miércoles, 24 de julio de 2019

Señor, enséñanos a orar

17º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Gen 18,20-32  -  Col 2,12-14  -  Lc 11,1-13

   En la vida de Jesús, la oración ocupa un lugar fundamental,
recordemos que en medio de tantas actividades, Jesús se retira a orar.
   Por eso, cuando sus discípulos le dicen: Señor, enséñanos a orar,
Jesús responde enseñándoles la oración del Padre Nuestro,
que se puede resumir en dos frases: Amar a Dios y amar al prójimo.

Cuando oren digan: Padre
   El alimento de Jesús es hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34).
Recordemos que la primera palabra del joven Jesús es Padre:
Debo de estar en la casa de mi Padre (Lc 2,49).
Y antes de morir crucificado, invoca al Padre diciéndole:
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).
Desde esta experiencia, Jesús nos enseña: amar a Dios nuestro Padre,
y a imitarlo en su bondad, en su misericordia, en su compasión: 
Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes (Lc 6,36).
   Para invocar a Dios no necesitamos: dinero, templos, ceremonias...
cualquier lugar y cualquier momento son buenos para orar.
Supliquemos a Dios, como hacen los pobres que se acercan a Jesús:
-Señor, si quieres puedes sanarme… (Lc 5,12-16).
-Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros… (Lc 17,11-19).
-Jesús, hijo de David, ten piedad de mí…Haz que vea…(Lc 18,35-43).
   Ahora bien, si somos hijos de un mismo Padre (filiación),
debemos vivir y amarnos como verdaderos hermanos (fraternidad).
Sin embargo, ¿seguimos al Profeta de Nazaret que se preocupa:
por sanar a los enfermos… y alimentar a los hambrientos…?
¿Por qué damos más importancia a nuestras tradiciones y costumbres,
dejando de lado el llamado de Jesús que nos dice: Ven y sígueme?
   Ante los graves problemas que tenemos: corrupción, narcotráfico,
contaminación de la tierra, explotación de los nativos y campesinos…
al invocar: Padre, venga a nosotros tu Reino, comprometámonos:
por la verdad y la libertad, la justicia y la paz, el amor y la vida.

Danos cada día el pan que necesitamos
   Jesús no vive indiferente ante el grave problema del hambre.
Es por eso que nos enseña a orar: Padre, danos el pan de cada día.
Al respecto, sigamos reflexionando en los siguientes textos:
*María, la madre de Jesús, alaba a Dios diciendo:
Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles (…).
Derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes.
Colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1).
*Jesús, al proclamar las bienaventuranzas, exclama:
Felices los que ahora tienen hambre, porque serán saciados (Lc 6,21).
*Al ver a más de cinco mil personas, Jesús dice a sus discípulos:
Denles ustedes de comer. Todos comieron hasta saciarse (Lc 9,10ss).
*A un jefe de los fariseos que le ha invitado a comer, Jesús le dice:
Cuando des una comida, invita a los pobres, mancos, cojos, ciegos;
y tú serás feliz porque ellos no pueden pagarte (Lc 14,13s).
*La situación del hijo menor, la encontramos actualmente
en aquellas personas que buscan en la basura algo que tenga valor:
Deseaba llenarse el estómago con lo que daban a los cerdos,
pero nadie le daba nada (Lc 15,16).
*Sobre el abismo que hay entre ricos y pobres, Jesús nos dice:
Había un hombre rico que vestía con ropa fina y ofrecía banquetes.
Echado a la puerta del rico estaba un pobre llamado Lázaro,
cubierto de llagas, quería saciarse con lo que caía de la mesa del rico
y hasta los perros iban para lamerle sus heridas (Lc 16,19ss).
*Habiendo anunciado el Reino de Dios, Jesús celebra una cena y dice:
Cuánto he deseado comer con ustedes esta cena Pascual (Lc 22,15).
   Para vivir dignamente, todos necesitamos el pan de cada día,
y -en lugar de acaparar- movidos por el consumismo egoísta,
hace falta compartir lo nuestro con las personas necesitadas.
*Si ves a un hambriento falto del alimento indispensable
y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar
una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias por ello?,
¿no se indignará más bien contigo? (S. Juan Crisóstomo, 350-407).
*¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? (Is 49,15).
*¿Puede un padre dar una piedra cuando su hijo le pide pan?
¿O darle un alacrán cuando le pide un huevo?
Si ustedes siendo malos, dan cosas buenas a sus hijos,
cuánto más el Padre les dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden.
J. Castillo A.

miércoles, 17 de julio de 2019

Acoger y escuchar a Jesús

16º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Gen 18,1-10  -  Col 1,24-28  -  Lc 10,38-42

   Cuando la indiferencia se va generalizando en nuestra sociedad,
hacen falta personas que acogen a los forasteros, a los migrantes…
como Marta: Acoge en su casa a Jesús que va de viaje a Jerusalén.
   También, cuando vivimos prisioneros de un activismo agotador,
necesitamos detenernos y -en el silencio- dar sentido a nuestra vida.
Eso hace María: Sentada a los pies de Jesús, escucha sus palabras.
   Se trata de escuchar y practicar el mensaje de Jesús, unidos a Él.

Marta acoge a Jesús en su casa
   Con este gesto de acogida, Marta -igual que el samaritano-
hace de Jesús su prójimo, le da hospitalidad, se preocupa de Él;
y, como buena ama de casa, realiza muchas tareas. 
   En aquel tiempo, la situación de las mujeres era muy lamentable.
Viven como esclavas de sus esposos. Ignoran las Sagradas Escrituras.
Constantemente son sospechosas de impureza ritual
y, por eso mismo, son marginadas por la religión y por la sociedad.
Además de ser valoradas solo como instrumento de fecundidad,
están obligadas a realizar todas las tareas del hogar.
   Marta, agotada por tanto trabajo, se acerca a Jesús y le dice:
Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola para atender?
Dile que me ayude.
¿Pedir ayuda para someter al prójimo a vivir de prisa y sin tiempo?
¿Quiénes sacan provecho de tantas propagandas superfluas?
¿No será mejor vivir de una manera más sencilla?
   La respuesta de Jesús es sorprendente: No critica su acogida,
tampoco pone en duda la importancia de las tareas que hace.
Pero Jesús no quiere ver personas esclavas, nerviosas, inquietas.
Por eso, repitiendo cariñosamente su nombre, le dice con simpatía:
Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas…
   Necesitamos ordenar nuestra vida, como hace su hermana María:
postergar lo secundario, elegir lo importante, buscar la paz interior.

María escucha las palabras de Jesús
   Jesús busca liberar a las mujeres esclavizadas por el trabajo diario,
y acepta que María, sentada a sus pies, escuche sus enseñanzas;
de esta manera, rompe los esquemas machistas de escribas y fariseos.
Sentarse a los pies, es el gesto del discípulo con relación a su maestro,
así lo dice Pablo: He sido educado a los pies de Gamaliel (Hch 22,3).
   Examinemos el lugar que ocupa la Buena Noticia y obras de Jesús
en nuestra vida personal, en la familia y en nuestras comunidades.
No vaya suceder que damos más importancia a ceremonias religiosas,
dejando de lado la voz del Padre que nos sigue diciendo:
Éste es mi Hijo amado. Escúchenle (Lc 9,35).
   Examinemos también si formamos discípulos/as como hace Jesús:
Mientras camina por ciudades y pueblos,
anuncia la Buena Noticia del Reinado de Dios.
Le acompañan los Doce apóstoles, y también varias mujeres (…),
que les atienden con sus bienes (Lc 8,1-3). Ciertamente,
se trata de las mujeres discípulas en la vida pública de Jesús.

Escuchar las palabras de Jesús y ponerlas en práctica
   Para nosotros, escuchar las palabras de Jesús es fundamental,
siempre y cuando las practiquemos, como dice el mismo Jesús:
Quien escucha mis palabras y las pone en práctica,
se parece a uno que construye su casa (…) sobre la roca.
En cambio, el que escucha mis palabras y no las pone en práctica,
se parece a uno que construye su casa sobre la arena (Lc 6,46ss).
   Sigamos reflexionando en el mensaje del Evangelio de hoy,
teniendo presente el ejemplo de las primeras comunidades cristianas:
Los Doce apóstoles reúnen a todos los discípulos y les dicen:
No es justo que descuidemos el anuncio de la Palabra de Dios,
para servir a la mesa (distribución diaria de alimentos a las viudas).
Hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama,
llenos del Espíritu Santo y de prudencia, para encargarles esa tarea.
Nosotros seguiremos orando y anunciando la Palabra de Dios.
Todos aprueban la propuesta y eligen a siete diáconos (Hch 6,1ss).
   Por su parte, San Juan Crisóstomo (349-407) nos dice:
Al volver a tu casa prepara dos mesas: una la de los alimentos,
la otra de la Sagrada Escritura (…) para que tus hijos la escuchen.
Así harás de tu casa una Iglesia (Homilía sobre Gen 6,2).
J. Castillo A.

miércoles, 10 de julio de 2019

Anda y haz tú lo mismo

15º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Dt 30,10-14  -  Col 1,15-20  -  Lc 10,25-37

   Mientras un doctor de la ley le pregunta para ponerlo a prueba,
Jesús de Nazaret aprovecha esta ocasión para: narrar una parábola,
denunciar: a los ricos, a los poderosos, a los funcionarios del templo,
y anunciar un camino de solidaridad: hacernos prójimo del enfermo.

Asaltan a un hombre y lo dejan medio muerto
   Aquel hombre, asaltado y abandonado, es un desconocido.
Dada la gravedad de sus heridas, no puede valerse por sí mismo.
A medida que pasa el tiempo siente que la vida se le escapa.
Solo la compasión de alguien de buena voluntad podrá salvarlo.
   Hoy, ¿quiénes roban, hieren y abandonan a sus víctimas?
¿Es justo que un alto funcionario estatal gane en un día,
lo que un pobre trabajador o una trabajadora gana durante un mes?
¿Los ricos perciben que son responsables de tantos emigrantes?
   Ante estas y otras interrogantes, escuchemos a nuestros obispos:
América Latina se encuentra (…), en una situación de injusticia
que puede llamarse violencia institucionalizada (…).
No hay que abusar de la paciencia de un pueblo
que soporta durante años una condición
que difícilmente aceptarían quienes tienen una mayor conciencia
de los derechos humanos (Doc. de Medellín, 1968, 2 La paz, n.16).
   Sobre los funcionarios del templo que no hacen nada por el herido,
el Papa Francisco (en Lampedusa, sur de Italia) dice lo siguiente:
Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto:
-Hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna.
-Hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del levita,
de los que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano (…).
En este mundo de la globalización
hemos caído en la globalización de la indiferencia.
Nos hemos habituado al sufrimiento del otro: -no nos concierne,
-no nos importa, -no es asunto nuestro (Homilía, 8 julio 2013).

¿Quién se hace prójimo del hombre herido y abandonado?
Sigamos el ejemplo de Jesús, el Buen Samaritano, que -hoy- nos pide:
   *Salir a los caminos para encontrar a la persona necesitada:
Cuando los sabios de Oriente ven la estrella, se alegran.
Luego, entran en la casa y ven al niño con María, su madre;
y arrodillándose le rinden homenaje.
Abren sus cofres y le ofrecen: oro… incienso… mirra… (Mt 2,1-12).
   *Sentir compasión hasta que se remuevan nuestras entrañas:
Cuando el hijo menor todavía está lejos, su padre lo ve,
se le remueven las entrañas y corre a abrazarlo (Lc 15,20).
   *Aproximarnos, hacernos prójimo del que sufre:
Un enfermo de lepra se acerca a Jesús, se arrodilla y le suplica:
Señor, si quieres, puedes sanarme. Jesús le toca con la mano y dice:
Quiero, queda sano. Al instante aquel hombre queda sano (Mt 8,2s).
   *Visitar y sanar a la persona enferma:
Jairo, jefe de la sinagoga, se arrodilla a los pies de Jesús,
y le ruega para que vaya a su casa,
porque su hija única de doce años, se está muriendo (…).
Al llegar a la casa, Jesús exclama: Muchacha, levántate (Lc 8,40ss).
   *Detenernos para ayudar al herido abandonado:
Mira mis manos y toca mis heridas.
Extiende tu mano y palpa mi costado.
En adelante, no seas incrédulo, sino persona de fe (Jn 20, 27).
   *Compartir lo que tenemos con la persona que tiene problemas:
Padre nuestro (…). Danos hoy el pan que necesitamos (Mt 6,9-13).
   *Tener la capacidad de ver al que tiene hambre de Dios y de pan:
Al desembarcar y ver a tanta gente, Jesús se compadece, les enseña,
y dice a sus discípulos: Denles ustedes de comer (Mc 6, 30-44).
   *Acoger a los insignificantes que sufren injustamente:
Tengo hambre y me das de comer. Tengo sed y me das de beber.
Soy forastero y me acoges. Estoy desnudo y me das ropa.
Estoy enfermo y me sanas. Estoy encarcelado y me liberas (Mt 25).
   *Transformar nuestra realidad junto con otros:
Ustedes no me eligieron a mí, soy yo quien les elegí a ustedes,
y les he encargado para que vayan y den mucho fruto (Jn 15,16).
   *Liberar al oprimido y al opresor, para vivir como hermanos:
Amen a sus enemigos, y hagan el bien sin esperar nada a cambio…
Sean compasivos como es compasivo el Padre (Lc 6,35s).
J. Castillo A.

El buen samaritano (14 de Julio)

  
 
Suelo acercarme a cualquier texto bíblico haciéndome tres preguntas básicas: ¿Qué me dice el texto sobre Dios? (Teología) ¿Qué aprendo sobre mí y mis hermanos? (Antropología) Y ¿qué me exige? (Moral). E indudablemente, la parábola de El buen samaritano (Lc 10,30-35), es muy rica no sólo porque nos enseña cómo hemos de actuar ante el prójimo necesitado, sino también por lo que nos enseña sobre el ser de Dios y el ser del hombre.
 
1. Dios
 
Lo más habitual es que tengamos a hacer una lectura moral de esta parábola. Y no cabe duda de que la enseñanza de Jesús va directamente a ello: "¿Quién es mi prójimo? ... El que practicó la misericordia ... ¡Anda y haz tú lo mismo!".   Pero la tradición de la Iglesia admite también otras lecturas, como la que hace Orígenes en su comentario al evangelio de san Lucas. 
Se trata de una lectura alegórica en la que el samaritano es identificado con Jesucristo, o sea, con el mismo Dios encarnado. Desde esta perspectiva  puedo sacar enseñanzas más teológicas que morales, y dichas enseñanzas me servirán para encontrar una causa, un por qué, un motivo y sentido para mi deseo de ser buen samaritano. Así dice Orígenes:

"El hombre que baja representa a Adán, Jerusalén el paraíso, Jericó el mundo, los salteadores las potencias enemigas, el sacerdote a la Ley, el levita a los profetas y el samaritano a Cristo. Las heridas son la desobediencia, la cabalgadura el cuerpo del Señor, la posada abierta a todo el que quiera entrar simboliza a la Iglesia. Además, los dos denarios representan al Padre y al Hijo; el posadero al jefe de la Iglesia encargado de su administración; en cuanto a la promesa hecha por el samaritano de regresar, figuraba la segunda llegada del Salvador" 

Orígenes comenta entonces abundantemente este texto, subrayando el eje cristológico de la parábola. Recuerda que los judíos en el evangelio de Juan dijeron a Jesús: «Tú eres un samaritano y poseso del demonio». Ve también en la cabalgadura una alusión a la encarnación: la cabalgadura es el cuerpo del señor, que «se dignó asumir la humanidad, y llevar nuestros pecados»... «Este guardián de nuestras almas se mostró realmente más cercano a los hombres que la Ley y los profetas, teniendo misericordia del que había caído en manos de los salteadores y fue su prójimo no tanto en palabras como en actos». (cf ORIGENES, Hom. in Lucam: SC 89, Cerf, Paris 1962,403-409
)
 
 Siguiendo esta interpretación de Orígenes, aprendo  que Dios es y se revela encarnándose como buen samaritano que tiende la mano al hombre derrotado. Dios Padre, viendo como el pecado se había apoderado de la humanidad dejándola malherida, viendo mi pecado, se compadece de mí y envía a su Hijo Jesucristo (cf 1 Jn 4,7; Gal 4,4-7) que me ha curado con sus sacramentos (el vino y el aceite), carga conmigo y me ha traído a la posada de su Iglesia, donde sigo siendo atendido por los ministros y los demás hermanos mientras esperamos en comunidad  su vuelta.
 
 El buen samaritano, pues, es Jesús, Dios hecho hombre, que se detiene ante el pobre, cura a los enfermos y sana las heridas de los pecadores. Dios se ha preocupado por mí,  ha lavado mi pecado en el Bautismo, me ha puesto en su Iglesia, donde me sigue cuidando con sus sacramentos, especialmente alimentándome con la Eucaristía. El Dios de Jesucristo, mi Dios, es compasivo.
 
2. Yo mismo

También la parábola del samaritano me enseña algo sobre el hombre, sobre mí mismo, porque desenmascara mi condición pecadora poniendo en evidencia mis argucias más o menos conscientes para dar la espalda a la realidad del sufrimiento ajeno.

Yo soy, como casi todos los hombres, un levita que ha hecho de su vida cristiana una cuestión de leyes y doctrinas (credo). Mientras discuto sobre las cualidades de Dios, sobre los términos más adecuados para referirse a la Trinidad, sobre dónde están los límites o los matices morales de tal o cual situación, mi hermano se desangra a mi lado. Soy parte de un mundo enfermo, mentiroso, que predica la solidaridad mientras  contempla impasible el sufrimiento de millones de personas del tercer y cuarto mundo, es "la globalización de la indiferencia", en palabras del papa Francisco; estamos más cerca de la indiferencia del escriba y el fariseo que de la solidaridad del samaritano.  


Sentada en su cátedra, nuestra sociedad hace  del racionalismo y de los análisis psicológicos, sociológicos y económicos, la vaca sagrada que lo arregla todo sobre el papel y justifica la inacción esperando que comiencen a compartir los otros. Tiempos de voluntad débil. Dando un sutil rodeo  retórico justificamos lo injustificable alejándonos de los lugares donde se encarna el sufrimiento. Nuestra actitud de falsos sacerdotes (a Dios rogando y con el mazo dando) y orgullosos levitas (políticos de oficio)  pone al descubierto la hipocresía de nuestra civilización.

Cuentan que algún intelectual de izquierdas acusó en su día a la madre Teresa de Calcuta de dedicarse a poner parches a la herida de la pobreza pasando por alto el análisis detallado de sus causas y la consiguiente lucha contra ellas; y dicen que ella, con su habitual sabiduría respondió: «Mientras vosotros (los políticos, los hombres de letras) buscáis soluciones al problema -algo por su parte muy digno- yo me dedicaré a recoger moribundos y a salvar las vidas de los niños que son arrojados a la basura». Buena samaritana que comprendió que Dios se hace “prójimo” en los pobres (más técnicamente dicho: comprendió que el pobre es lugar teológico, sacramento de Dios).

La parábola del samaritano bueno no sólo pone en evidencia a la sociedad, también, particularizando, desenmascara al falso “hombre religioso”, el hombre sacerdotal que me habita y reduce mi vida espiritual a rito. Mientras presumo de dedicar tiempo a la oración, mientras me angustio por cumplir puntualmente con mis ayunos y abstinencias, y mientras hago de los pequeños detalles de la liturgia una cuestión de vida o muerte, me olvido de los problemas que oprimen a aquellos con los que vivo. Como el sacerdote de la parábola, dando un rodeo litúrgico justifico mi indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Es curioso que en las parroquias andemos más preocupados por horarios de misas, rúbricas, modos de celebración o devociones, que por el hecho de que no haya comunión entre los parroquianos. Es mal síntoma que encontremos fácilmente colaboradores para la liturgia y la catequesis –aunque para esto cada vez con más dificultad-, pero resulta más dificultoso encontrar colaboradores para una Caritas liberadora que se baje de la cabalgadura, se detenga ante el pobre, lo sane, cargue con él y le lleve a la posada para que tenga una vida digna. Dedicar tiempo al pobre no es humanamente tan gratificante como subir al presbiterio en una celebración solemne, o recibir parabienes al final de un proceso catequético bien llevado, pero "si no tengo amor no soy mas que un metal que resuena o un címbalo que aturde" (1 Cor 13,1), si olvido la caridad no habré entendido nada.


3. Mi Dios, mi prójimo
 
Nos falta mirar el evangelio de hoy desde la perspectiva moral: ¿Qué me exige la parábola del samaritano? Lo primero: un cambio de mentalidad en mi concepto de Dios. La conducta del ser humanos para con el prójimo depende mucho de su imagen de Dios. Solemos tener una imagen más o menos opresora de Él. Pero si el mandamiento principal de la ley de Dios es “amar a Dios” y “amar a tu prójimo”, la única imagen de Dios que puede armonizar ambos mandamientos es el amor y la bondad. Dios es “amor en acto”.

También debo matizar mi idea de prójimo, que es cualquiera que está cerca de mí y tiene una necesidad (cualquier necesidad); ahora bien, la proximidad no se mide por los metros sino por la capacidad de aproximación solidaria a las víctimas. “No se trata saber quién es mi prójimo sino de (saber) si yo soy capaz de mostrarme como prójimo” (Bernard Sesboüe). El prójimo es “el que practicó la misericordia con él”. Ponerme de parte de las víctimas me hace “prójimo”, me convierte en sujeto moral y responsable, me hace más humano. No hay más “humanidad” que la que se compadece del sufrimiento de todos.

El comportamiento del samaritano pone ante mis ojos el hacer de Dios, que es misericordia; "el mirar de Dios es amar", dice san Juan de la Cruz. Esta es la primera lección que me da el evangelio de este domingo: Dios es amor, y el que le conoce es porque lo ha sentido así; como un Dios buen samaritano que, compadecido de su desdicha se le ha acercado y le ha sanado. Un Dios “prójimo” que se revela en la acción: curando heridas.

Si esto es así, si Dios es amor; y si he sido creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,27), he de asumir que mi ser original -mi identidad antes de ser herido por el pecado- es también amor. Sólo amando puedo recuperar el paraíso perdido donde vivir en armonía con Dios y con el prójimo:
- viviendo en el amor  llegaré al conocimiento de Dios,  “quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,9);
-al amar me conozco a mí mismo en mi ser más profundo, porque he sido creado para amar, y solo amando soy yo mismo, me encuentro conmigo, vivo centrado en mi ser; cuando no amo no sólo me alejo de Dios y del prójimo, también  estoy descentrándome, abandonándome, perdiéndome a mí mismo.
-y también amando conoceré a mi hermano, porque el amor me acerca al verdadero conocimiento del prójimo, al que veo y siento como hermano. 

 
* * *
Dios se ha cruzado en tu camino, Jesucristo es el buen samaritano en el que puedes ver a Dios y te puedes ver a ti mismo, síguele; no busques excusas ni en tus filosofías ni en tus rezos, Él “pasó haciendo el bien curando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38). “Anda, ¡haz tú lo mismo!” (Lc 25,37).

 Casto  Acedo Gómez. Julio 2019. paduamerida@gmail.com

jueves, 4 de julio de 2019

Claves para acercar el Evangelio (7 de Julio)


Evangelio: Lc 10,1-12.17-20

Echando mano de un lenguaje propio del mundo mercantil se suele decir que la Iglesia tiene un buen producto que vender, pero le falla el marketing. No acierta a colocar satisfactoriamente la mercancía en el mundo tan complejo que nos ha tocado vivir. Grave problema si tenemos en cuenta que la vocación cristiana es cuestión de seguimiento, pero también de misión, y para lograr ésta es muy importante el tema de la  comunicación.

Quien ha encontrado la moneda del Reino vive la urgencia de decirlo a otros (cf Lc 15,8-9); es natural que la alegría y el bien, sin son tales, tiendan espontáneamente a expandirse. Pero no somos ingenuos y sabemos que, en un mundo amante de las formas, no podemos dejar a la espontaneidad el modo de anunciar el Evangelio; Jesús no sólo pide a los suyos comunicar que ha llegado el Reino, también les da unas pautas para ser buenos comunicadores. ¿Cuáles son esas pautas? Buceando en el texto de Lucas 10,1-12, me atrevo a extraer cuatro: sencillez, humildad, respeto a la libertad y paz.

1. Sencillez en los medios utilizados: “No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias” (v. 4); son preferibles los medios pobres y dignos a los ricos y escandalosamente ostentosos. En la sencillez se revela lo importante; Dios no bendice la apariencia sino el corazón de las personas y de los hechos (cf 1 Sam 16,7).

El mensaje no necesita de  montajes deslumbrantes y espectaculares, ni de anuncios solemnes con los que cegar los ojos y la mente de los destinatarios; basta una predicación sencilla que ilumine. Un altavoz potente molesta más que convence. Frente a liturgias y lenguajes recargados que con sus excesos pueden ocultar más que desvelar la verdad que se expone, Dios escogió la sencillez de la vida vivida, explicada y predicada desde abajo. ¿Algo más pobre y bajo que la cruz? ¿Algo más sencillo de entender que una parábola? ¡Dios nos libre de gloriarnos en otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gal 6,14), "que Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios" (1 Cor 1,27).

2. Una segunda cualidad del buen comunicador es la humildad: es decir, estar bien convencido de que lo importante no es el transmisor, sino Jesús, que confía el mensaje a los suyos. El reino y su eficacia no son posesión del enviado, sino del que lo envía: “os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo” (v.19) El apóstol es un siervo del poder de Dios, sembrador de una semilla ajena en un campo que no le pertenece. No se anuncia a sí mismo, sino a Alguien que le supera, que está muy por encima de él.

El predicador ha de situarse al mismo nivel que aquellos a los que se dirige, sin privilegios de ningún tipo: “comed y bebed lo que tengan” (v.7). No comunica bien el evangelio quien lo hace desde el escalón superior, sino desde el último escalón, que es el más universal. ¿Habrían escuchado los pobres al Maestro si hubiera hablado desde la “cátedra de Moisés” (cf Mt 22,6-12) y no desde la pobreza de Belén y la humildad de Nazaret?



3. Un evangelizador se mueve en el respeto por la libertad de sus oyentes. Respeto, pero al mismo tiempo denuncia que haga caer en la cuenta de su error a aquellos que no acogen el mensaje; y perseverancia en el anuncio: “Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: `hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios´” (v. 11).

Hoy como ayer son muchos los que se niegan a aceptar la Palabra; y a esos no hay que despreciarlos, aunque sí es conveniente hacerles ver su distancia. Quizá pueda sorprendernos la forma de decirlo (lo de sacudirse el polvo de los pies), pero al fin y al cabo esa expresión no hace sino indicar que se respeta la libertad de cada uno, pero no se bendice ni acepta indiscriminadamente cualquier postura ante la predicación, máxime si se tiene en cuenta que de la acogida o no del mensaje depende el éxito (“descansará sobre ellos la paz”) o el fracaso (“aquel día será más llevadero para Sodoma que para este pueblo”) de la misión, que no es otra que acercar la vida de Dios al hombre.

Sobre sacudirse el polvo de los pies, un aviso para navegantes cristianos: son muchos los padres (más las madres) que se sienten culpabilizados al ver que sus hijos no siguen el evangelio y las costumbres cristianas que ellos a su vez recibieron y que les han querido transmitir. A éstos la expresión "sacudirse el polvo" les puede ayudar para alejar de sí mismos el sentimiento de culpa. A éstos les digo que  han hecho lo que tenían que hacer: sembrar. El crecimiento no depende del sembrador, sino de Dios y de la tierra que recibe la semilla. Habéis sembrado; si no veis el fruto no perdáis la paz, "¡sacudíos el polvo de los pies!”, ¡sacudíos la culpa!

Cuando la predicación no es aceptada la responsabilidad no recae sobre el evangelizador sino sobre el oyente que rechaza el mensaje. Es verdad que a todos nos gustaría que fueran cada vez más los que conocieran el don que Dios nos ha hecho con la fe; pero cuando no es así, cuando hay rechazo de Dios y su evangelio, hay que asumir que al apóstol le basta con sembrar y esperar sin prisas ni juicios, alejando de sí mismo el fantasma de la culpabilidad escrupulosa.

4. Finalmente, el misionero debe ser en todo momento agente de paz. Según las narraciones evangélicas, cuando Jesús resucitado se hace presente entre sus discípulos les saluda diciendo: «paz a vosotros; la paz sea con vosotros» (cf Jn 20,19.21.26). La paz es el resumen y la conclusión de lo mejor que Dios nos comunica. Por eso Jesús dice a sus comunicadores: “cuando entréis en una casa decid primero: ´paz a esta casa´. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros” (vs. 5-6

 Evangelizar es contagiar paz. Hay que huir del evangelizador que transmite violencia, miedos y malhumor. La dulzura de la paz es condimento necesario de la predicación cristiana; sin ella se agria el mensaje, porque deja de nutrir la vida y produce malestar y vómitos.


* * *

Comunicando evangelio el discípulo enriquece su entorno. Predicar el reino es también un beneficio para el propio apóstol, que evangelizando se evangeliza a sí mismo. Buscar los mejores medios y el mejor estilo de evangelización, siguiendo los consejos de Jesús, no es apostar por una escenificación grandiosa y triunfalista; el mejor evangelizador es aquel que con su vida transmite sencillez, humildad, respeto y, sobre todo, paz.

Detrás del relato de cada conversión -piensa en la tuya- encontramos siempre el testimonio vivo de alguien que ha despertado la conciencia del converso. ¿Quién fue la persona que te impactó con su vida ejemplar? ¿De quién se sirvió Dios para que te convirtieras? Medítalo y, para tu apostolado sigue sus pasos.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com.  Julio  2019