miércoles, 16 de septiembre de 2015

La persecución, signo de fidelidad (Domingo 20 de septiembre)

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"Dijeron los malos: acechemos al justo, que nos resulta incómodo… Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura…Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él” (Sab 2,17-20). El justo –dicen los malos- nos resulta incómodo. La justicia incomoda a los que viven instalados en la injusticia. Y la reacción es la del rechazo del justo, su marginación, incluso su eliminación. Ahí hemos de buscar el origen de la pasión y muerte de Jesucristo. Él era justo, y su “luz” puso en evidencia la “oscuridad” del mundo. En presencia del justo sólo nos quedan dos opciones: o aceptamos su luz y el consiguiente reconocimiento de nuestras oscuridades (pecados), o hacemos lo imposible por alejarlo, marginarlo, desacreditarlo, porque pone en evidencia nuestras miserias; y, llegado el caso, se nos hace tan insoportable que decidimos eliminarlo.
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Los esquemas de Dios y los nuestros
 
La historia del “justo injustamente perseguido” es la historia de Jesús. Pero también es la historia de muchos de los personajes de  la Biblia: Abel, acechado, envidiado y asesinado por su hermano Caín; Moisés, rechazado por el Faraón; David, perseguido por Saúl; los grandes profetas, desterrados y perseguidos por el pueblo y por los reyes porque denunciaron sus desafueros; Pablo de Tarso, acusado de blasfemo y enemigo por los fariseos a los que pone en evidencia por su predicación acerca de la inutilidad de la ley como clave de la vida religiosa; etc…; y la misma reacción encontramos ante los “justos” (santos) en la historia de la Iglesia: primeros mártires perseguidos (san Esteban, los apóstoles), grandes santos de la antigua historia de la Iglesia como san Ignacio de Antioquia, santo Tomás Moro… y santos de hoy: Oscar Romero, Ignacio Ellacuría, o los más recientes casos de cristianos que sufren persecución en el mundo islámico.
 
Ser “justo”, ser creyente en el Dios de Jesucristo, predicar su doctrina y, sobre todo vivirla, desagrada al mundo. Podemos hablar del “Dios conflictivo”, Dios que, presente en sus pequeños, en sus hijos, con su “forma de pensar y actuar propias” entra en conflicto con el mundo. Y se trata de un conflicto inevitable. Así lo dio a entender el mismo Jesús. ”¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,51-53). Quien tiene los criterios de Dios no puede menos que entrar en conflicto con quien se rige por esquemas de poder, fama y dinero. Se trata de dos mentalidades distintas: la de Dios y la mundana (cf Jn 17,13-26). En su momento san Pedro mostró las discrepancias entre los planes de Dios y los planes del mundo al querer convencer a Jesús de que cambiara de camino, de que no se dirigiera a la cruz, de que huyera de su misión; el mismo Jesús le llama la atención: “apártate, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8,33); un poco después son los apóstoles los que manifiestan que su mentalidad, sus pensamientos, aún están necesitados de conversión: “por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9,34).
 
Ser cristiano desconcierta al mundo
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La Palabra nos invita a una elección: o seguir los caminos del mundo, “donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males” (Sant 3,16) o seguir los caminos de Dios: “los que siembran la paz y su fruto es la justicia” (cf Sant 3,18)). Teóricamente lo tenemos claro; pero no nos engañemos: lo que pide el Señor a sus discípulos no es que se aprendan la lección, como los fariseos estudiosos de la ley, sino que practiquen la justicia siguiendo el estilo de vida que él propone. Y cuesta aterrizar en la realidad con los esquemas de Dios, porque mientras caminamos por este mundo también para nosotros los creyentes tiene el Evangelio su grado de incomodidad. Nos incomoda cuando nos hace ver que somos ricos y tacaños para con los hermanos, intolerantes y soberbios en cuanto nos tocan nuestro ego, remisos a ayudar a otros si ello nos supone pérdidas económicas o de consideración social, etc.
 
Como Iglesia deberíamos repasar si en nuestra institución los que cuentan son los más débiles o los más fuertes, lo sencillo o lo ostentoso. ¿Quiénes son los primeros en consideración, atención y promoción? Me da la impresión de que hay mucho que cambiar; algo que sólo desde una revuelta interior muy personal se puede conseguir. Este domingo es un buen día, al hilo de la liturgia de la Palabra, para preguntarte: ¿Sientes en algún momento el rechazo por ser seguidor o seguidora de Jesús? ¿Cómo encajas el golpe? Y por otro lado: ¿Cómo te sitúas en tu comunidad parroquial: procuras ocupar puestos de servicio (Cáritas, limpieza del templo, atención a enfermos, etc...) o aspiras a las actividades donde hay más lucimiento y consideración (protagonismo en actos litúrgicos solemnes, presidencia en  procesiones y actividades representativas, etc.)?   

El gesto de Jesús para mostrar lo que Dios quiere es muy entrañable: “acercando a un niño lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: el que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,36-37). El niño, en la cultura judía del siglo I carecía de importancia, no era tenido en cuenta. Lo que Jesús quiere decir a sus discípulos y nos dice hoy a nosotros es que hay que hacerse pequeño, y desde ahí, desde abajo, ser misericordioso y acogedor con los que menos cuentan según la escala dominante. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Esta inversión de valores es lo que desconcierta de Jesús y, vivido en las comunidades cristianas,  es lo que de veras  puede sorprender y desconcertar a los que buscan algo distinto. Si lo que ofrecemos en la Iglesia es más de lo mismo (poder, privilegios y cargos de honor), ¿para qué entrar en ella?, eso ya lo hay fuera. Una Iglesia que  no desconcierta y crea polémica, que no suscita críticas y persecución, que no da problemas a la sociedad acomodada, una iglesia así sobra. Pero si su presencia escuece a los que andan dormidos en sus algodones, ¡alegraos!, también a Jesús lo persiguieron y condenaron; cuando ladran los perros es porque algo se mueve. La persecución por el Reino es una señal de que se marcha por caminos de fidelidad  a Dios.

Ponte hoy   ante el Señor y su Palabra con toda sinceridad. Contempla en tu interior la voluntad de Dios, su opción por los últimos, y trata de ver cuán lejos estás de ella. Pide perdón y la gracia de la conversión. Cambia tu mentalidad. No pidas a Dios lo que acostumbras a pedir: comodidades para ti y los tuyos. “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres” (Sant 4,3). Cuando pidas algo a Dios piensa más en los demás que en ti. Contempla también a todos los que están demandando de ti un testimonio de verdadera fe, es decir, unas obras de justicia; y pregúntate hasta qué punto estás dispuesto a ser incómodo y sufrir persecución. Cuando los hijos de la luz, amantes de la sabiduría que viene de arriba, amantes de la paz, comprensivos, misericordiosos, pacíficos y justos ponen en juego sus cartas, los hijos de las tinieblas reaccionan de muy mala manera con odios, envidias, peleas, desordenes y toda clase de males. La persecución del justo está servida. Si es este tu caso y el de tu comunidad, escucha lo que dice Jesús en las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,11-12)

Casto Acedo Gómez. Septiembre 2015. paduamerida@gmail.com.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Profesar la fe y confirmarla con el martirio (Domingo 11 de septiembre)

En un arranque de lucidez (iluminación) Pedro proclamó la divinidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), y Jesús confirmó su fe otorgándole el lugar de preeminencia en la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra (la piedra de la fe en Cristo proclamada por Pedro) edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Lo que hace grande a Pedro no es su persona sino la fe que confiesa  y que es depositada en sus manos. Apoya esta tesis el hecho de que no tarda en recibir un buen varapalo del mismo Jesús: “Quítate de mi vista, Satanás; tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,23). La osadía de Pedro al corregir al Maestro nos muestra que aún no estaba madura su respuesta de fe; aún no entraba en sus cálculos aceptar la cruz como camino para la glorificación.
 
La fe se confirma en la prueba
 
Aquello de ser la “piedra” donde se edifica la Iglesia debió parecerle a Pedro algo maravilloso. Lo que no debió gustarle tanto es asumir que ser creyente y jefe de los creyentes llevara consigo sufrimientos; le costó entender que ser Papa más que un privilegio es una carga, una tarea que no siempre resulta agradable. Todavía Jesús no había “ofrecido su cuerpo como hostia (ofrenda) viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12,1), mostrando así, como dice el prefacio en la fiesta de la Transfiguración, que “la pasión es el camino para la resurrección”. Al final de sus días, tras una vida de conflictos y persecuciones, también Pedro pudo finalmente confirmar su fe con el martirio.
 
El pecado de Pedro, que podríamos decir que, para bien y para mal, es figura de la Iglesia -de todo discípulo-, nos viene a recordar que aunque seamos cristianos confesos no estamos exentos de ceder terreno al maligno en nuestra vida personal, social y eclesial. En una palabra: no debemos caer en la trampa de creernos convertidos del todo; y por supuesto hemos de evitar caer en la tentación de enmendar la plana al mismo Dios cuando no comprendemos su voluntad o no queremos comprenderla porque no responde a nuestros intereses o expectativas.
 
A este respecto, conviene  revisar nuestra vida cristiana cada día, porque ésta no se da para siempre en el momento del bautismo sino que, al decir de san Pablo, ha de reafirmarse día a día “por la renovación de la mente” (Rm 1,2), expresión que encierra una invitación a la conversión, una llamada propia del tiempo de Cuaresma que resuena para nosotros también en estos días finales del verano.
 
Convertirse es:
 
1.- Saber entender la fe como algo que está más allá de las ideas. No se trata de idealizar la vida, sino de vivirla en la dimensión de la cruz; no consiste la liturgia (el culto) cristiana, en ofrecer sacrificios, hacer o dar cosas para justificarnos ante Dios. No se trata de dar algo a Dios, sino de dar-me yo mismo: “Os exhorto a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1). Jesús propone esto a sus discípulos con otras palabras: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).
 
2.- Convertirse es adoptar la mentalidad de Dios. “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 1,2). Envueltos por un ambiente cultural donde prima el culto al “yo”, convertirse es dar pasos hacia el Tú (con mayúsculas), algo que posibilita entender y comprender a los otros “tú” (con minúscula) que son los hermanos. No ajustarse al mundo es una tarea ardua. Es más fácil, placentero y descansado dejarse llevar por la corriente. Pero el discípulo de Jesús no busca “lo que se lleva”, busca la verdad de Dios manifestada en Jesucristo. A la hora de actuar el buen cristiano se preguntará siempre cómo habría obrado Jesús (Dios) en cada situación concreta; y siempre buscará agradar a Dios antes que a los hombres (cf Hch 5,29), aunque ello suponga contratiempos y sufrimientos.
 
3.- Convertirse es optar por la vida misma de Jesús. En Él tenemos la garantía de la victoria, la ganancia de todo. “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?” (Mt 16,26) ¿Dónde está la vida? En el poder, en las riquezas, en el prestigio personal,... nos dicen. Y los hombres del siglo XXI seguimos perdiendo la vida ofuscados en el culto a esos ídolos. ¿Encontramos ellos la vida? ¿Somos realmente tan felices como pretendemos mostrar? Parece ser que no, que malogramos la vida embarcados en la alienación y el estrés que genera la carrera por “tener más”,  “aparentar más” y “ser más”; llevamos una vida acelerada que nos conduce un constante vacío existencial, una vida –en definitiva- “sin Dios (Amor)”, una vida que revelará su tremenda fealdad en la hora de la muerte, porque habrá sido una vida perdida en superficialidades. Por el contrario, una vida “plena”,  “ganada”, es una vida “con Dios”, una vida que realiza su vocación de servicio a Dios y los hermanos. “Si uno quiere salvar su vida la perderá” (Mt 16,24). Perder la vida por Cristo y su evangelio es el signo de la identidad cristiana; el “martirio” entendido como testimonio es la prueba definitiva de la conversión. En el martirio muestra la vida cristiana toda su belleza.
 
En la Eucaristía Cristo se ofrece por ti y para ti como “hostia viva, santa, agradable a Dios”. Cuando participas en la mesa del altar comulgas la misma vida de Cristo, te haces uno con él muriendo en obediencia al Padre. Vivir la misa y seguir los pasos de una espiritualidad eucarística (“presentar vuestros cuerpos como ostia viva, santa, agradable a Dios” Rm 1,1) no es perder la vida, aunque los paganos digan lo contrario, es ganarla viviendo día a día en la belleza del amor.

Casto Acedo Gómez. Septiembre 2015.  paduamerida@gmail.com.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Para nosotros, quién es Jesús

Domingo XXIV, Tiempo Ordinario, ciclo B
Is 50,5-10  -  Stgo 2,14-18  -  Mc 8,27-35

   Al enseñar Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, la gente se admira 
y pregunta: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva, con autoridad (Mc 1).
   Después, cuando Jesús calma la tempestad, los discípulos exclaman:
¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4).
   En el Evangelio de hoy, el mismo Jesús pregunta a sus discípulos:
¿Quién dice la gente que soy?... Para ustedes, ¿quién soy yo?
   Para responder, no basta repetir ciertas frases teóricas; necesitamos
un encuentro personal con Jesús y con su proyecto del Reino de Dios.

Otros dicen que eres uno de los profetas
   Jesús ha terminado su misión en la región marginada de Galilea,
y antes de ir a Jerusalén donde morirá crucificado, Él y sus discípulos
van a la región pagana de Cesarea de Filipo. Mientras caminan, Jesús
les pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Según ellos, la gente
relaciona a Jesús con los grandes profetas: Elías, Juan el Bautista…
   Los profetas son personas llamadas por Dios y enviadas al pueblo,
para anunciar, con palabras y gestos audaces, la voluntad de Dios.
Cumplen su misión como simples servidores, con una fe profunda;
no retroceden ante las dificultades, prefieren morir si es necesario.
   Jesús, el Profeta de Nazaret, siendo de condición divina, toma
la naturaleza de servidor, haciéndose semejante a nosotros (Flp 2).
*Desde esta renuncia, Jesús tiene autoridad moral para decir:
Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja,
que a un rico entrar en el Reino de Dios (Mc 10).
No permitamos que el dinero siga sacrificando vidas humanas.
*Jesús denuncia la hipocresía de quienes cumplen las tradiciones,
dejando de lado lo más importante: el mandamiento de Dios (Mc 7).
Recordemos que amar a Dios con todo el corazón, y amar al prójimo
como a uno mismo, vale más que todas las ofrendas (Mc 12).
*Como Jesús sigamos anunciando: El tiempo se ha cumplido.
Está cerca el Reino de Dios. Conviértanse. Crean en el Evangelio (Mc 1).

Tú eres el Mesías
   Luego Jesús pregunta a sus discípulos: para ustedes, ¿quién soy yo?
Pedro responde: Tú eres el Mesías… el Cristo, el Ungido de Dios.
Es una profesión de fe, pero todavía inicial… frágil… incipiente…
   En aquella época, nadie esperaba a un Mesías servidor y sufriente,
que iba a promover la justicia en toda la tierra (Is 42). Por eso Jesús,
prohíbe a sus discípulos decir que Él es el Mesías, y les anuncia que
va a sufrir mucho, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día.
   Al oír estas palabras, Pedro reacciona, lo lleva aparte y le reprende.
Fue entonces cuando Jesús le dice a Pedro: ¡Ponte detrás de mí,
Satanás! (Tentador). Tú piensas como los hombres, no como Dios.
¿De qué sirve tener todas las riquezas del mundo y adorar a Satanás?
Recordemos que Jesús, al ser tentado, dice: ¡Aléjate, Satanás! (Mt 4).

Quien pierda la vida por mí y por el Evangelio, la salvará
   Después Jesús llama a la gente y a sus discípulos para decirles:
El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, que cargue con su cruz
y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá;
pero quien pierda la vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
   Si queremos encontrar a Jesús -Profeta, Mesías, Hijo del hombre-
busquémoslo en los niños explotados, en los jóvenes desorientados,
en los campesinos e indígenas amenazados de quedarse sin tierras,
en los forasteros y migrantes que huyen de la miseria y la violencia,
en los trabajadores que son explotados con salarios de hambre,
en los enfermos y ancianos abandonados, en los que andan desnudos,
en los perseguidos y encarcelados por tener hambre y sed de justicia.
   En todos ellos debemos reconocer el rostro sufriente de Jesús, pues:
Los pobres tienen mucho que enseñarnos en humildad, en bondad,
en solidaridad. Los cristianos tenemos un motivo mayor para amar
y servir a los pobres, porque en ellos vemos el rostro y la carne de
Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza…
(Papa Francisco, en Asunción - Paraguay, 11 julio 2015).
   Al respecto, sigamos reflexionando en el mensaje de la 2ª lectura:
Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras?
¿Podrá salvarlo la fe? Supongan que un hermano o hermana andan
medio desnudos, o sin el alimento necesario; y uno de ustedes le dice:
vayan en paz, abríguense y coman todo lo que quieran, pero no les da
lo que necesitan, ¿de qué sirve? La fe sin obras está muerta.     
J. Castillo A.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Jesús lo hace todo bien

Domingo XXIII, Tiempo Ordinario, ciclo B
Is 35,4-7  -  Stgo 2,1-5  -  Mc 7,31-37

   En cualquier pueblo o ciudad hay personas que son como estatuas:
tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen,
tienen manos y no hacen nada, tienen pies y no caminan (Sal 115).
Viven indiferentes ante el grito y sufrimiento de los insignificantes.
   Jesús no actúa así. Por donde va, ya sea en Galilea o entre paganos,
todo lo hace bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Jesús hace oír a los sordos
   Jesús se encuentra en la región de la Decápolis, territorio pagano.
Allí, un grupo de personas preocupadas por un sordo y tartamudo,
que vive marginado por la sociedad y la religión, se acercan a Jesús
y le suplican poner las manos sobre él. Al respecto, recordemos
que en aquella época, ciertas enfermedades eran consideradas como
un castigo de Dios por algún pecado cometido. Jesús no piensa así:
Lleva consigo al sordomudo, lo aparta de la gente, mete los dedos
en sus oídos y con la saliva le toca la lengua. Luego, mira al cielo,
suspira y dice al enfermo: ¡Ábrete! De inmediato, aquel hombre
recupera la capacidad de oír y hablar, y se reintegra a la sociedad.
   Este texto es un llamado para cambiar nuestra manera de vivir,
pues, hoy, muchos cristianos tenemos oídos pero somos sordos
ante los gritos de hermanos nuestros que sufren graves injusticias.
¿Qué hacemos cuando hay campesinos e indígenas que son privados
de sus tierras, contaminadas el agua que toman o el aire que respiran;
y todo esto para favorecer a empresas transnacionales?
   Con la ayuda del Señor, digamos con palabras y obras: He visto
la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas contra los opresores,
me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado para liberarlos (Ex 3).
Para ello, recordemos que el día de nuestro bautismo, el celebrante
-tocando con el dedo pulgar nuestros oídos y nuestra boca- dijo:
El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos,
te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe…

Jesús hace hablar a los mudos
  En estos últimos años, con la complicidad de los gobiernos de turno,
se sigue entregando nuestros recursos naturales al capitalismo salvaje,
que en nombre del “desarrollo y progreso” destruye y mata.
   Ahora bien, si no hablamos de estos problemas, somos ignorantes.
Si no tenemos la capacidad de denunciar, somos cómplices, porque
nuestra vida y la vida de las futuras generaciones está en peligro. Por
eso: -si seguimos siendo sordos al grito de los pobres y de la tierra;
-si permanecemos indiferentes ante la muerte de miles de  migrantes
que huyen de la miseria causada precisamente por los países ricos;
-si preferimos vivir encerrados en nuestro egoísmo e indiferencia
para dar culto a los ídolos del poder y de la riqueza, etc.
no seremos capaces de  anunciar la Buena Noticia de vida plena,
que Jesús, el Profeta de la misericordia, nos ofrece.
   Pero, ¿por qué hay personas que no ven, no oyen, no hablan?
A veces, somos ciegos, sordos y mudos porque así nos han educado.
Sin embargo, a los grupos que tienen el poder político y económico,
les conviene que la gente sea incapaz de ver, de oír y de hablar.
Para esto: -monopolizan los diversos medios de comunicación,
-crean cortinas de humo para ocultar diversas formas de corrupción,
-multiplican proyectos paliativos para no ir a la raíz de las injusticias.
   Frente a estos desafíos que encontramos en nuestra sociedad,
hacen falta cristianos que oigan las enseñanzas de Jesús,
y las anuncien con el testimonio de vida verdaderamente cristiana:
*Los guardianes de mi pueblo están ciegos, no se dan cuenta de nada,
son perros mudos que no ladran, hambrientos que no se llenan (Is 56).
*Hermanos, ¿acaso no escogió Dios a los pobres de este mundo
para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los
que le aman? Ustedes, en cambio, desprecian al pobre (1ª lectura).
*Llaman a Pedro y Juan y les prohíben terminantemente hablar
y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron:
-Nosotros, no podemos callar lo que hemos visto y oído (Hch 4,18ss).
*Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado
nuestras manos, es lo que les anunciamos: la Palabra de vida.
Esta vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y les anunciamos
esta vida eterna que estaba junto al Padre (1Jn 1,1-2).   
J. Castillo A.

miércoles, 26 de agosto de 2015

La "Tradición" y las "tradiciones"

Domingo XXII, Tiempo Ordinario, ciclo B
Deut 4,1-8  -  Stgo 1,17-27  -  Mc 7,1-23

   Lo fundamental en la “Tradición” de la Iglesia son las enseñanzas
y las obras de Jesús, porque Él es: el camino que nos conduce a Dios…
la verdad que nos hace libres… la vida que nos colma de alegría…
   También hay en la Iglesia “tradiciones y costumbres” que surgieron
a lo largo del tiempo (ritos, lenguaje, manera de vestir, títulos, etc.);
y que pueden ser cambiadas gracias al amor creativo (1Cor 13); pues
para los cristianos no hay nada más creativo que el amor fraterno.

Tus discípulos no respetan nuestras tradiciones
   Desde que Jesús anuncia el Reino de vida -en la región de Galilea-
la gente sencilla que le escucha, comenta con entusiasmo: Habla con
autoridad y no como los maestros de la ley (Mc 1,22). En cambio,
los escribas y fariseos buscan desprestigiarlo y acabar con Él:
*Cuando Jesús come en su casa con Leví, acoge también y come
con muchos cobradores de impuestos y pecadores. Los escribas
y fariseos al ver estos gestos audaces se ponen a criticar (Mc 2,15ss).
*Estos ‘guardianes’ de  tradiciones humanas se escandalizan porque 
los discípulos de Jesús no ayunan como hacen los de Juan (Mc 2,18).
*Un sábado, Jesús sana a un hombre que tiene la mano paralizada.
De inmediato, los fariseos van a ver a los partidarios de Herodes,
y juntos buscan la manera de eliminar a Jesús (Mc 3,1-6).   
   Esta oposición crece y se convierte en una verdadera persecución.
Por eso, mientras Jesús anuncia el Reino de Dios que es vida plena,
se acercan a Él un grupo de fariseos y algunos escribas de Jerusalén,
con la única finalidad de desautorizarlo. En efecto, al ver que algunos
de los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos, preguntan:
¿Por qué tus discípulos no siguen las tradiciones de los mayores?
En seguida, Jesús desenmascara la hipocresía de esos “supervisores”,
y apoyado en la verdadera tradición, responde: Este pueblo me honra
con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan
es inútil y la doctrina que enseñan son preceptos humanos (Is 29,13).

Ustedes descuidan el mandato de Dios para seguir sus tradiciones
   A continuación, Jesús hace este comentario: Ustedes descuidan
el mandamiento de Dios y se aferran a la tradición de los hombres.
Y pone el siguiente ejemplo: Si un hijo da -como ofrenda sagrada-
una propiedad o cierta cantidad de dinero, ya no está obligado
a cumplir con el cuarto mandamiento: Honra a tu padre y a tu madre.
Con este modo de actuar, anulan la voluntad de Dios en nombre
de unas tradiciones que solo benefician a los funcionarios del templo.
   La segunda lectura nos recuerda que: La religión pura y sin mancha
a los ojos de Dios Padre consiste: en ayudar a los huérfanos y viudas
en sus necesidades, y en no contaminarse con la maldad del mundo.
   Buena oportunidad para examinar algunas costumbres y tradiciones:
*Nuestras fiestas patronales empiezan con una Misa. Lo que sigue,
nada tiene que ver con la Fracción del pan, pues se trata de consumir
licores; lo mismo sucede con ciertas peregrinaciones. Los interesados
¿comprenderán que con el precio de una botella de cerveza, pueden
comprar entre 20 ó 40 panes y dar de comer a los que tienen hambre?
Al respecto, el apóstol Pablo nos sigue reprochando cuando dice:
Mientras unos pasan hambre, otros están borrachos (1Cor 11,21).
*Hay devotos preocupados de adornar imágenes materiales, y no
hacen nada por los que sufren, que son verdaderas imágenes de Dios:
Ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos
superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino;
al contrario, podría ser obligatorio vender estos bienes para dar pan,
bebida, vestido y casa a quien carece de ello (SRS, 1987, nº 31).
*Hay también primeras comuniones y matrimonios donde se da
más importancia al alquiler de vestidos y a las fotografías… ¿Llegará
el día en que compartirán sus tortas con los niños que: -tienen hambre,
-andan mal vestidos, -viven y duermen en las calles? (Is 58,7).
   Cuando Jesús entra en casa, sigue enseñando a sus discípulos y les
dice: Lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre, porque
del interior de su corazón salen: malos propósitos, fornicaciones,
robos, asesinatos, adulterios, injusticias, maldades, engaños, vicios, 
envidia, difamación, orgullo, falta de juicio… Todas estas maldades
salen del interior y son las que contaminan al hombre.
   Lo que Jesús nos pide es conversión del corazón: La gloria de Dios
consiste en que el hombre y la mujer vivan (San Ireneo).

J. Castillo A.

jueves, 20 de agosto de 2015

Decidir desde la propia experiencia de Dios (Domingo, 23 de Agosto)

Lecturas del domingo 21º del Tiempo ordinario. Ciclo B. (Clickar)  
Hay momentos en nuestra vida en que nos vemos forzados a tomar decisiones importantes que pueden variar el curso de la apropia historia personal. Optamos ya en la adolescencia  por estudiar o no estudiar, por escoger estos estudios o aquellos; más tarde  habrá de decidirse por casarse y formar una familia, seguir la vida religiosa o simplemente mantenerse célibe; también hay que elegir lanzarse a tal o cual negocio, o seguir un estilo de vida u otro. Son muchos los caminos que ofrece la vida, y aún más en los tiempos que vivimos en los que el pluralismo de formas de entender la existencia obliga más que nunca a elegir. En tiempos antiguos la religión, el trabajo, el domicilio, e incluso el esposo o la esposa, venían dados por la costumbre o la tradición; generalmente los padres, apoyados en la tradición social y  familiar  determinaban la elección. Hoy tienes que elegir tu religión, tu trabajo, tu modelo de familia,  e incluso algunos  se atreven a afirmar que tu ser masculino o femenino es objeto de elección (?). Sea como sea te encuentras ante la belleza y el riesgo de la libertad.

O Dios o los ídolos

Una vez en la tierra prometida el pueblo de Israel entra en contacto con la cultura y la religión de los que vivían en Canaán; al convivir con la cultura y la religión propias de los pueblos de su entorno muchos israelitas se deslizaron peligrosamente o incluso cayeron en la práctica de sus cultos idolátricos. Josué, sucesor de Moisés,  viendo cercana su muerte, y consciente de la situación, convoca en Siquén  en Asamblea “a todas las tribus de Israel, a los ancianos de Israel, a los jefes, a los jueces y a los magistrados” (Jos 24,1).  Allí les recuerda todo lo que Dios ha hecho por ellos desde la llamada de Abrahán hasta el momento presente (24,2-13), algo que algunos parecen haber olvidado.  Luego pone a los Israelitas en el trance de elegir: “Si os resulta duro servir al Señor, escoged a quién servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos 24,15).  ¿Dios o los ídolos? Se trata de una decisión importante para cada persona y cada tribu de Israel, porque de su respuesta dependerá su futuro.

Observemos que ante el riesgo de una pérdida de identidad como Pueblo de Yahvé, Josué invoca la experiencia histórica que les ha configurado como tal y les obliga a decidir.  Y el pueblo decide seguir al Señor: “¡lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!” (Jos 24,16).  Razones: su propia historia: “porque el Señor nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud, e hizo ante nuestros ojos grandes prodigios” (Jos 24,17); “también nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!” (24,18); “¡al Señor nuestro Dios serviremos y obedeceremos su voz!” (24,31). La experiencia de Dios está en la base de la decisión. Haciendo memoria de todo lo que Dios ha hecho por ellos, los israelitas renuevan la alianza y retoman los mandamientos como clave de su vida personal y social.
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Es hora de decidir

En una situación similar coloca Jesús a sus seguidores. Tras el largo discurso del pan de vida, dice el evangelio que “muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?" (Jn 6,60). La dureza del mensaje de Jesús les hace entrar en crisis. Jesús les ha dicho que Él es el pan de vida, que nadie puede ir a Él si el Padre no lo envía, que -recordemos que había alimentado a una multitud y muchos le seguían por haberle dado de comer- el espíritu es quien da vida, la carne no sirve para nada. En definitiva, les había dicho que Él era el enviado de Dios, el Mesías, Dios encarnado para la salvación del mundo.  Muchos no fueron capaces de dar el salto a la fe: “Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él.” (Jn 6,66);  Otros sí. Pedro responde por todos ellos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios” (Jn 6,68-69).

Jesús coloca a sus seguidores en un compromiso,  un punto de inflexión en la vida de la comunidad de discípulos de Jesús, un momento en el que, ante la persona de Jesucristo, le toca decidir si  seguir adelante o echarse atrás. No valen términos medios. 

También tú sigues a Jesús; has pensado que él puede colmar tus anhelos de una vida y un mundo mejores; pero llega un momento en que descubres que te estás buscando a ti mismo en Jesús; a partir de ahora sabes que el seguimiento supone renunciar a “mis sueños”, a “mis planes” para ir tras los planes de Dios (Reino). Y ante tal descubrimiento, que es una gracia de Dios, te entra el pánico por lo que supone de renuncia. La tentación de echarte atrás está servida. Sabes que si quieres crecer en espiritualidad, es decir, en vida verdadera, ya no te puedes dejar llevar por la inercia de una religiosidad tradicional o de costumbre, tienes que “optar”, elegir; hoy más que nunca sabes que no se es cristiano por nacimiento, sino por decisión. Cuando Dios te pone en esa tesitura te está llamando a revisar tu vida y a personalizar  tu fe. Es hora de renovar la Alianza, de dotar de sentido tu bautismo. Es tiempo de aligerar tu ego, de vaciarte y decidirte por un seguimiento más auténtico. Y sabes que si no lo haces irás perdiendo fuelle, te irás muriendo interiormente y caminarás sin remedio hacia atrás, a una vida gris e insípida.

El pluralismo cultural y religioso en que vivimos hace más complicado el arraigo y desarrollo de la vida cristiana; más difícil, pero también más apasionante. Nuestra fe, lo sabemos, es muchas veces vacilante, ritualista y mediocre, una fe de nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero condicionales: a condición de poder aunar mi adhesión a Jesús sin dar de baja totalmente a mis ídolos particulares. Como a los judíos del tiempo de Jesús, nos escandaliza la pretensión de absoluto que reclama Jesús. Lo pide todo, lo exige todo, y yo sólo estoy dispuesto a darle una parte. Me niego a aceptar que quien me ha dado todo tenga ahora derecho a exigirme el todo.
En tiempos de relativismo tanto “todo” resulta escandaloso. ¿Cómo romper la dinámica del escándalo?
- Primeramente recurriendo a la experiencia: haz una lista, como hizo Josué, de todo lo que el Señor ha hecho contigo, todo lo que te ha dado, tus  momentos de encuentro con el Señor, las veces que te ha tomado de la mano y te ha librado del dolor y el sinsentido. Sólo desde la memoria de tu experiencia de Dios podrás decir con Israel: “lejos de mí abandonar al Señor, porque Él me sacó de la esclavitud e hizo ante mí  grandes prodigios” (cf Jos 24,16.17).
-En segundo lugar convéncete de lo que dice san Juan de la Cruz: “para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”. Jesús es el “Todo”. Merece la pena dejarlo "todo" por Él. Decídete por su seguimiento; a fin de cuentas: ¿hay quien dé más que él?
-Finalmente, reza con Pedro y con toda la Iglesia: A ellos les mantuvo en fidelidad la experiencia de  vida con Jesús, la fe en su palabra y la decisión de dejarlo todo por Él  y esta oración   oración de abandono en sus manos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).  Repite estas palabras a Jesús en el silencio de tu meditación.

Casto Acedo. Agosto 2015. paduamerida@gmail.com