viernes, 5 de octubre de 2012

Fidelidad matrimonial, don de Dios (7 de Octubre)

Para leer las lecturas del 27º Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B clickar.

La liturgia de hoy nos enfrenta con un tema de palpitante actualidad. Se trata del divorcio,  un asunto polémico, que en los tiempos que corren está poniendo en evidencia la coherencia moral de muchos cristianos.  Nuestra adhesión al pensamiento de Jesucristo nos predispone a aceptar de entrada todos los puntos de su doctrina. Y sabemos que llevarlos a la práctica no es tarea pequeña; por eso nos empeñamos con tesón en la labor. Sin embargo, a la hora de afrontar algunos temas de moral cristiana, que no gozan del consenso social, o que forman parte de nuestras propias dudas de fe, perdemos ímpetu para abordar su defensa, o para vivirlos; máxime cuando este tema nos obliga a tomar postura porque,  cada día más, nos afecta directamente o indirectamente por  de personas a las que estamos muy vinculadas. Cuando nos tocan de cerca los casos de divorcio o separación, también quienes hemos optado por seguir a Jesús podemos entrar en crisis; nos cuesta aceptar la contradicción y el sufrimiento que lleva consigo la fidelidad. Y es que, al hablar de divorcio,  lo que Jesús quiere destacar ante todo es la grandeza del amor sin límites.
 
Cuando el evangelio crea conflictos.
 
Podemos decir que, en este punto del “amor matrimonial para siempre”, la Biblia no coincide con el pensamiento dominante en nuestra sociedad civil. En los puntos en que hay coincidencia entre Biblia y pensamiento social imperante, temas como el “no matarás, no robarás, amarás al prójimo”, la predicación y  asimilación del mensaje de Jesús es fácil. Sin embargo, cuando nos situamos ante temas cuyo  rechazo por parte de la sociedad es evidente, nos cuesta más predicar y es más improbable el arraigo social del consejo evangélico.
 
Decir de entrada que es lógico que haya fricciones entre la enseñanza evangélica y el pensamiento del mundo; ¿no ocurrió esto con la persona de Jesús? De no ser así en tiempos de Jesús no le habrían crucificado. Jesús es presentado en el evangelio de Lucas como “signo de contradicción” (Lc 2,34). Y con Él sus seguidores han de ser también fuerza de choque, alternativa de propuestas nuevas y sorprendentes por la opción radical a favor del perdón y el amor. En el caso que nos pone delante el evangelio de Mc 10,2-16,  al entrar en la disputa sobre el divorcio Jesús quiere poner en evidencia que estamos llamados a ser testigos del amor de Dios en el mundo, el amor de Jesucristo,  un amor que ha apostado por el hombre y ha llegado hasta el final, hasta dar la vida por aquellos que incluso han llegado a tal grado de infidelidad que son la causa de su propia muerte: nosotros. ¿Está este amor al alcance del hombre? ¿Es una utopía? ¿No es algo demasiado idealista?
 
Jesús nos quiere hacer conscientes del compromiso de fidelidad radical que se adquiere en el matrimonio. El compromiso matrimonial es para siempre, “hasta que la muerte los separe”, “ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10,8-9). En el texto paralelo del evangelio de Mateo, a los discípulos eso de "para toda la vida" les pareció demasiado duro e inaceptable y dijeron a Jesús: "Si tal es la situación del hombre con respecto a  su mujer no tiene cuenta casarse" (Mt 16,10). Y Jesús les da a entender que no todos pueden hacer esto sino solo aquellos a quienes Dios se lo da a entender y se lo concede (cf. Mt 19, 10-11).
 
El matrimonio, don de Dios.
 
La clave para entender este precepto tan duro de la fidelidad matrimonial está en Dios.  El amor matrimonial hasta la muerte sólo se puede entender  como un don de Dios. La fidelidad absoluta sólo es posible para Dios, el hombre, limitado por sus pasiones (pecados), solamente puede alcanzar la salvación tomado de la mano del Todopoderoso. Para eso tiene el hombre la  ayuda  de la gracia que recibe en el sacramento del Matrimonio y en los demás sacramentos. Ese es el plus, la demasía que añade el sacramento al contrato matrimonial. Situados ante el hecho matrimonial cristiano no estamos ante algo que afecta solo a dos personas; se debe contar con una tercera: Jesucristo.
 
La riqueza del “amor cristiano” nace de la Pascua.  Jesucristo y el compromiso de amor que supone y significa el hecho de su  encarnación, muerte y resurrección, son la piedra angular sobre la que se construye toda la vida del discípulo, y como parte de esa vida su opción por el matrimonio o por el celibato. Sin la experiencia pascual el texto evangélico de hoy suena a hueco, a discurso vacío, a música celestial. Cualquiera que piense como el mundo y no como Dios comprende que vivir atado a una persona durante toda la vida no tiene porqué ser una obligación; si se “acaba” el amor, si la convivencia se hace imposible, si la pareja no funciona, etc., ¿habrá que seguir manteniendo un lazo inexistente de hecho? Es aquí donde entra la “sinrazón del evangelio”, lo incomprensible del mensaje de Jesús, el amor incondicional, la fidelidad más allá de las palabras, hasta la muerte,  el amor en la dimensión de la cruz, que busca contra toda esperanza la conversión del otro y la vuelta a la unidad. ¿No fue un amor así el de Cristo crucificado?
 
Casarse por/en la Iglesia.
 
Puede que el problema hoy no esté en el aumento de divorcios, sino en el miedo que nuestra sociedad está experimentando a la hora de pensar en  el matrimonio. ¿Miedo al amor?  El matrimonio cristiano es, valga la redundancia, para aquellos que “aman el amor”, los que han optado en su vida por el seguimiento de Jesucristo y están dispuestos a amar a su esposa o esposo como Cristo ama a su Iglesia (cf Ef 5,31-32). Ya dije en otro lugar que  la familia cristiana es el fruto de un matrimonio, de una pareja, “casados en el Señor”; que no es lo mismo que “casados por la Iglesia”. Todos sabemos que son muchos los que se casan por la Iglesia, pero ¿podemos decir que todos los que se casan por la Iglesia lo hacen a sabiendas de lo que comporta el matrimonio cristiano? Ciertamente  no. Cristiano es el matrimonio formado por una pareja que comparte una experiencia religiosa común, que enriquece la vivencia humana del amor con la dimensión divina del mismo; cristiano es el matrimonio que ha dado paso a Dios en su historia. Dios forma parte de esa familia como formó parte de la familia de Nazaret.
 
Desgraciadamente, sabemos que muchas de las parejas que se acercan al sacramento del matrimonio son personas bautizadas, cristianos de derecho,  pero que ni practican la fe ni tienen intención de practicarla, personas para las que Dios no cuenta nada en sus vidas. Y no se puede vivir la ley de Dios sin Dios. Sin Dios no podemos amar a una persona cuando la sentimos como enemiga; sin Dios no podemos vivir la virtud de la pobreza, la fecundidad, la fidelidad, etc… sin límites. Sin Dios, ni siquiera se puede entender lo que es el matrimonio como unión de amor permanente entregado “de una vez por todas”, para toda la vida.
 
Que es posible la fidelidad hasta la muerte lo han demostrado muchos matrimonios a lo largo de la historia; con sus momentos de gozo y con sus sufrimientos, con su placidez y sus circunstancias tormentosas. Para superar la dificultad solo les ha bastado ser conscientes de sus limitaciones y haberse abierto a la Gracia de Dios (contar con Dios) como ayuda necesaria para mantener viva la alianza de bodas más allá de los momentos buenos. La imagen del matrimonio genuinamente cristiano la desvirtúan aquellos que se casan “por la Iglesia”, pero no “en la Iglesia”. Vivir el matrimonio “en la Iglesia” es saber que no se está solo en la aventura de la convivencia matrimonial. Quienes saben  esto suelen recurrir a la oración, al auxilio de los sacramentos, a la pertenencia a grupos de matrimonios cristianos donde compartir la dimensión religiosa de su matrimonio con otras parejas y experimentar  el apoyo de los hermanos en las dificultades familiares y conyugales. Cuando se saben poner los medios necesarios para el cultivo del amor, cuando se pone el esfuerzo necesario para mantener el diálogo con Dios y en la pareja, se comprende que el amor eterno es posible. Casados en el Señor, y en la Iglesia.
 
Casto Acedo Gómez. Octubre 2012.  paduamerida@gamil.com. 29137

miércoles, 3 de octubre de 2012

Al principio no fue así


Domingo XXVII, Tiempo Ordinario, ciclo B
Génesis 2,18-24  -  Hebreos 2,9-11  -  Marcos 10,2-16


Jesús y el matrimonio
En Israel, las parejas se casaban -generalmente- no por amor,
sino por un ‘acuerdo social’ de los padres de ambos contrayentes.
Un ejemplo: Abraham, siendo ya de edad avanzada llamó a su criado 
y le dijo: Cuando busques mujer para mi hijo Isaac no la escoges 
entre los cananeos, donde yo vivo, sino que irás a mi tierra natal 
y allí le buscarás esposa entre las mujeres de mi familia (Gen 24,1-53).
Ahora bien, una vez casados el marido podía despedir a su esposa:
Si un hombre se casa con una mujer y luego no le agrada,
porque descubre en ella algún defecto notable; le escribirá el acta
de divorcio, se la entregará y la echará de casa (Deut 24,1).
Según estas costumbres, lo que más hacía sufrir a la esposa,
no era el vivir al servicio de su esposo y de sus hijos,
sino saber que su esposo la podía echar de casa y abandonarla.
Mientras Jesús camina hacia Jerusalén, llegan algunos fariseos
y le preguntan de mala fe: ¿Puede el marido divorciarse de su mujer?
La respuesta de Jesús sorprende a todos. Si el divorcio está en la Ley,
es porque ustedes son duros de corazón… por su actitud machista.
Sin embargo -dice Jesús- el proyecto original de Dios no fue así,  
pues Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.
El matrimonio no es un encuentro de ‘objetos’… sino el encuentro
de dos ‘personas’ que se hacen un solo ser. Entonces sí: Lo que Dios 
ha unido que no lo separe el hombre (Gen 1,27;  2,24).
Dios no quiere superioridad del hombre, ni sumisión de la mujer.
¿Por qué, en nuestros días, son pocos los que se casan por la Iglesia?
Y entre esos pocos, ¿se aman y respetan después durante toda la vida?
¿Bastará cumplir los requisitos y recibir unas charlas de preparación?
¿De qué habrá servido dar prioridad a tantos adornos superfluos?
Terminada la ceremonia, ¿los esposos tienen acompañamiento de la
comunidad cristiana, o viven abandonados como ovejas sin pastor?
Cuando la familia es objeto, en nuestros días, de tantas amenazas…
ojalá atendamos a este campo tan importante, teniendo en cuenta
que la evangelización depende, en gran parte, de la Iglesia doméstica.
Esto nos obliga también a formar a los jóvenes que optan por la vida
matrimonial, para que asuman responsablemente la noble misión
de ser, en su ambiente, familias evangelizadas y evangelizadoras.
Y sobre el divorcio, releamos el encuentro de Jesús con la samaritana,
mujer cinco veces divorciada y, además, vivía en concubinato (Jn 4).
¿Qué haría Jesús, hoy, con los divorciados/as vueltos a casar?

Jesús y los niños
Después que Sara dio a luz a Isaac, pidió a su esposo Abraham
que despidiera a su sierva egipcia Agar y a su hijo Ismael.
Abraham se puso muy triste, pues Ismael era también su hijo.
Un día, muy de madrugada, Abraham tomó pan y un odre de agua,
lo puso en los hombros de Agar y la despidió con el niño.
Mientras caminaba sin rumbo por el desierto, se le acabó el agua.
Entonces Agar dejó al niño debajo de un arbusto, se apartó,
se sentó a cierta distancia y exclamó: no puedo ver morir a mi hijo.
Dios oyó el llanto del niño, llamó a Agar y le dijo: No tengas miedo,
toma al niño, pues yo sacaré de él un gran pueblo (Gen 16 y 21,9-21).
Como buenos judíos, es muy probable que los discípulos de Jesús
conocían la historia de la sierva Agar y de su hijo Ismael.
Sin embargo, cuando unas madres trajeron a sus niños para que Jesús
los tocara y bendijera, los discípulos comenzaron a reprenderlas.
Jesús, al ver esto, se enojó y dijo: Dejen que los niños vengan a mí,
porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Luego, los abrazaba y ponía sus manos sobre ellos para bendecirlos.
Hoy, Jesús nos pide acoger a sus hermanos pequeños y excluidos:
-niños con hambre que, frecuentemente, se van a dormir sin comer.
-niños con sed, porque pasan el día caminando y mendigando.
-niños sin hogar, huérfanos de padres vivos que se han divorciado.
-niños mal vestidos y con frío: buscan el calor de una mano generosa.
-niños enfermos, abandonados y condenados a morir antes de tiempo.
-niños prisioneros de la prostitución, pornografía, violencia… (Mt 25)      
Jesús nos pide también denunciar las causas de estas injusticias,
y poner el hombro para construir una sociedad más humana y fraterna.
J. Castillo A.







viernes, 28 de septiembre de 2012

¿Quienes son "los nuestros"? (Dom 30 de Sept) (2 de2)

Hay hoy entre determinados cristianos una cierta manía persecutoria; el sentimiento de que estamos rodeados de fantasmas y acosados por personas hostiles, enemigos de la Iglesia. Esto va creando una actitud a la defensiva que no nos favorece en absoluto. Porque si bien es cierto que debemos defender los principios evangélicos frente a los que pretenden acallarlos, esta defensa sólo puede hacerse efectiva incidiendo en esos mismos principios que nos invitan a la tolerancia, al diálogo, y a la apertura; nunca la condena sistemática, ni la demonización del mundo, puede conducirnos a Dios.

¿Quiénes son “los nuestros”?

El mundo, como desierto que nos toca atravesar, es lugar donde el demonio sale al encuentro; pero sobre todo es lugar donde podemos encontrarnos con Dios, porque el Dios cristiano no es el que se revela en una oculta cueva  sino en los avatares de nuestra historia, que consideramos como “historia de salvación”. El cristiano no es el que está fuera del mundo, sino en el mundo (Jn 7,15), no es el que huye de la historia que le ha tocado vivir, sino que la afronta participando de sus penas y sus alegrías (Gaudim et Spes 1).

Hoy, en el evangelio, Juan, escandalizado porque uno que no era del grupo andaba por ahí echando demonios -o lo que es lo mismo, luchando contra el mal; haciendo el bien- en nombre de Jesús, corre a decirle a Jesús: “se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros” (Mc 9,38). Pero ¿quiénes son los nuestros? Pregunta que podríamos hacernos ahora: ¿Quienes forman parte de nuestro grupo?¿Quiénes forman parte de nuestra Iglesia (comunidad)?  ¿Serán los que asisten a grupos de catequesis y a actos especiales de culto en la parroquia? ¿Serán los que pertenecen a alguna sociedad o movimiento eclesial? ¿Serán los que van a misa todos los domingos? ¿Los que se bautizan y casan por la Iglesia? ¿Quiénes son “los nuestros”? Jesús, con su hacer y decir, amplía ese concepto restringido de “Iglesia” que a menudo no es sino constructo nuestro: “el que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,40). Es verdad que existe otra sentencia de Jesús que parece contradecir ésta: “quien no está conmigo, está contra mí” (cf Mt 12,30; Lc 11,23), pero leída en su contexto es una advertencia a aquellos que se negaban a escuchar a Jesús acusándole de estar endemoniado. 

Frente a la pretensión de hacer del bien un monopolio cuya patente es de los discípulos elegidos por Jesús, el mismo Señor corrige: el que hace el bien, el que vive el amor y la compasión, el que construye la paz, aunque no sea de nuestro grupo estructural es de los nuestros.

¿Quién es de los nuestros aunque no ande con nosotros?

Jesús pone ejemplos elementales para comprender quienes son esos que, pareciendo ajenos al grupo-Iglesia, pertenecen a él de hecho:

1. Todo el que hace el bien, por insignificante que sea su gesto: “El que os de un vaso de agua sólo porque seguís al Mesías” (Mt 10,42). Allí donde descubrimos un gesto de amor, allí está el Espíritu de Dios. Hemos de estar abiertos para reconocer la presencia y acción de Dios más allá de la Iglesia-institución. El Espíritu Santo no conoce restricciones ni ataduras de ningún tipo; nadie tiene la exclusiva del Espíritu; es absolutamente libre en su ser y en sus dones,  no se ata sólo a unos pocos, aunque estos “pocos” sean la comunidad de los bautizados:  “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!” (Nm 11,29). No pongamos cerco a la gracia de Dios; no miremos con ánimo pesimista al mundo, porque en él sigue actuando Dios; todos sus avances en cuestiones de mayor justicia, igualdad y progreso saludable, son signos de la presencia de Dios en la historia.  El evangelio de hoy nos invita a descubrir la abundancia de bondad y de justicia que hay en nuestro entorno; a no desconfiar del mundo, a buscar cauces de diálogo y encuentro. Porque la Iglesia “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (Jn 3,17; Mt 20,28; Mc 10,45)” (Gaudium et Spes 3). Para desengañarse del mundo siempre habrá tiempo.

2. Otro signo de la presencia de Dios son aquellos que pasan la vida sin escandalizar a los más pequeños y buscando la coherencia de vida luchando contra el mal que puede habitar dentro de ellos mismos; aquellos que se dedican y procuran limpiar antes los pecados propios que los ajenos; que buscan primero el reino de Dios y su justicia dejando de lado la obsesión por acabar con el pecado de los otros como condición para la propia conversión. El mismo Jesús abominó de los que ven la mota insignificante en el ojo del prójimo y no ven la viga densa en el suyo (Lc 6,41-42). Dios están en los que, consciente de que su antitestimonio es un escándalo para los débiles, han elegido el camino de la vida justa.
 
¡Ay de vosotros los ricos! (Lc 6,24)

Mencionar, ¿cómo no hacerlo?, la segunda lectura de este domingo; Santiago, en línea con las malaventuranzas de Lucas, sigue empeñado este domingo en hacernos poner los pies sobre la tierra. El aviso contra los ricos es indudablemente un aviso de Dios. Ningún ser humano se atrevería a pronunciarlo. En sí mismo es una aporía tan incomprensible como las bienaventuranzas si no se lee desde la perspectiva del cumplimiento de las promesas de Dios. ¿Cómo van a llorar y a lamentarse los ricos?

En realidad el motivo de la desgracia del rico no está en el hecho de la posesión de la riqueza (¡ojalá todos tuviéramos cada vez más riquezas que proporcionen mejores condiciones de vida!), sino en la perversión de “ser rico” habiendo acumulado a base de robar, matar e impedir que los demás tengan lo necesario; “el salario defraudado al obrero”(Sant 5,4). La riqueza que se posee por la injusticia y la sinrazón testimonia contra el que la posee. A lo ojos del mundo tal vez la riqueza crea un halo que oculta la verdad de la persona, pero los ojos de Dios penetran en el interior y pueden ver la polilla de los vestidos y la herrumbre del oro y la plata adquirida con la sangre del hermano. Santa Teresa recoge esta mentalidad que ve la riqueza como elemento distorsionador del valor del hombre: “Tengo para mí que honras y dineros casi siempre andan juntos, y que quien quiere honras no aborrece dineros; y que quien los aborrece, que se le da poco de honra. … porque por maravilla, o nunca, hay honrado en el mundo si es pobre; … antes, aunque sea en sí honrado, le tienen en poco. La verdadera pobreza trae una honraza consigo, que no hay quien la sufra; la que es por sólo Dios, digo, no ha menester contentar a nadie sino a él” (Camino de Perfección 2 6-7).
 
Santiago invita a los ricos de hoy y de siempre a mirarse con los ojos de Dios y obrar en consecuencia. Se trata de seguir los pasos de Mateo (Mt 9,9), de Zaqueo (Lc 19,1-10), de Francisco de Asís, o de tantos otros que descubrieron la corrupción que les causaban sus riquezas y se echaron en brazos del Dios del magníficat, que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52).
 
Son muchos los que, desde fuera de la Iglesia institución, desde otras religiones o desde un ateísmo nada culpable, son buscadores de la verdad, y procuran actuar según los dictados de su conciencia. Son los que llamamos“cristianos anónimos”. Dios traspasa las barreras de nuestras creencias; Él está más allá de nuestras ideas y nuestras formas de ver el mundo. Al decir Jesús que "quien no está contra mí está conmigo", pone de manifiesto que la praxis cristiana no puede defenderse como exclusivismo y como independencia absoluta. Allí donde se trabaja por los demás, donde se abren las puertas a los hambrientos y los sedientos, aunque no conozcan al Dios de Jesús, allí los cristianos pueden reconocer la acción del Espíritu.
 
                      Ya no es su sitio el desierto,
                      ni en la montaña se esconde;
                     decid: si preguntan dónde,
                     que Dios está, -sin mortaja-
                     en donde un hombre trabaja
                     y un corazón le responde.
                                                        (Himno de Vísperas)
 
Casto Acedo Gómez. Septiembre 2012. paduamerida@gmail.com. 28773

Iglesia y salvación. (Dom. 30 de Sptbre) (1 de 2)






Para leer las lecturas del 25º Domingo Ordianrio Ciclo B clickar:

Nm 11,25-29; Sal 18,8-14;Sant 5,1-6 Mc 9,37-42.44.46-47
Un eslógan predicado y defendido con ahínco en tiempos de cristiandad, y referido a la relación entre salvación e  Iglesia, es el que creó san Cipriano diciendo que "fuera de la Iglesia no hay salvación" (extra ecclesiam nulla salus). Se trata de una afirmación de fe expresada en sentido negativo (lo que se quería decir es que los herejes, cismáticos y grupos que habían roto con la Iglesia y eran hostiles a ella se alejaban de la salvación) hubo quien dedujo la urgencia de extender lo más posible el alcance físico de la Iglesia, ya que de la recepción del bautismo dependería la salvación de todos y cada uno de los hombres. Tal convicción de que la "vida eterna" sólo podría alcanzarse por la inscripción en el libro de los bautizados llevó a muchos a posiciones fundamentalistas y fanáticas. El respeto a las otras creencias (sobre todo las más cercanas: judíos y musulmanes) brilló entonces por su ausencia. Buscar la salvación del otro lo “justificaba” todo.
¿Tiene la Iglesia el monopolio de la salvación?
Tal vez el error a la hora de interpretar la expresión “fuera de la Iglesia no hay salvación” estuvo en no tener en cuenta, como hejmos dicho, que se estaba expresando de forma negativa el convencimiento positivo de que “por la Iglesia se llega a la salvación” (Per Ecclesiam salus). Respecto a los no bautizados, el concilio Vaticano II confirma la doctrina que siempre estuvo presente en el magisterio: “Quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocidas mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (Lumen Gentium, 16). Algo así dice Jesús en el evangelio al corregir a Juan cuando pretendía hacer callar a quienes echaban demonios sin ser del grupo de los discípulos: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro” (Mc 9,39-40).
La Iglesia tiene como misión anunciar el Reino de Dios, pero este no se circunscribe a la Iglesia; el ser de Dios supera nuestras reducciones, y el misterio de su Reino escapa a los límites de la Iglesia institucional. El Espíritu Santo no obra sólo en unos pocos ordenados, también manifiesta su acción rompiendo las fronteras que a veces queremos imponerle: “¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!” (Nm 11,29).

Dos reflexiones al hilo de los textos de este domingo
1.- En una primera parte el evangelio proclamado habla de la necesidad de ser tolerantes con los hermanos a los que consideramos ajenos a nuestro grupo: "hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros". “¡No se lo impidáis!”, responde Jesús. Ningún grupo humano tiene la patente de las buenas obras ni del Reino de Dios. Este evangelio, unido al testimonio similar de la primera lectura, nos indica hasta qué punto hemos de estar abiertos a la acción del Espíritu de Dios en el mundo, porque éste no se encierra entre barrotes institucionales, "sopla donde quiere" (Jn 3,8); su orden no coincide con el orden de la Iglesia aunque sea el mismo Espíritu el que marca el orden eclesial y la Iglesia tenga que atenerse a él.
Según el evangelio de hoy hemos de ser tolerantes con todos los hombres que viven los valores del Reino: todos los que viven y luchan por el amor, la justicia, la fraternidad, la solidaridad, la paz. Y la razón para aceptarlos no tiene su fuente en nuestra buena voluntad, sino el convencimiento de que fuera de la Iglesia también obra el Espíritu de Dios y se manifiesta para la salvación de todos. No existe un terreno (el de la Iglesia) donde está Dios y otro (el mundo profano) donde no está. También en y con los cristianos anónimos está el Señor. El punto de encuentro entre los hombres no está en las instituciones y tradiciones externas de los hombres sino en la presencia interior de Dios, en el hecho de que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios-amor (Gn 1,26-27) y el mismo Espíritu alienta nuestras vidas.

2.- En su segunda parte, el evangelio da un giro y habla de lo que verdaderamente es intolerable: el escándalo de los débiles; que alguien desde dentro de la Iglesia seduzca y conduzca al mal a personas espiritual o moralmente inseguras. El miembro de una comunidad cristina adquiere una responsabilidad muy seria ante los hermanos: debe dar testimonio de su fe con una vida digna de ella. Lo contrario es un escándalo, un anti-testimonio, que daña a la Iglesia, a los hermanos, especialmente a los más débiles. Y entre esos escándalos mencionar dos que han hecho y hacen un tremendo daño a la Iglesia de hoy y de siempre:

-Intolerable para un cristiano es el escándalo del abuso sexual de menores cuya magnitud ha salido a la luz últimamente en los medios de comunicación. La misma Iglesia ha perdido perdón por ello y ha iniciado una política de tolerancia cero para estos casos de grave daño para las víctimas inocentes y escándalo para el resto del mundo. “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que cree, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar” (Mc 9,42).
-El otro escándalo que mencionamos es el que pone en evidencia la carta del apóstol Santiago: el escándalo de la riqueza que engorda con el jornal defraudado al obrero y que no renuncia a su avidez (Sant 5,1-6). La maldad que supone la riqueza injusta es algo que el evangelio considera intolerable, porque no solo daña al pobre que se ve privado de lo básico para vivir (“el jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros”), sino también al rico, que acabapudriéndose en su propia excrecencia (“Vuestro oro y vuestra plata… devorará vuestra carne como el fuego… Os habéis cebado para el día de la matanza).

Hay pues, una santa intolerancia: la que se refiere al pecado que anida en el corazón del hombre y amenaza con salir afuera y dañar la Iglesia y el Reino. En el corazón del hombre anidan los robos, avaricias, injusticias, adulterios, envidias, etc. (cf Mc 7,20) Y hay que poner los medios para que el mal no prospere; hay que cortar de raíz todo lo que nos pueda llevar a la práctica del mal, aunque las renuncias sean dolorosas (cf Mc 9, 44-47).
Conclusión
Concluyendo nuestras reflexiones puedes extraer unas enseñanzas prácticas:
 
* primero que tienes que ser tolerante, me gusta más decir que tienes que “estar abierto de corazón” (el término “tolerancia” parece tener la connotación negativa de ser algo impuesto: no te amo pero te tolero), abierto a todo lo bueno del mundo, esté dentro o fuera la Iglesia; para ser buen cristiano has de vivir abierto a los aires del Espíritu de Dios, que sopla donde quiere y como quiere, que se manifiesta en los acontecimientos de tu vida, y desde tu historia y la historia de los otros hombres está dando señales de su presencia y de su Reino entre nosotros.
 
* Por otro lado, has de aprender a ser intolerante con cualquier manifestación del mal en el mundo; especialmente con el que puede arraigar en tu interior o en el interior de la Iglesia, porque este, además del daño que produce todo pecado, potencia su poder destructivo con el escándalo de los más débiles.
La Eucaristía que celebramos te sirve para recordar el modelo a seguir: Jesús, el justo, el pobre de Yahvé, que se salió del marco institucional de la religión judía, que mostró la presencia de Dios fuera de las estructuras de la ley y el orden establecidos. Los judíos esperaban que el Mesías se manifestase en ámbitos más institucionales. ¿Cómo iban a pensar que Dios nacería en un pueblo olvidado de Judea? No aceptaron esa libertad del Espíritu. Por eso murió, a causa de la intolerancia de los hombres que se negaron a reconocer en el Nazareno, el hijo de María y José el carpintero, al Salvador del mundo. Él, con su tolerancia,mejor con su amor, te ha salvado a ti y a todos los hombres que se acogen a Él; lo ha hecho exculpándonos, derrochando amor y perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). El sacramento eucarístico reactiva en ti ese mismo amor.
 
Casto Acedo Gómez.Septiembre 2012. paduamerida@gmail.com. 28763

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La fe no tiene fronteras


Domingo XXVI, Tiempo Ordinario, ciclo B: 30 septiembre 2012
Números 11,25-29 -  Santiago 5,1-6  -  Marcos 9,38-48

El mensaje de Jesús no es monopolio de nadie

Los discípulos de Jesús tratan de impedir la actividad de un hombre que sana a los enfermos, devolviéndoles
vida, dignidad, libertad. Alegan que actúa en nombre de Jesús… y que no es de los nuestros
Ellos se consideran ‘propietarios privados’ de la misión de Jesús y, por eso, no valoran el bien que hace aquel ‘discípulo anónimo’.
¿Solo los que pertenecen a ‘nuestro grupo’ pueden hacer el bien? ¿Son ‘rivales’ los otros que trabajan por
una sociedad más humana? ¿El mensaje de Jesús es monopolio de ciertos grupos religiosos?
El Maestro Jesús, como en otras ocasiones (Mc 8,31-33;  9,33-37), corrige esa actitud sectaria, pues quien
hace una buena acción está, en cierto sentido, vinculado a Jesús y a su proyecto de Vida: El que hace un 
milagro en mi nombre no puede hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor.
Ante la crisis que hay en muchas de nuestras comunidades cristianas: ¿Somos luz y fermento para construir
una sociedad más fraterna, o condenamos las iniciativas que no se ajustan a nuestros esquemas?
No olvidemos que todos debemos comprometernos a trabajar por el verdadero desarrollo que es el paso
de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas (PP, 1967, n.20-21).
Luego, Jesús les dice: Quien les dé a beber un vaso de agua, por ser ustedes de Cristo, les aseguro que 
recibirá su recompensa. Al respecto, decimos con frecuencia que los pobres nos evangelizan; que los pobres interpelan a la Iglesia, llamándola a la conversión; que muchos pobres realizan en su vida los valores evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y acogida del Reino (DP, n.1147).
Sin embargo, a los pobres campesinos de nuestra Sierra y Selva se les priva de una enorme cantidad de
‘vasos de agua’; porque hay empresas que al extraer minerales, petróleo, gas… contaminan el medio
ambiente, envenenan el agua de los ríos, destruyen las lagunas… Señor, ¿cuándo te vimos sediento?
Los pobres que nos evangelizan -en el campo y en la ciudad- siguen denunciando esas injusticias porque
defienden su derecho a vivir. Y para vivir todos necesitamos agua limpia y no agua contaminada, agua en
cantidad y calidad suficiente para la salud y la alimentación; y también para las actividades agrícolas y
ganaderas… Como leemos en la primera lectura: ¡Ojalá todo el Pueblo de Dios fuera profeta!

¡Ay de los que escandalizan a uno de estos pequeños!

Jesús sigue formando al pequeño grupo de sus seguidores para que se consagren enteramente por hacer
realidad un mundo más fraterno. Nadie puede ser discípulo de Jesús y, al mismo tiempo, escandalizar
-con su manera de actuar- a los pequeños, a los creyentes más débiles: Al que escandalice a uno de estos 
pequeños que creen, mejor sería que lo arrojen al mar con una piedra de molino atada al cuello.
Es por eso que Jesús emplea imágenes muy duras, para que cada uno examine su propia vida, pues lo que
está en juego es lo siguiente: entrar en el Reino de Dios… o ser arrojados al ‘basurero’
Hoy, lamentablemente, vivimos en una sociedad ‘escandalosa’ donde hay un abismo entre ricos y pobres: El 
lujo de unos pocos se convierte en insulto contra la miseria de las grandes masas (DP, 1979, n.28).
Todos tenemos manos, pies, ojos; pero ¿los usamos para hacer el bien?
*Las manos son figura del hacer, del trabajo, de la actividad. Como Jesús, debemos emplear nuestras
manos para dar de comer… abrazar y bendecir a los pequeños… acoger a los excluidos…
Sin embargo, hay personas que usan sus manos para herir, humillar, someter, amontonar riquezas sin pagar
el salario a los trabajadores (segunda lectura).
Si tu mano te hace caer, córtatela; renuncia a ese modo de actuar.
*Los pies nos hablan del camino: a dónde vamos… a quién seguimos. Caminando tras los pasos de Jesús:
busquemos a las ovejas perdidas… demos vida a las personas heridas y abandonadas en el camino…
¡Ay de ustedes hipócritas que recorren mar y tierra para enriquecerse!
Si tu pie te hace caer, córtatelo; abandona esos caminos herrados.
*Los ojos representan los deseos y las aspiraciones del ser humano. Por eso, un ojo bueno y sano no es
avaro ni envidioso; en cambio, el ojo malo y enfermo está lleno de codicia, ambición, egoísmo…
Miremos a las personas con ternura y compasión, como lo hace Jesús.
Si tu ojo te hace caer, córtatelo; miremos la vida de manera más evangélica.
J. Castillo A.

viernes, 21 de septiembre de 2012

El justo perseguido (Domingo 23 de Septiembre)

Para leer las lecturas del 25º Domingo Ordianrio Ciclo B clickar:
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“Dijeron los malos: acechemos al justo, que nos resulta incómodo… Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura…Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él” (Sab 2,17-20). El justo –dicen los malos- nos resulta incómodo. La justicia incomoda a los que viven instalados en la injusticia. Y la reacción es la del rechazo del justo, su marginación, incluso su eliminación. Ahí hemos de buscar el origen de la pasión y muerte de Jesucristo. Él era justo, y su “luz” puso en evidencia la “oscuridad” del mundo. En presencia del justo sólo nos quedan dos opciones: o aceptamos su luz y el consiguiente reconocimiento de nuestras oscuridades (pecados), o hacemos lo imposible por alejarlo, marginarlo, para que no ponga en evidencia nuestras vidas; y llegado el caso se nos hace tan insoportable que decidimos eliminarlo.
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La historia del “justo injustamente perseguido” es la historia de Jesús. Pero también es la historia de muchos de los personajes de los que nos habla la Biblia: Abel, acechado, envidiado y asesinado por su hermano Caín; Moisés, rechazado por el Faraón; David, perseguido por Saúl; los grandes profetas, desterrados y perseguidos por el pueblo y por los reyes porque denunciaron sus desafueros; Pablo de Tarso, acusado de blasfemo y enemigo por los fariseos a los que pone en evidencia por su predicación acerca de la inutilidad de la ley como clave de la vida religiosa; etc…; y la misma reacción encontramos ante los “justos” (santos) en la historia de la Iglesia: primeros mártires perseguidos (san Esteban, los apóstoles), grandes santos de la historia como san Ignacio de Antioquia, santo Tomás Moro… y santos de hoy: Oscar Romero, Ignacio Ellacuría, o los casos más recientes de cristianos que sufren persecución en el mundo islámico.
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Ser “justo”, ser creyente en el Dios de Jesucristo, predicar su doctrina y, sobre todo vivirla, desagrada al mundo. Podemos hablar del “Dios conflictivo”, Dios que, presente en sus pequeños, en sus hijos, con su “forma de pensar y actuar” entra en conflicto con el mundo. Y se trata de un conflicto inevitable. Así lo dio a entender el mismo Jesús. ”¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,51-53). Quien tiene los criterios de Dios no puede menos que entrar en conflicto con el mundo. Se trata de dos mentalidades distintas: la de Dios y la mundana (cf Jn 17,13-26). En su momento san Pedro mostró las discrepancias entre los planes de Dios y los planes del mundo al querer convencer a Jesús de que cambiara de camino, de que no se dirigiera a la cruz, de que huyera de su misión; el mismo Jesús le llama la atención: “apártate, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8,33); un poco después son los apóstoles los que manifiestan que su mentalidad, sus pensamientos, aún están necesitados de conversión: “por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9,34).
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La Palabra nos invita a una elección: o seguir los caminos del mundo, “donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males” (Sant 3,16) o seguir los caminos de Dios: “los que siembran la paz y su fruto es la justicia” (cf Sant 3,18)). Teóricamente lo tenemos muy claro; pero no nos engañemos: lo que pide el Señor a sus discípulos no es que se aprendan la lección, como los fariseos estudiosos de la ley, sino que practiquen la justicia según la mentalidad de Dios. Porque mientras caminamos por este mundo, también para nosotros los creyentes tiene el Evangelio su grado de incomodidad. Nos incomoda cuando nos hace ver que somos ricos y tacaños para con los hermanos, intolerantes y soberbios en cuanto nos tocan nuestro ego, remisos a ayudar a otros si ello nos supone pérdidas económicas o de consideración social, etc.
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El gesto de Jesús para mostrar lo que Dios quiere es muy entrañable: “acercando a un niño lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: el que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,36-37). El niño, en la cultura judía del siglo I carecía de importancia, no era tenido en cuenta. Lo que Jesús quiere decir a sus discípulos y nos dice hoy a nosotros es que hay que ser misericordioso y acogedor con los que menos cuentan según la escala del mundo. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Esta inversión de valores es lo que desconcierta de Jesús, y lo que debería desconcertar a los que se acercan a las comunidades cristianas.
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Ponte ante el Señor y su Palabra con toda sinceridad. Contempla en tu interior la voluntad de Dios y trata de ver cuán lejos estás de ella. Pide perdón y la gracia de la conversión. Cambia tu mentalidad. No pidas a Dios lo que acostumbras a pedir: comodidades para ti y los tuyos. “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres” (Sant 4,3). Cuando pidas algo a Dios piensa más en los demás que en ti. Contempla también a todos los que están demandando de ti un testimonio de verdadera fe, es decir, unas obras de justicia; y pregúntate hasta qué punto estás dispuesto a ser incómodo y sufrir persecución. Cuando los hijos de la luz, amantes de la sabiduría que viene de arriba, amantes de la paz, comprensivos, misericordiosos, pacíficos y justos ponen en juego sus cartas, los hijos de las tinieblas reaccionan de muy mala manera con odios, envidias, peleas, desordenes y toda clase de males. La persecución del justo está servida. Si es así en tu caso y el de tu comunidad, escucha lo que dice Jesús en las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,11-12)

Casto Acedo Gómez. Septiembre 2012. paduamerida@gmail.com. 28430

miércoles, 19 de septiembre de 2012

¿Quién es el más importante?


Domingo XXV, Tiempo Ordinario, ciclo B
Sabiduría 2,17-20  -  Santiago 3,16-4,3  -  Marcos 9,30-37

Mientras van caminando…
Generalmente, son los discípulos quienes buscan un maestro; Jesús, en cambio, toma la
iniciativa de llamar a sus discípulos. Al principio, cuando Jesús camina a orillas del lago de Galilea,
ve a Simón Pedro y a Andrés, a Santiago y a Juan; y les dice: Síganme, yo haré de ustedes 
pescadores de hombres (Mc 1,16-20). Luego, sale de nuevo y ve a Leví y le dice: Sígueme (Mc
2,13-17). Después, Jesús sube a la montaña, llama a los que Él quiere, y forma el grupo de los Doce
para que vivan con Él (Mc 3,13-19). Más tarde, los envía a anunciar el Reino de Dios (Mc 6,7-13).
Ellos, durante tres años, han seguido a Jesús por ciudades y pueblos; siendo testigos privilegiados
de sus enseñanzas y obras.
Cuando Jesús emprende su último viaje a la ciudad de Jerusalén, sabe a lo que se arriesga,
pues allí le van a torturar y crucificar; pero también sabe que el Dios de la Vida tiene la última
palabra: resucitará. Por eso, mientras van atravesando la región de Galilea, Jesús desea estar a solas
con sus discípulos para seguir enseñándoles que el Reino de Dios, que es vida y vida plena para
todos, se hace realidad ofreciendo la propia vida, como el Buen Pastor: El Hijo del hombre va a ser 
entregado en manos de los hombres, le darán muerte, pero tres días después resucitará.
Esta es la enseñanza central que Jesús da a sus discípulos: el triunfo de la Vida, pasa por la
pasión y la muerte; es como el grano de trigo, para dar frutos tiene que morir. Sin embargo, sus
discípulos le ‘escuchan’ pero ‘piensan’ en otra cosa. Siguen esperando a un ‘mesías’ triunfalista,
que derrote a los romanos y establezca el reinado definitivo de Dios sobre su pueblo Israel.
Empezando por Pedro, Santiago, Juan… no quieren comprender las consecuencias de un Mesías, de
un Cristo servidor y sufriente. Esperando ocupar los primeros puestos, tienen miedo preguntar.

Llegan a casa… signo de la Iglesia
Habiendo llegado a Cafarnaún y, ya en casa, Jesús les pregunta: ¿De qué hablaban por el 
camino? Ellos callaban, porque habían estado discutiendo quién era el más importante. Jesús se
sienta y llama a los Doce para mostrarles un camino diferente: Quien quiera ser el primero, que 
sea el último y el servidor de todos. Más adelante, Jesús insistirá en la importancia del discípulo-
servidor: Entre ustedes no ha de ser así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga
servidor de los demás; y el que quiera ser el primero, deberá hacerse esclavo de todos. Porque el 
Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida (Mc 10,42-45).
En este contexto recordemos el testimonio del apóstol Pablo: Ustedes saben que he servido 
al Señor con toda humildad, entre lágrimas y pruebas que me han causado los judíos. Nunca me 
acobardé cuando algo podía ser útil para ustedes. Les he predicado y enseñado en público y en 
las casas, dando testimonio a judíos y a griegos para que se conviertan (…). Yo de nadie codicié 
plata, oro, ni ropa. Ustedes saben que trabajé con mis manos para conseguir lo necesario para mí 
y para mis compañeros (Hch 20, 17-38).
A continuación, Jesús abraza a un niño, lo pone en medio de los Doce y les dice: El que 
acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí y acoge al Padre que me ha enviado. En
adelante, el centro de la comunidad no será Pedro, Santiago, Juan; sino un niño, es decir, los que no
valen… según los criterios humanos. Por eso, un cristiano que busca ser el más importante, está
muy lejos de ser discípulo-servidor de Jesús que vino a servir y no a ser servido.
Conscientes de que el mensaje de la Iglesia será creíble por el testimonio de las obras,
escuchemos a nuestros Obispos: La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y 
adoptando sus actitudes (Mt 9,35-36). Jesús, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la 
muerte de cruz (Filip 2,8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (2Cor 8,9), enseñándonos el 
camino de nuestra vocación de discípulos misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime
lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (Lc 6,20; 9,58), y la de anunciar el Evangelio de la 
paz sin bolsa ni alforja, sin poner nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (Lc 10,4ss) (Documento de Aparecida, 2007, n.30).                                                            
J. Castillo A.