miércoles, 27 de febrero de 2019

Ver...Guiar... Dar frutos buenos

8º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Eclo 27,4-7  -  1Cor 15,54-58  -  Lc 6,39-45

   El zorro -al despedirse- le da al Principito el siguiente consejo:
Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos
El tiempo que perdiste con tu rosa es la que le hace tan importante
   ¿Vemos con el corazón y hacemos algo por los hermanos de Jesús:
hambrientos, sedientos, desnudos, forasteros, enfermos, encarcelados?

Saca primero el tronco que tienes en tu propio ojo
Otro mundo es posible desde la Buena Noticia anunciada por Jesús.
Se trata de cambiar nuestra sociedad, desde sus raíces,
siguiendo el ejemplo y las enseñanzas del Profeta de Nazaret, a saber:
-Acabar con la idolatría: del dinero, del poder, del prestigio.
-Ayudar a los pobres que viven solos, empobrecidos, maltratados,
  explotados… por empresarios, autoridades y personas privadas.
-Dar prioridad al trabajo digno, techo decoroso, tierra para trabajar.
-Salvar la vida de nuestra madre tierra, la Pacha mama.
-Cambiar nuestra manera de pensar y de vivir, es decir, convertirnos.
   Para cambiar la sociedad, debemos empezar por nosotros mismos:
   Cuando era joven, quería cambiar el mundo.
Al ver que era difícil cambiar el mundo, intenté cambiar mi país.
Cuando me di cuenta que no podía cambiar mi país,
empecé a concentrarme en mi pueblo.
No pude cambiar mi pueblo, y ya adulto intenté cambiar mi familia.
Ahora ya viejo, veo que lo único que puedo cambiar es a mí mismo.
   Y de pronto me doy cuenta que, 
si hace mucho tiempo me hubiera cambiado a mí mismo,
podría haber tenido un impacto en mi familia.
Mi familia y yo habríamos tenido un impacto en nuestro pueblo.
Su impacto podría haber cambiado nuestro país
y así podría haber cambiado el mundo (Autor anónimo).
   Jesús nos dice: Ustedes son la sal de la tierra, dando sabor…
Ustedes son la luz del mundo, haciendo buenas obras… (Mt 5,13-16).

Cada árbol se conoce por su fruto
   A orillas del lago y desde una barca, Jesús enseña a la gente:
¡Escuchen con atención! Salió un sembrador a sembrar.
Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino…
Otras cayeron entre las piedras, donde había poca tierra…
Otras semillas cayeron entre los espinos…
El resto cayó en buena tierra, dando abundante cosecha…
Y Jesús añadió: Los que tengan oídos, oigan (Mc 4,1-20).
   La semilla es la Palabra de Dios… El sembrador es Jesucristo,
que anunció el Evangelio en Palestina hace más de dos mil años,
y envió a sus discípulos a sembrarlo en el mundo.
En aquella parábola, Jesús anuncia que la Buena Noticia del Reino
llega a pesar de las dificultades del terreno, de las tensiones,
de los conflictos y de los problemas del mundo.
Jesús hace una advertencia: solo en el corazón bien dispuesto
germina la Palabra de Dios (Directorio General de Catequesis, 15).
   La semilla bien cultivada -convertida en árbol- dará frutos buenos:
Ayer planté una semilla / bien regada la dejé,
tal vez estará llorando / por lo mal que la traté.
Tal vez estará diciendo / me muero en la oscuridad,
si yo nací para la vida / ¿por qué me habrán de enterrar?
Para qué entrar en discusiones / ahora no puede entender,
mañana cuando sea un árbol / me lo sabrá agradece/.
Tal vez entonces comprenda / que para su bien la enterré,
que hay siempre una noche oscura / para cada amanecer.
La vida es un largo surco / que abrió la mano de Dios,
semillita sepultada / buscamos la luz del sol.
La espera a veces es larga / y larga la soledad,
y hasta tememos a veces / si solo habrá oscuridad.
   Jesús -el campesino de Nazaret- desde su experiencia nos dice:
Levanten los ojos y vean que los trigales están maduros para la siega.
Yo les he enviado a cosechar donde ustedes no han trabajado.
Otros trabajaron y ustedes se benefician de sus esfuerzos (Jn 4,35s).
   Recordemos lo que dijo el Papa en Puerto Maldonado (18/I/2019):
Amen esta tierra. Siéntanla suya. Huélanla, escúchenla,
maravíllense de ella. Enamórense de esta tierra, cuídenla, defiéndanla.
No la usen como un simple objeto descartable, sino como un tesoro
Debemos amar la tierra y cuidarla, pues ella nos alimenta.
J. Castillo A.

sábado, 2 de febrero de 2019

Presentar los niños a Dios (2 de Febrero)

 
Reintroduzco en el blog la entrada que ya existe de fecha 2 de Febrero de 2013. Tal vez interese de cara a reflexionar y celebrar este día de la Presentación del Señor.

UNA REFLEXION
 
 
El día 2 de Febrero, con motivo de la celebración de la fiesta de la Presentación del Señor (cuarenta días después del Nacimiento), está progresando la buena costumbre, cada vez más arraigada entre los fieles, de presentar al Señor a todos los niños bautizados en el último año.

Presentar los niños
 
No vendría mal que consideremos brevemente el significado cristiano de esa “ofrenda”; porque ofrecer los niños a Dios no es un acto baladí sino que, bien entendido, tiene un hondo calado religioso. La palabra “presentar” tiene diversas acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española, y hay algunas de ellas que pueden servirnos para entender la significación de lo que hacemos al llevar a los niños a la Iglesia y presentarlos al Señor.


 Presentar, según el diccionario, es “hacer manifestación de algo, ponerlo en la presencia de alguien”, “dar gratuita y voluntariamente algo a alguien”, “ofrecer, dar”, proponer a alguien para una dignidad, oficio o cargo”, “introducir a alguien en la casa o en el trato de otra persona, a veces recomendándole personalmente”, “ofrecerse voluntariamente a la disposición de alguien para un fin”, “dar el nombre de una persona a otra en presencia de ambas para que se conozcan”, “comparecer ante un jefe o autoridad de quien se depende”. ¿Qué significa, pues, “presentar los niños al Señor”?. Podemos releer las definiciones situando como interlocutor de la presentación a Dios y tendremos una respuesta bastante acertada.
 
Presentar un hijo ante el Señor es llevarlo a su presencia de una manera ritual, pero a una cultura como la nuestra que valora en tan poco lo simbólico, hay que recordarles a los  padres que con ese acto se comprometen a esforzarse para que ese niño o niña vaya acercándose a Dios; se trata, en definitiva, de dar a Dios gratuitamente lo que gratuitamente se ha recibido: nuestro hijo.
 
Presentarlo a Dios es proponer a Dios que le de éxito en su vida, que ocupe en el mundo el lugar que más le dignifique (que no quiere decir el cargo de más poder y prestigio humano, sino el que más le convenga para ser feliz); presentar un hijo al Señor es mostrar interés por introducirlo en el trato con Él por la oración y la escucha de su Palabra; es ofrecernos nosotros mismos para la tarea de acercar a Dios a ese niño; es pronunciar el nombre de mi hijo ante Dios para dárselo a conocer; finalmente, presentar un niño al Señor es comparecer ante Dios sabiendo que tanto la vida del hijo como la propia dependen de él, aspirar a que las cosas no sean como nosotros queremos que sean, sino como Dios las quiere. Tener esto claro es ser un hombre de fe.

 ¿Hacia quienes llevamos a nuestros hijos?

 A lo largo de su infancia le presentamos al niño a muchas personas, buscando lógicamente que el niño capte algo de ellas; normalmente se trata de personas, reales o mediáticas, que son modelo de éxito en la vida según el criterio de los padres. ¿Ante quienes llevamos a nuestros hijos?, ¿a quienes le ponemos delante?, ¿a quienes les ofrecemos como modelos a seguir? Futbolistas, músicos, actores, deportistas, etc. suelen ser idolatrados por nuestros jóvenes. La catequesis mediática (publicidad en TV, internet, radio, prensa escrita, etc) va en esta línea, y las horas dedicadas por los niños a esos medios son abundantes. Nuestros hijos se empapan diariamente de basura televisiva, especialmente los fines de semana, puentes y vacaciones; y además viven entre semana el agobio de las horas extras de kárate, inglés, música, fútbol, teatro, etc. “Es que al niño le gusta”, solemos decir.
 
 


A un niño le puede gustar una cosa u otra, pero los gustos de un niño son muy manipulables, y en la elección de esas actividades extraordinarias de formación me temo que más que los gustos del niño pesan las frustraciones personales de sus progenitores. El padre quiso ser músico y no pudo o no supo, ¡que lo sea mi hijo!, el padre quisiera haber sido un futbolista de renombre, y no pudo, ¡que lo sea mi hijo! … ¿Qué ocurriría si, por un error del destino, poco inclinado a lo religioso, al niño le diera por decir que quiere ser sacerdote, o misionero, o monje de clausura; o que quiere ir a misa?
 
 
Por lo general los gustos del niño en este tema no cuentan, porque, tal como está el panorama, a los padres no les gusta ese camino. Basta ver cómo acercan a sus hijos a la catequesis de Primera Comunión con un enfoque más consumista que religioso, más por costumbre que por convencimiento. Hay que estar ciego para no verlo. Aquí sí que se deja libertad al niño: “Bueno, cuando sea mayor que decida si quiere ir a la Iglesia o no”. Porque eso lo debe elegir el niño -dicen los padres- aunque en el resto de temas solemos decidir los mayores. En el fondo no se hace sino justificar en el niño su propia indiferencia religiosa. El valor dado a la fe es mínimo, y como tal lo perciben los niños.

 No nos vendría mal, en la fiesta de la Presentación del Señor, considerar seriamente qué significa presentar los niños al Señor, que no es otra cosa que hacer pública una opción que ya se hizo en el bautismo: renovar el compromiso de educar a los hijos en la fe. En el día de su bautismo, como en este día los niños fueron presentamos al Señor; pero no termina ahí el compromiso de los padres y padrinos cristianos cuando éstos lo son de veras; ahora toca hacer presente al Señor en la vida y en la inteligencia de ese niño que se presenta; enseñar al niño a leer los hechos desde el evangelio y a vivir en presencia del Señor.

¿Cómo hacerlo? Primeramente procurando los padres y padrinos una vida de presencia de Dios; ser y procurar ser cada vez más personas de fe. En las parroquias percibimos un gran abismo que sufren los niños a la hora de recibir catequesis. Salvo honrosas excepciones se les está proponiendo a los niños como modelo a los ídolos de este mundo, a los “personajes” de éxito fácil y enriquecimiento súbito; ¡ah, si yo tuviera esa suerte!

Los niños, en su ingenuidad, siguen las pautas que los mayores les dan, y cada vez son más los niños que no hacen nada si no es a cambio de algo. El dios-dinero va ganando terreno. ¿Cómo van a entender el mensaje de Jesús de Nazaret que les habla de paciencia, renuncia, generosidad, perdón al enemigo, etc.? A la hora de verdad ¿qué dios presentamos a los niños?: ¿al Dios de Jesucristo o al dios de la buena fortuna que me procure el éxito personal a costa de quien sea, o al que me seduce con sus anuncios consumistas? 

En la Iglesia en los últimos decenios se está hablando de Nueva Evangelización. Evangelizar no es enseñar una doctrina. De doctrinas está el mundo desbordado, y no hablo solo de doctrinas religiosas, también laicas. Basta ver cómo incluso en los centros educativos donde las clases de religión y los actos religiosos no son bien recibidos, las catequesis de “halloween” (que nadie sabe qué significa) o de carnaval (¡vive y no te preocupes de más!) son acogidas con un entusiasmo digno del sinsentido nihilista de la posmodernidad.

Más o menos conscientemente enseñamos a los niños la doctrina del “no hay verdad, hay vida; hay que vivir que son tres días”. Hay algo, no obstante, que estas celebraciones enseñan a los que andamos en religión: su vitalidad, su manera de conectar con el interés de la gente. Bien es cierto que los medios de comunicación ayudan a ello con su publicidad directa o indirecta, pero queda claro que la reacción popular y el éxito no está en la doctrina inexistente en las citadas fiestas: ¿qué enseña halloween en un mundo “desencantado” (desespiritualizado)? ¿qué sentido tiene el carnaval en un mundo de hedonismo y consumismo constantemente? La clave está en la vida. Falsa o verdadera vida, pero vida. ¿Tienen vida nuestras catequesis? ¿Rebasan el nivel doctrinal y llegan a tocar la fibra humana y social? ¿Sigue siendo el evangelio motor de transformación para bien?


Hablar de Dios a los hijos 

 En la fiesta de la presentación del Señor, cuando ponemos a nuestros hijos ante Dios, deberíamos tener en cuenta qué modelos de vida (personal y social) les vamos a ofrecer. Muchos de los que participan en el acto de ofrecer a su hijo en este día al Señor lo harán, como ocurrió con el bautismo, por pura costumbre. Tal vez por superstición, pensando que Dios quiere más a unos niños que a otros y ganarse así su atención sobre el suyo.

La fe es un don de Dios, ciertamente, pero toca a cada uno cultivarla y hacerla germinar en su vida; es como los hijos, son don de Dios, y quien piense lo contrario verá con los años que se equivocaba; a los padres y a la Comunidad Cristiana nos toca cultivar esas vidas y hacerlas germinar en personas alegres y responsables, miembros felices de una comunidad y una sociedad edificada según el modelo de Jesús: libre, unida y esperanzada.  

Para terminar, perdonad mi reiteración: no olvidemos que presentar a los niños al Señor es comprometerse en hacer presente al Señor en la vida de los niños. Hablar de Dios a los hijos. ¿Teoría? No, práctica. Si ayudas a tu hijo a leer su vida en clave evangélica le habrás dado el regalo más grande que un padre puede dar. Le habrás enseñado a vivir centrado en la realidad de su ser, abierto a los otros, inmune a los engaños de los falsos dioses, agradecido de todo lo que tiene, feliz de vivir. Será un buen hijo, insumiso a la violencia y al mal, leal en sus compromisos. Será, en definitiva, un fiel seguidor de Jesús de Nazaret, modelo de excelencia espiritual y moral para un tiempo más amante de ídolos que de profetas.
Reza conmigo:
 
"En tus manos, Señor, pongo a  mi hijo (hija) N.
Tú me lo (la) diste
y ahora lo/la presento y te lo (la) ofrezco a ti.
 
Sé lo que me gustaría para él (ella):
una vida feliz y saludable;
pero ¿cómo poder darle eso?
Ven en ayuda mi ignorancia y debilidad.
 
Dame paciencia para educarlo (educarla) bien.
Que te conozcan Ti como sú único Dios,
el Dios de la vida y el amor,
el Dios de la libertad y la felicidad,
el Dios de la verdad y la vida.
En tus manos pongo a mi hijo/hija
sabiendo que no quedaré defraudado (defraudada).
Amén.
 
Casto Acedo Gómez. paduamerida@gmail.com. Febrero 2019
 




miércoles, 16 de enero de 2019

Una boda en Caná de Galilea

2º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Is 62,1-5  -  1Cor 12,4-11  -  Jn 2,1-11

   En aquella boda, Jesús manifiesta la gloria de Dios,
expresada simbólicamente en el abundante y mejor vino.
Se trata de que todos sus hijos e hijas tengan vida plena (Jn 10,10).
   También en esa boda se ve que el ritualismo de la religión judía,
se asemeja a las seis tinajas de piedra que están vacías.

La Madre de Jesús está allí
   Los especialistas de la religión judía habían impuesto a la gente,
normas y prácticas religiosas basadas en el temor.
Un ejemplo concreto son los ritos de purificación,
que solo benefician a los funcionarios del templo de Jerusalén.
   En este contexto, María -mujer pobre, llena de fe y amor- se dirige,
no al mayordomo de la fiesta, ni al novio, sino a su Hijo Jesús,
y le dice: No tienen vino, es decir, no tienen vida, ni amor, ni alegría.
Al mismo tiempo, pide a los servidores: Hacer lo que Él les diga.
   Hoy, vemos con preocupación el fracaso de muchos matrimonios,
y el abandonado en que viven los hijos de padres separados.
Vemos también que en muchos hogares y en la sociedad faltan:
amor y vida, gracia y santidad, verdad y libertad, justicia y paz.
   La madre de Jesús sigue mirando atenta nuestras necesidades,
y se preocupa cuando en nuestros hogares falta amor, vida, alegría.
Además, María lleva a Jesús nuestras carencias, principalmente,
nuestra falta: de amor a Dios… y de amor al prójimo
En la Anunciación, María exclama: Hágase en mí según tu palabra,
ahora nos sigue diciendo: Hagan todo lo que mi Hijo les dice.
Actuando así, la madre de Jesús sigue alabando a Dios porque:
Enaltece a los humildes… Colma de bienes a los hambrientos
   María, mujer y madre que simboliza la Comunidad cristiana,
está presente -al inicio y al final- de la vida pública de Jesús:
En Caná, Jesús le dice: Mujer, todavía no ha llegado mi hora.
En el Calvario, Jesús le dirá: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19,26s).

Jesús y sus discípulos están invitados
   Jesús dice a los servidores: Llenen de agua las tinajas.
Luego añade: Saquen ahora y llévenlo al mayordomo de la fiesta.
*Llenar. Recordemos que las seis tinajas de piedra están vacías
Con Jesús llega la hora de introducir en la sociedad algo nuevo,
vivir los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia,
amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio (Gal 5,22s).
*Sacar. Se relaciona con la conversión, con el cambio de vida.  
Al respecto meditemos en las siguientes palabras de Jesús (Mt 13,52):
Todo maestro de la ley que se ha hecho discípulo del Reino de Dios,
se parece al dueño que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.
*Llevar. Necesitamos poner vino nuevo en vasijas nuevas (Mc 9,22).
Para ello, hacen falta  mensajeros que salgan y lleven por todas partes
la Buena Noticia que es la misma persona de Jesús:
Conocer a Jesús es el mejor regalo que podemos recibir,
haberlo encontrado es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y
darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo (DA 32).

En Caná de Galilea, Jesús comienza sus signos,
manifiesta su gloria  y sus discípulos creen en Él
   Tengamos presente que la gloria de Jesús consiste en dar vida,
como se ve en los siguientes signos que realiza en varios lugares.
*Jesús va de nuevo a Caná de Galilea, donde un funcionario le dice:
Señor, ven pronto antes de que mi hijo muera.
Jesús le contesta: Puedes volver, tu hijo está vivo (Jn 4,46ss).
*Después, Jesús va a Jerusalén y -en la piscina de Betsaida-
le dice al paralítico: Levántate, toma tu camilla y camina (Jn 5,1ss).
*Es de noche y Jesús camina sobre las aguas agitadas del lago.
Al notar el miedo de sus discípulos, dice: Soy yo, no teman (Jn 6,16ss).
*En Galilea, Jesús comparte el pan con más de cinco mil personas…
Y cuando muchos de sus discípulos le abandonan, Pedro dice: Señor,
¿a quién acudiremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,68).
*En Jerusalén, después de sanar a un joven ciego de nacimiento,
Jesús dice a los fariseos: He venido a este mundo para un juicio,
para que los ciegos vean...  y los que ven, queden ciegos (Jn 9,39).
*En Betania, Jesús dice a Marta: Yo soy la resurrección y la vida,
el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; luego resucita a Lázaro.
Muchos judíos al ver lo que hace Jesús, creen en Él (Jn 11).
J. Castillo A.

jueves, 10 de enero de 2019

Bautismo del Señor (13 de Enero)


El domingo pasado celebrábamos la Epifanía. Y en el Evangelio contemplábamos a Jesús-niño, en Belén, adorado por unos magos de oriente, y recibiendo unos regalos significativos: oro (ofrenda al que es Rey) incienso (para quien es Dios) y mirra (regalo para el hombre que es Jesús , y que recuerda el rito de perfumar el cadáver, en alusión clara a algo tan humano como la muerte, de la que también participará este niño).
 
La vida oculta.
 
Hoy el pasaje del bautismo de Jesús en el Jordán a manos de Juan da un salto en el tiempo y en el espacio, y encontramos a Jesús unos treinta años más tarde a orillas del río Jordán.  Los evangelios no dicen nada de la adolescencia y juventud de Jesús;  sólo hablan de un viaje a Jerusalén con sus padres, a los doce años, cuando el niño empezaba a ser alguien en la comunidad de los adultos y recibía el beneplácito para proclamar las escrituras en la sinagoga; a esa edad san Lucas nos presenta a Jesús enseñando a los doctores de la ley en el templo (cf Lc 2,41-52); pero este pasaje, que forma parte del evangelio de la infancia, no merece mucha credibilidad histórica; es más bien fruto de interpretaciones posteriores para resaltar el ser y la misión del niño-Dios.

Nos preguntamos: ¿Qué ha pasado en el periodo de tiempo intermedio, desde el nacimiento hasta la aparición en el Jordán? ¿Qué experiencias ha vivido Jesús en su infancia, adolescencia y juventud? Y no hay respuesta concreta a estas preguntas. Con razón se llama a este periodo el de la vida oculta de Jesús. Y esta vida oculta es también misterio, evangelio, buena noticia. No por ser conocida una cosa es susceptible de que aprendamos algo de ella. Es un gran testimonio que Dios hecho hombre pase en el ocultamiento unos treinta años y sólo tres (según san Juan) o uno (según los sinópticos) de vida pública. Dios se hizo hombre y, de hecho, como prácticamente todo ser humano, tuvo una vida  anónima, escondida, sin fama ni publicidad.
 
En esos años podemos imaginar a Jesús como un niño normal de su tiempo, como un joven que va madurando humanamente, aprendiendo su oficio, conociendo la realidad en la que se mueve, los problemas de su entorno, sensible a las alegrías y a los sufrimientos de sus vecinos. Podemos sospechar a Jesús en el silencio de Nazaret; contemplativo que abre los ojos y ve como la vida se mueve a su alrededor: amas de casa como su madre que amasan el pan poniendo la levadura y barren su casa buscando la moneda perdida; jornaleros que esperan ser contratados al amanecer; labradores que siembran el trigo, que cosechan y limpian el grano de la paja; vecinos que llaman en la noche a pedir un pan que necesita porque ha tenido un imprevisto; pastores que pasan el día entero buscando una oveja que se le ha perdido; hacendados que construyen grandes graneros para almacenar la cosecha,; novios que se casan y vecinos que fallecen y son sepultados; etc...  Sus años de predicación dan a entender que el joven Jesús no vivió ignorante de su mundo, sino abierto a la realidad que bullía a su alrededor; con esa apertura de mente y de corazón  adquirió una sabiduría que no dan los libros sino la vida. En sus años de Nazaret escuchó la "música callada" de Dios que en el silencio compone la sinfonía de su Reino.  

También podemos imaginar la evolución interior de Jesús. Tal como afirman muchos teólogos, el vecino de Nazaret fue tomando conciencia progresiva de su filiación divina,  hasta sentir esa realidad tan hondamente que no puede menos que dejar su tierra e irse a expandir por todos lados la compasión divina que ensanchaba su corazón. Sintió como suyos los sufrimientos e inquietudes de sus contemporáneos, se compadeció de ellos porque los vio  "como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36), y tomando como suya la voluntad de Dios Padre, movido por el Espíritu Santo (Lc 3,18), decidió salir a liberar a los oprimidos por el mal (Hch 10,38). Todo un ejemplo de lo que debe ser la vida espiritual para cualquier cristiano: crecer en el silencio, abriendo los ojos a Dios y a la realidad que nos rodea y en la que Dios habla, tomando conciencia de la filiación divina otorgada en el bautismo,  y, desde esa conciencia, empeñarse en una vida de compasión y misericordia para la construcción de un mundo más justo.
 

El bautismo en el Jordán: siervo de Dios
 
En el evangelio de hoy  contemplamos a Jesús, ya adulto, alineado en el grupo de los que acuden a Juan Bautista para recibir el bautismo de conversión que éste predicaba. ¿Tiene sentido que Jesús, que es Dios, que no tiene pecado, se deje bautizar por Juan? La única explicación es que Jesús, que no es pecador, colocándose en la cola de los pecadores, quiere manifestar que está con ellos, que ha venido para meterse entre los pecadores y cargar con sus pecados.

 Dirá san Pablo que Dios “al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). Hacia esta misma interpretación nos quiere llevar la lectura del profeta Isaías: “Mirad a mi siervo” (Is 42,1). En el bautismo Jesús se une al movimiento de Juan, que busca la conversión del hombre, el cambio de vida: “Te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos a los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas” (Is 42,6b-7). Jesús será el autor del cambio, del paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida que está llamado todo hombre. 

Jesús no salvará a la humanidad por decreto-ley sino por el camino de la encarnación, él mismo se unirá al grupo de los pecadores; no tiene pecado, pero vivirá el sufrimiento y la muerte,   consecuencias evidentes del pecado. Asumiendo el ser total del hombre, lo salvará. Una magnifica lección para todos nosotros, un principio que debería regir nuestra vida personal, social y pastoral. No se puede salvar lo que no se asume, lo que no se hace propio. ¿Entendido el mensaje? El Jesús que entre los pecadores se acerca a Juan Bautista, aunque él no conocía pecado ni necesitaba conversión, es el mismo Cordero de Dios, que carga (asume) los pecados de la humanidad entera,  y con su entrega de amor total (perdón) la redime. A la cruz apunta el bautismo. 

Así es. La persona de Jesús, vista desde la perspectiva del Siervo de Yahvé, nos da pie a reconocerle, ya desde el inicio de su vida pública en el Jordán, como aquel que será crucificado por nosotros y por nuestros pecados (cf Gal 3,13); el mismo Bautista lo presenta a los suyos diciendo de Él que es "el Cordero de Dios" (Jn 1,29). La imagen que más arriba acompaña este texto, La crucifixión, de Matthias Grünewald, resume esta enseñanza presentando al Bautista señalando con el dedo  al que por nosotros muere en la cruz. Para eso ha venido, para ser siervo de los siervos, para cargar con nuestras injusticias y maldades.
 
 

Nuestro bautismo
 
“Se oyó una voz del cielo: Tu eres mi hijo amado, mi preferido” (Lc 3,22). Una voz que bien podría oírse descendiendo del cielo en el momento en que Jesús muere en la cruz. Jesús es el Hijo de Dios. También nosotros, por el bautismo, somos hijos de Dios. Y también de nuestro bautismo dimana una llamada a vivir para y morir para los demás, una exigencia de servicio en favor de los hermanos. A la cruz apunta también nuestro bautismo.
 
Desde la exigencia de entrega y generosidad,  en línea con el ser y la misión de Jesús, hemos de recuperar el significado del bautismo que recibimos. Junto con la Eucaristía, este sacramento, está considerado uno de los más importantes. Sin embargo, es poco valorado, reflexionado y asumido. Solemos celebrar los aniversarios de boda o de nacimiento, pero poco sabemos acerca del día en que recibimos nuestro bautismo; la mayoría ignora incluso la fecha en que fue bautizado; algunos incluso el lugar. Son signos evidentes de la poca importancia que concedemos a este sacramento. Y no sólo es minusvalorado individualmente, da la sensación de que la propia iglesia-institución lo tiene en poco, no porque el Catecismo lo considere irrelevante, sino por la escasa o nula exigencia a la hora de administrarlo. 

Para acceder al sacramento del Orden Sacerdotal, de menor importancia teológica que el bautismo, aunque de mayor calado institucional, se le exigen al candidato una serie esmerada de requisitos: estudios de teología, espíritu de oración, un comportamiento moral recto, testimonio de fe, etc... Sin duda se trata de requisitos muy necesarios para el ejercicio del ministerio sacerdotal. Pero contrasta esa meticulosidad con la ligereza con que se administra el bautismo de niños; tengamos en cuenta que, aunque prácticamente toda la teología bautismal se hace teniendo como telón de fondo el bautismo de adultos, en la práctica normalmente se bautiza mayoritariamente a niños, haciendo de la excepción regla.

Para el bautismo de un niño no se exige a los padres más que el hecho de que lo pidan y, en última instancia, que asistan a una o varias charlas de dudoso valor para un discernimiento serio. ¿No estamos ante una contradicción? Ni siquiera la exigencia de unos padrinos confirmados nos sirve de garantía, dado que el sacramento de la confirmación tampoco asegura una fe madura, y el ritual del bautismo pide la fe y el compromiso de los padres; de los padrinos sólo exige el compromiso de la ayuda para educar en la fe.

Habría que preguntarse si el descenso del número de bautismos en nuestra iglesia no es debido al bajo discernimiento que se aplica al administrarlo. Tal vez la rutina y la costumbre de bautizar por sistema sea la consecuencia lógica de la perdida de significatividad de este sacramento. Cuando lo reducimos a acto meramente social, desligado de su conexión vital con la Palabra que alimenta la fe y la Caridad (comunión con el amor de Jesucristo) que le da crecimiento y madurez a la vida, no podemos extrañarnos de que muera por inanición.
* * *
La Fiesta del Bautismo del Señor nos puede servir de acicate para redescubrir el valor y el significado del sacramento del bautismo y dignificarlo tanto en su fondo (repensar la relación fe-bautismo) como en su forma (bautismo de adultos, o de niños que tengan verdaderamente garantías de que recibirán la formación cristiana adecuada).
 
¿De qué sirve el sacramento del bautismo sin la posibilidad de una toma de conciencia progresiva de que somos hijos de Dios? Un catecumenado adecuado, antes del bautismo en los casos de bautismo de adultos, o con la mayoría de edad en los casos que fueron bautizados en su infancia, es algo irrenunciable si queremos ser fieles a la misión de Jesús. Se trata de conectar el signo bautismal, la fe, con la vida. 
 
Ya lo hemos dicho, cada vez son menos los niños que reciben el bautismo, y menos también los bautizados que consideran la fe en Jesucristo como algo importante para ellos; la vida matrimonial y familiar, la vida económica, laboral, o de relaciones sociales se desliga cada vez más de la norma cristiana. ¿No suponen estos datos una llamada apremiante a redescubrir nuestra fe bautismal? Responder a este reto es un camino largo donde está en juego la identidad cristiana en un mundo de pluralismo cultural y religioso. El primer paso para una renovación de nuestra espiritualidad cristiana bautismal está en mirar y seguir a Jesús de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y, con él, asumir nuestra realidad y llevarla adelante con el mismo estilo del Crucificado-Resucitado.
 
 
 
 
Casto Acedo Gómez. Enero 2018. paduamerida@gmail.com.

miércoles, 9 de enero de 2019

Por el bautismo nacemos de nuevo

Bautismo del Señor, ciclo C
Is 40,1-5. 9-11  -  Tito 2,11--3,7  -  Lc 3,15-16. 21-22

   En varias parroquias… se realizan bautismos para todos los gustos,
generalmente, sin dar importancia al encuentro personal con Jesús.
¿No habrá en esto una apariencia de negocio o comercio? (CIC, 947).
   ¿Qué hemos hecho del ejemplo y de las enseñanzas de Jesús
que nos dice: Si uno no nace del agua y del Espíritu,
no puede entrar en el Reino de Dios? (Jn 3,5).
  
Jesús, el Mesías, les bautizará con el Espíritu Santo y fuego
   La misión del profeta Juan es preparar la venida de Jesús.
Para ello, Juan recorre la región del río Jordán y predica
un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
   Como todos se preguntan si Juan no sería el Mesías,
el profeta del desierto responde: yo les bautizo con agua
Y, al mismo tiempo, les exige dar frutos de una sincera conversión:
compartir el pan con el hambriento… vestir al que está desnudo…
cobrar lo justo… no maltratar ni hacer denuncias falsas… (Lc 3,7ss).
   A continuación, Juan anuncia: Viene uno con más autoridad que yo.
Él les bautizará con el Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16). Ciertamente,
el agua lava… el fuego purifica… el Espíritu transforma, santifica
   *La acción del Espíritu Santo está presente en la vida de Jesús:
-El Espíritu Santo desciende sobre Él mientras se bautiza (Lc 3,22).
-Jesús se deja llevar por el Espíritu Santo al desierto (Lc 4,1).
-Impulsado por el Espíritu Santo, Jesús vuelve a Galilea (Lc 4,14).
-Con la alegría del Espíritu Santo, Jesús alaba al Padre (Lc 10,21).
-Antes de subir al cielo, Jesús dice a sus discípulos:
Ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1,5).
   Por su parte, Pablo escribe: Fuimos bautizados en un solo Espíritu,
para formar un solo cuerpo (1Cor 12,13).
   *Sobre el fuego Jesús dice: He venido a prender fuego en la tierra,
y, ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar
por un bautismo, y siento angustia hasta que se cumpla (Lc 12,49s).

Tú eres mi Hijo amado, el predilecto
   Jesús siendo igual a Dios, se humilla, se hace servidor (Flp 2,6-11),
vive pobre entre los pobres, se bautiza con su pueblo como uno más.
Mientras se bautiza, Jesús ora, el Espíritu Santo baja sobre Él,
y una voz del cielo anuncia: Tú eres mi hijo amado, el predilecto.
   Siendo hijo amado, Jesús invoca a Dios llamándole Abbá, Padre,
y nos pide invocarle de la misma manera diciendo: Padre nuestro
Al respecto, reflexionemos en las siguientes palabras de san Pablo:
Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos, para tener miedo,
sino el Espíritu que nos hace hijos de Dios,
y que nos permite llamar a Dios Abbá, Padre (Rom 8,14s).
   Si somos hijos de Dios, vivamos como hermanos entre nosotros,
dando vida a los niños, jóvenes, adultos y ancianos que sufren.
   Para ello, como dijo el Papa Juan Pablo II, dejémonos guiar
por el Espíritu Santo, para: -ser pobre entre los pobres,
-seguir el ideal de pobreza predicada y practicada por Jesús,
-imitar su amor a los pobres (cf. Catequesis: 30 noviembre 1994).
  
Llamados a dar testimonio de nuestro bautismo
  ¿Cómo se explica que en países de tradición cristiana, como el Perú,
hay: corrupción, injusticia, mentira, odio, violencia, narcotráfico…?
   Muchas cosas cambiarían en nuestra sociedad,
si los creyentes viviéramos nuestro bautismo con la finalidad de:
-Dar testimonio con palabras y obras concretas.
-Tener la capacidad de: ver, oír, hablar, reflexionar, levantarse.
-Leer e interpretar los signos de los tiempos.
-Crear una corriente de opinión pública inspirada en el Evangelio.
-Proponer los valores del Reino como base de un compromiso social.
-Ser servidores de Jesús, como lo dice Juan el profeta del desierto:
Ahora mi alegría es grande, que Él crezca y yo disminuya (Jn 3,29s). 
   Después que Pedro y los Once anuncian a Jesús resucitado,
la gente pregunta: Hermanos, ¿qué debemos hacer? Pedro responde:
Arrepiéntanse y háganse bautizar invocando el nombre de Jesucristo,
y Dios les perdonará sus pecados y les dará su Espíritu (Hch 2,37s).
   Si en la Iglesia primitiva se bautizaba a los convertidos,
nuestra tarea -hoy- es en cambio la de convertir a los bautizados.
(Mons. Samuel Ruiz (1924-2011): Ponencia en Medellín, 1968).
J. Castillo A.