanizar más la Navidad, para prescindir de el elementos y abalorios que le son ajenos; y sé consciente de que una Navidad más humana, despojada de oropeles,  es una Navidad más divina. 

Casto Acedo Gómez. Noviembre 2020. paduamerida@gmail.com.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Separa unos de otros (34º Ord Cristo Rey)

 

Jesucristo, Rey del Universo, ciclo A

 

*Buscaré a las ovejas perdidas y sanaré a las enfermas (Ez 34,11-17)

*Cristo eliminará todo señorío, autoridad y poder (1Cor 15,20-28)

*¿Cuándo te vimos con hambre, y te alimentamos? (Mt 25,31-46)

 

SEPARA A UNOS DE OTROS

   Aquel día -al atardecer de la vida- todos seremos examinados.

No por las oraciones, prácticas religiosas, o promesas que hacemos,

sino por la acogida y ayuda que damos a las personas necesitadas.

   Son benditos quienes dan de comer a los hermanos/as de Jesús…

Y son malditos los que no lo hacen… los egoístas, los indiferentes.

 

Jesús vino a servir y no a ser servido

   La fiesta que hoy celebramos, fue establecida por el Papa Pío XI,

el 11 de diciembre de 1925; y ordenaba renovar en este día

la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús.

¿Qué autoridad moral tienen los gobernantes corruptos, para consagrar

su país al Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María


 Nuestro destino final se decide, en esta tierra, a partir de las obras

que hacemos o dejamos de hacer a las personas más necesitadas.

En la Sagrada Escritura, dar limosna significa hacer justicia:

*El Señor hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al emigrante,

dándole alimento y vestido (Deut 10,18),

*Practicar la justicia agrada a Dios más que los sacrificios (Prov 21,3).

*Felices los que tienen hambre y sed de justicia,

porque ellos serán saciados (Mt 5,6).

*Cuando des limosna, no la publiques a los cuatro vientos,

como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles,

para que la gente los alabe. Les aseguro que ya recibieron su premio.

Tú en cambio, cuando des limosna, no debe saber tu mano izquierda

lo que hace tu derecha; cuida que tu limosna quede en secreto,

y el Padre que ve lo secreto, te premiará (Mt 6,2-4).

*Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros

como yo les amo. En esto conocerán todos que ustedes

son mis discípulos, si se aman mutuamente (Jn 13,34s).

   Hoy en día, los cristianos y cristianas ¿amamos preferentemente

a los hermanos y hermanas de Jesús? (cf. Is 58,6-12).

 

   *Señor, ¿cuándo te vimos con hambre?

En el Perú, con tantos recursos naturales en la Costa, Sierra y Selva,

hay personas que sufren hambre, sobre todo niños menores de 5 años.

Jesús al ver esa multitud, tiene compasión y dice a sus discípulos:

No tienen necesidad de irse, denles ustedes de comer (Mt 14,14ss).

   *Señor, ¿cuándo te vimos sediento?

Cada día, se contaminan los lagos, los ríos, el mar, arrojando basura,

relaves mineros, productos químicos, desechos industriales…

Como siempre, los pobres sufren más, al beber agua contaminada.

Hoy también, Jesús crucificado exclama: Tengo sed (Jn 19,28).

   *Señor, ¿cuándo te vimos forastero?

Las empresas mineras que hay en nuestro país, son una amenaza,

pues, con el apoyo de los gobiernos de turno, esas empresas extraen:

minerales, petróleo, gas… y dejan inmensos depósitos de porquería.

Ante esta injusticia que clama al cielo, los campesinos y nativos

se ven obligados -con dolor- a dejar la tierra que los vio nacer.

Diferente lo que dicen los discípulos de Emaús al Forastero Jesús:

Quédate con nosotros, ya es tarde y el día se acaba (Lc 24,29).

   *Señor, ¿cuándo te vimos desnudo?

¿Cómo se explica que produciendo lana y algodón,

fibra de alpacas y de llamas, etc. preferimos los vestidos asiáticos?

¿De qué sirve “alquilar” vestidos para ciertas ceremonias religiosas,

cuando negamos al mismo Jesús el vestido para cubrir su desnudez?

José de Arimatea, hombre justo, pide a Pilato el cuerpo de Jesús,

y, luego, lo envuelve en una sábana (Lc 23,50-53; cf. Lc 2,7).

   *Señor, ¿cuándo te vimos enfermo?

Lamentablemente, tenemos hospitales sin camas, sin medicamentos,

sin equipos suficientes. Entre tanto, sigue el comercio de las clínicas.

¿Hay proyectos para promover la salud, y prevenir enfermedades?

Un samaritano ve al enfermo abandonado en el camino,

tiene compasión, cura sus heridas, lo sube a su propia cabalgadura,

lo lleva a un alojamiento, y lo cuida… (Lc 10,30ss).

   *Señor, ¿cuándo te vimos encarcelado?

Nuestros penales están repletos y con miles de personas enfermas.

No olvidemos que todos ellos son hijos de Dios y hermanos nuestros.

Ojalá llegue el día en que haya paz con justicia, y justicia con amor.

Arrestan a Jesús y todos sus discípulos huyen (Mt 26,56).  J. Castillo