miércoles, 23 de octubre de 2019

Van al templo a orar

30º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo C
Eclo 35,12-18  -  2Tim 4,6-8. 16-18  -  Lc 18,9-14

   En la época de Jesús -y también en nuestros días- hay creyentes
que se consideran justos y desprecian a los demás.
   Estos orgullosos no siguen las enseñanzas y obras de Jesús quien:
-Vino a llamar a los pecadores para que se conviertan (Lc 5,32).
-Acoge y come con publicanos y pecadores (Lc 15,1s;  Mt 11,19).
-Pasó haciendo el bien y sanando a los enfermos (Hch 10,38).

Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás
   Los fariseos (=separados) son profesionales de la religión,
y muy escrupulosos en el cumplo-y-miento de la ley,
según la interpretación que ellos y los escribas han hecho (Mc 7).
   El fariseo que va al templo a orar no pide nada a Dios.
Es un creyente orgulloso que está sentado en el trono de sus virtudes:
no soy ladrón, injusto, adúltero… tampoco soy como ese publicano.
Las obras que hace este “santo varón” son fruto de su propio esfuerzo:
ayuno dos veces por semana y pago el impuesto de todo lo que tengo.
Su soberbia lo lleva a despreciar a los demás, olvidando algo esencial:
el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo (Lc 10,25ss).
  Ninguno de nosotros quiere identificarse con el fariseo, sin embargo:
*¿Por qué preferimos -muchas veces- tener la razón en todo,
y despreciamos a las personas que no conocen la doctrina cristiana?
*¿De qué sirve cumplir ciertas prácticas religiosas rutinarias,
si descuidamos: la justicia, la misericordia y la fe? (Mt 23,23).
*¿Buscamos la mirada compasiva de Dios, reconociendo que:
somos pecadores, y necesitamos volver al camino de la verdad?
   Pidamos a Jesús que nos libre de: -Creer que somos mejores.
-Considerarnos superiores a los demás. -Estar seguros de sí mismo.
-Creer que ya estamos convertidos. -Quedarnos en las cosas, medios,
instituciones, métodos, reglamentos… y no ir a Dios. (Renovación
de las promesas bautismales, Sábado Santo, tercera fórmula).
   Ciertamente, el que se engrandece a sí mismo, será humillado.

Oh Dios, ten compasión de este pecador
   El publicano, en cambio, es despreciado y considerado pecador.
El oficio que tiene es cobrar impuestos para el imperio romano.
Habiendo obtenido ese cargo con el pago oscuro de una “coima”,
exige a la gente más de lo establecido para recuperar lo que invirtió.
Su readmisión a la vida social es difícil y peor esperar su conversión.
   Sin embargo, un publicano va también al templo a orar.
Este publicano se queda atrás. Ni siquiera levanta los ojos al cielo.
Reconoce que es pecador… se pone en las manos de Dios…
y lleno de confianza suplica: Oh Dios, ten compasión de mí.
   Esta oración: ten compasión de mí, nos recuerda el Salmo 51:
Oh Dios, ten piedad de mí, por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Yo reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad ante tus ojos.
Un corazón arrepentido y humillado, oh Dios, tú no lo desprecias.
   Dios escucha con amor de Padre el clamor de sus hijos e hijas,
que son marginados y despreciados por la sociedad y la religión.
*Sigue escuchando la súplica de aquel enfermo alejado de la Iglesia.
Y ahora mientras es conducido a la sala de operaciones,
confía en Dios, en medio de su dolor, tristeza, angustia y problemas.
Viendo la fe de ellos, Jesús dice al paralítico: Levántate (Lc 5,24).
*También escucha la súplica de aquella madre soltera y abandonada,
que le pide fuerza y paciencia para cuidar y educar a sus hijos…
Dirigiéndose a la mujer, Jesús le dice: Tu fe te ha salvado (Lc 7,50).
*Jamás permanece indiferente ante el gesto de aquel padre de familia
que olvidó las oraciones aprendidas de memoria cuando era niño…
Pero ahora, prende una vela ante la imagen de la Virgen Dolorosa,
mira con angustia el rostro sufriente de María y se aleja triste,
porque a su única hija le han detectado un tumor maligno…
Jesús le dice: No temas, basta que creas, y ella se salvará (Lc 8,50).
   Al ver a Mateo, publicano y pecador, Jesús le dice: Sígueme,
de inmediato, Mateo se levanta y le sigue. Luego, estando en casa,
llegan muchos publicanos y pecadores, y se sientan a la mesa.
Al escuchar las críticas de los fariseos, Jesús les dice:
Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
Aprendan lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios.
Pues yo no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,9ss).
   Tengamos presente: quien se humilla, será ensalzado.
J. Castillo A.


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