jueves, 22 de octubre de 2020

Amar a Dios y al Prójimo (30º Ordinario)

 

30º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A

*¿Dónde dormirá el pobre que dio en prenda su manto? (Ex 22,20-26)

*Dejando los ídolos, se convirtieron para servir a Dios (1Tes 1,5-10)

*Amar a Dios y amar al prójimo como a ti mismo (Mt 22,34-40)

 

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO

   A la pregunta de un fariseo: ¿Cuál es el mandamiento principal?,

Jesús de Nazaret le responde uniendo dos textos del AT:

   El primer mandamiento es: Amarás al Señor, tu Dios,

con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser (Deut 6,4s).

   Enseguida, Jesús añade un segundo mandamiento, tan importante

como el primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lev 19,18).

   Para Jesús ambos mandamientos deben ir siempre unidos.

 

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón

   El amor a Dios no podemos reducirlo a ritos religiosos, ofrendas,

peregrinaciones… sino preocuparnos por los pobres y oprimidos,

comprometiéndonos en hacer realidad una sociedad justa y fraterna.

   Tampoco consiste en la repetición rutinaria de ciertas frases,

que están en los folletos de preparación para recibir algún sacramento.

   Amar a Dios es: *Hacer su voluntad, como Jesús nos enseña

en varias ocasiones (Mateo 6,10;  7,21-23;  12,47-50;  26,42).

*Participar en el Reino anunciado por su Hijo amado, a saber:

Reino de amor y vida, de gracia y santidad, de justicia y paz.

*Confiar en su ternura, en su compasión y en su misericordia,

pues Él es amigo de la vida y hace salir el sol sobre malos y buenos,

y hace llover sobre justos y pecadores (Mt 5,45).

   Tratándose del amor a Dios, meditemos en el siguiente texto:

Nosotros hemos conocido y creído que Dios nos ama, porque

Dios es Amor y el que vive en el amor vive en Dios y Dios en él (…).

Donde hay amor no hay miedo, al contrario,

el amor perfecto echa fuera el miedo, pues el miedo supone el castigo.

Si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente.

Nosotros amamos porque Dios nos amó primero.

Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente,

porque si no ama al hermano a quien ve,

no puede amar a Dios a quien no ve (1Jn, 4,16-20).

Todos ustedes son hermanos

   Enseñando a la gente y a sus discípulos, Jesús les dice:

No se hagan llamar maestros, porque uno solo es su Maestro,

mientras que todos ustedes son hermanos (Mt 23,8)

Para Jesús el amor al prójimo tiene una importancia especial. Por eso,

nos pide amar y acoger a los más necesitados… pues todos ellos

son sus hermanos (Mt 25,40). Meditemos en los siguientes textos:

*Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros (Jn 13,34).

*Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gal 5,14).

*Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.

Pero quien odia a su hermano está en las tinieblas (1Jn 2,10s).

*Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida,

porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14).

   Con relación al prójimo, en el texto paralelo de Lucas (10,25-37),

dos funcionarios del templo no hacen nada por una persona herida.

Muy diferente las acciones que hace el buen samaritano. Al respecto,

en su reciente Encíclica “Hermanos todos”, el Papa Francisco dice:

   *Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el camino,

que había sido asaltado. Pasaron varios a su lado pero huyeron,

no se detuvieron. Eran personas con funciones importantes

en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor

por el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos

para atender al herido o al menos para buscar ayuda.

Uno se detuvo, le regaló cercanía, le curó con sus propias manos,

puso dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo

que en este mundo ansioso retaceamos tanto: le dio su tiempo (n.63).

   *Asaltan a una persona en la calle, y muchos escapan como si no

hubieran visto nada. Frecuentemente, hay personas que atropellan a

alguien con su automóvil y huyen. Solo les importa evitar problemas

no les interesa si un ser humano se muere por su culpa (65).

   *Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra

dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo

en cada hermano abandonado o excluido (Mt 25,40.45). (n.85).

   *Para ello es importante que la catequesis y la predicación

incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia,

la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción

sobre la inalienable dignidad de cada persona (n.86).     J. Castillo A


sábado, 17 de octubre de 2020

Impuestos al imperio y al templo (29º ord A)

 

*Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay otro dios (Is 45,1.4-6)

*Fe activa, amor entrañable y esperanza perseverante (1Tes 1,1-5)

*Lo del César devuélvanselo, y a Dios lo de Dios (Mt 22,15-21)

 

IMPUESTOS AL IMPERIO Y AL TEMPLO

   Discípulos de fariseos y herodianos elogian con malicia a Jesús:

-Es el Maestro que dice la verdad. -Enseña el camino de Dios.

-No se deja influenciar por nadie. -No se fija en las apariencias.

   Así es. Jesús vive al servicio del Reino de Dios y su justicia,

y quiere que las mujeres y los hombres tengan vida digna y plena.

 

Maestro, ¿es lícito pagar impuestos?

   Esta vez, para acusar a Jesús, se han unido dos grupos enemigos:

-los fariseos (fanáticos religiosos que se consideran nacionalistas), y

-los herodianos (siervos del imperio romano y traidores a su pueblo).

Se asemejan a nuestros politiqueros que se picotean pero se necesitan.

   Con la intención de acusarlo, se acercan a Jesús y le preguntan:

Maestro, ¿es lícito pagar impuestos al César, o no?

Si Jesús dice “no”, puede ser acusado como subversivo (Lc 23,2).

Y si responde “sí”, está en contra de su pueblo y del señorío de Dios.

   Sin embargo, Jesús los desenmascara llamándoles: ¡Hipócritas!,

pues llevan en la bolsa la moneda del imperio romano, donde se lee:

Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto. Pontífice Máximo.

Es dinero divinizado, como el becerro de oro, que busca víctimas

entre los pobres de Galilea, obligados a pagar impuestos: -a Roma,

-al templo de Jerusalén, convertido en cueva de ladrones (Mt 21,13),

y -a los sumos sacerdotes, quienes viven en barrios residenciales.

   Mientras ciertos creyentes hipócritas piensan que todo es dinero,

Jesús de Nazaret nos pide optar por los abandonados y marginados.

porque No se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6,24). Sin embargo,

Hay autoridades y empresarios que, por servir al dinero, asesinan

a muchas personas, en su mayoría inocentes. Por eso, preguntamos:

¿Quiénes apoyan a esas autoridades para imponer el neocolonialismo?

¿Quiénes financian a los ejércitos de los países pobres?

¿Quiénes entrenan a los oficiales para encarcelar, torturar, asesinar?

¿Quiénes dan la orden y, después, amnistían a los criminales?

Dar a Dios lo que es de Dios

   Aquellos hipócritas preguntan pagar… y Jesús responde devolver:

Lo del César devuélvanselo al César, y den a Dios lo que es de Dios.

   Con el paso de los siglos, muchas personas e instituciones

han dado -a la respuesta de Jesús- diversas interpretaciones,

levantando un muro de separación entre: lo político y lo religioso.

De esta manera, el cristianismo quedaría encerrado en la sacristía,

sin voz ni voto para defender al hambriento, desnudo, enfermo…

   La respuesta del Maestro Jesús, va a la raíz del problema:

el emperador no es Dios, porque Dios es vida, amor, justicia, paz…

y solo a Él le pertenece la tierra y todos sus habitantes (Sal 24,1).

   Los que tienen algún cargo en la Iglesia, deben servir a todos,

y jamás dominar ni someter a los indefensos, porque

en el trato que dan a las personas, honran a Dios o le ofenden.

Devolver al César su moneda significa -hoy- denunciar a quienes

se aprovechan del poder para enriquecerse, explotando a los pobres.

   Al respecto meditemos en este texto del Deuteronomio (30,15-20):

Pongo delante de ti: la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha…

Hoy tomo como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra;

te pongo delante bendición y maldición.

Elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios,

escuchando su voz, uniéndote a Él, porque de eso depende tu vida.

   Sobre este tema, los Santos Padres han hablado con mucha claridad:

*¿Es que se va a llamar ladrón a quien desnuda al que está vestido

y habrá que darle otro nombre al que no viste al desnudo…?

-Del hambriento es el pan que tú tienes.

-Del desnudo es el abrigo que tienes guardado en el armario.

-Del descalzo es el zapato que se está pudriendo en tu poder.

-Del necesitado es el dinero que tienes enterrado (Basilio, 330-379).

*Tratándose del entierro de un rico, Juan Crisóstomo (349-407)

escribe: Los que contemplan su palacio no dejarán de decir:

-Con cuántas lágrimas se ha edificado esta mansión.

-Cuántos huérfanos se han quedado desnudos.

-Cuántas viudas han sufrido el abandono.

-Cuántos obreros han sido privados de su salario.

   ¿De qué sirve gastar en ciertas fiestas religiosas… si no acogemos

a los marginados que son imágenes de Dios (Gen 1,26s)?  J. Castillo

 

LOS POBRES SON DE DIOS

   A espaldas de Jesús, los fariseos llegan a un acuerdo para prepararle una trampa decisiva. No vienen ellos mismos a encontrarse con Él. Les envían a unos discípulos acompañados por unos partidarios de Herodes Antipas. Tal vez, no faltan entre estos algunos poderosos recaudadores de los tributos para Roma.

   La trampa está bien pensada: ¿Es lícito pagar impuestos al César o no?. Si responde negativamente, le podrán acusar de rebelión contra Roma. Si legitima el pago de tributos, quedará desprestigiado ante aquellos pobres campesinos que viven oprimidos por los impuestos, y a los que Él ama y defiende con todas sus fuerzas.

   La respuesta de Jesús ha sido resumida de manera lapidaria a lo largo de los siglos en estos términos: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pocas palabras de Jesús habrán sido citadas tanto como éstas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos al Profeta, defensor de los pobres.

   Jesús no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos poderes que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Como todo judío fiel, Jesús sabe que a Dios le pertenece la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes (salmo 24). ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? Acaso los súbditos del emperador, ¿no son hijos e hijas de Dios?

   Jesús no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan en aquella sociedad a herodianos, saduceos o fariseos sobre los tributos a Roma y su significado: si llevan “la moneda del impuesto” en sus bolsas, que cumplan sus obligaciones. Pero Él no vive al servicio del Imperio de Roma, sino abriendo caminos al Reino de Dios y su justicia.

   Por eso, les recuerda algo que nadie le ha preguntado: Dad a Dios lo que es de Dios. Es decir, no deis a ningún César lo que solo es de Dios: la vida de sus hijos e hijas. Como ha repetido tantas veces a sus seguidores, los pobres son de Dios, los pequeños son sus predilectos, el Reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

   No se ha de sacrificar la vida, la dignidad o la felicidad de las personas a ningún poder. Y, sin duda, ningún poder sacrifica hoy más vidas y causa más sufrimiento, hambre y destrucción que esa dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano que, según el papa Francisco, han logrado imponer los poderosos de la Tierra. No podemos permanecer pasivos e indiferentes acallando la voz de nuestra conciencia en la práctica religiosa.

José Antonio Pagola (2014)


martes, 13 de octubre de 2020

A Dios lo de Dios, al Cesar lo del César (Domingo 18 de Octubre, DOMUND)

 

 

El capítulo 21 del evangelio de san Mateo comienza narrando la entrada de Jesús en Jerusalén para, acto seguido, entrar en el templo y expulsar de allí a los mercaderes, curar algunos enfermos y provocar con ello la indignación de los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley que ponen en duda su autoridad (cf Mt 21,1-27). El pueblo le aclama y le escucha, y las autoridades conspiran contra Él. 

En este contexto refiere Jesús las parábolas de los dos hijos, los labradores homicidas y las bodas. La conclusión es siempre la misma: ya que los judíos se comportan como hijos obedientes sólo de palabra y no dan los frutos esperados se les quitará el Reino a este pueblo y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos; y se invitará a la boda a todo el que quiera asistir, ya que los primeros invitados han rechazado la invitación (cf Mt, 1,28-22,14).
 
Con estas parábolas y con el gesto de expulsar del templo a los mercaderes Jesús ataca directamente a los principales del judaísmo y al mismo templo, la institución judía más importante, centro del culto y del poder limitado que los romanos permiten a los judíos. Atacar el templo es atacar los fundamentos de la religiosidad y la autoridad judía; para los sanedritas, reacios a aceptar el cambio revolucionario que Jesús predica, no queda más salida que acabar con este hombre que pone en duda la legitimidad del culto y la ley; hay que buscar la forma de desacreditarlo ante sus seguidores, y hacerlo de manera que los romanos tomen cartas en el asunto y los responsables judíos queden al margen de la trama.

 
Lo divino no excluye lo humano
 
Tal como se escenifica en la entrada triunfal en Jerusalén, el pueblo aclama a Jesús y se pone de su lado (Mt 21,1-11); por su parte los fariseos ven menguar su influencia, y movidos por el miedo a que el Nazareno les gane más terreno “se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta” (Mt 22,15). 

Se acercan a Jesús, y preparando el terreno para luego comprometerle, pronuncian una sentencia que a pesar de su intencionalidad malévola resume excelentemente la visión que el pueblo tiene de Jesús: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias” (Mt 22,16). Una vez cebado el pez con el engaño de la alabanza, le lanzan un anzuelo envenenado: "¿es lícito pagar impuestos al César o no?" (Mt 22,17). 

Tal vez cabría aquí decir aquello de "gracias por la flor pero me c. en el tiesto". Si Jesús dice que sí, se declara partidario del imperio romano y contrario al deseo de libertad del pueblo; si dice que no, se le acusará de sedicioso y habrá motivos para entregarlo al poder del César. Jesús, contra todo pronóstico, no responde ni que sí ni que no; astutamente, como hizo en el caso de la mujer adúltera que también le presentaron para comprometerle (cf Jn 8,3-11), reenvía la pregunta a la conciencia de sus interlocutores: “Enseñadme la moneda del impuesto. … ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: del César. Entonces les replicó: pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,19-21).

Jesús evita responder con un sí o un no; a todos nos gustaría que Jesús nos dijera sí o no cada vez que le dirigimos una propuesta o pregunta; pero Jesús no hace eso; se limita a poner delante del hombre su propia responsabilidad en la toma de decisiones. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), unas palabras que muchos malinterpretan al sostener que con ella Jesús separa la religión de la vida política, lo sagrado de lo profano. 

¿Debe el cristiano alejarse de cualquier compromiso político y dedicarse a la contemplación de los misterios divinos hasta que llegue la hora de la muerte? ¡De ninguna manera! ¿Significa la respuesta de Jesús  que todo cristiano en los asuntos temporales tiene que obedecer sin rechistar a la autoridad política de turno? Tampoco. No es ese el sentido en que se deben leer las palabras de Jesús; a los fariseos y al pueblo que le escucha Jesús les dice que hay unos deberes temporales que cumplir, unas tareas políticas y sociales que realizar; hay que darle al César lo suyo cumpliendo con los deberes políticos y fiscales necesarios para el bien común, y eso es inexcusable.

Lo que hace inexcusables los deberes económicos y políticos es la obligación de darle a Dios lo suyo, que es justicia y derecho, protección del pobre, del huérfano y de la viuda (Is 1,17), y en esto no hay elección. Ahora bien, no dice Jesús el cómo concreto para hacerlo; ¿pagando el denario al César? Tal vez. O mejor no pagando y acogiéndose a la objeción fiscal.  Si la autoridad se opone a lo que Dios quiere, entonces el cristiano no está obligado a someterse a ella, ya que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 4,19).

 

"Aquí estoy, envíame"
DOMUND 

Cuando hablamos de compromiso misionero seguimos anclados en tiempos pasados; imaginamos a sacerdotes, religiosos y religiosas que se van a países lejanos a dar a conocer a Jesús. Partimos de un presupuesto que cada día se muestra más falso: nosotros, que tenemos el evangelio, se lo transmitimos a quienes  no lo tienen.  

La misión es otra cosa. Nuestro mundo, aunque cada vez en menor grado, vive religiosamente, pero eso no significa que se viva evangélicamente. Ser misionero supone primeramente gozar de una experiencia de Dios, un encuentro con la persona de Jesús como evangelio, como buena noticia. La premisa del misionero es "conocer el evangelio", un conocer que abarca la experiencia de Dios (mística, oración profunda), conocimiento de los textos evangélicos (formación bíblica y teológica) y vida ordenada según el estilo de Jesús (virtudes; misericordia, donación, amor). Con todo esto, el misionero puede decir: "aquí estoy". Y sólo desde este ser y estar en Cristo, es verdadero el ofrecimiento: "¡envíame!". No somos conscientes de que el mejor modo de ser misioneros es siendo en primer lugar "misioneros de nosotros mismos", es decir, personas que han experimentado y asumen en su vida la riqueza de la persona de Jesucristo con entusiasmo. Sin ésto, la misión hacia otros no tiene mucho futuro.

Ser misionero es compartir esa experiencia vivida, expandir hacia todos el bien inmerecido que se ha recibido. Se trata de hacerse presente contagiando los valores del Reino en la familia, el trabajo, los negocios, la universidad, las instituciones políticas,...

El DOMUND (domingo mundial de la propagación de la fe) no puede reducirse a una celebración puramente pietista, desligada de las realidades que hoy vivimos. Esta jornada quiere que nos concienciemos de la necesidad de seguir impregnándolo todo con el olor del evangelio. La venida de Jesucristo, misionero del Padre, nos da la clave esencial para esa misión: encarnación. Primero encarnación de la "vida de Jesús en cada uno", entusiasmo por Jesucristo, amor loco por su persona y por la causa del Reino; sin este prefacio no hay nada que hacer. Luego, en segundo lugar, dejar que libremente fluya el evangelio que vivimos empapando a los que nos rodean. Es fácil, basta con que cada uno procuremos hacer nuestros los valores del Reino para que estos se desborden hacia fuera de nosotros (cf Mt 6,33). 

Para ser misionero no hacen falta muchas palabras, basta vivir la propia historia desde Dios. No sólo es sagrado el templo, la Biblia, las oraciones, los actos piadosos. Ya no hay una historia sagrada y otra profana; con la encarnación de Jesucristo Dios rompe todas las barreras que separaban lo sagrado de lo profano. Ya no hay distinción ni separación. 

¿Quiere esto decir que ya todo es profano? No, mejor decir que todo es sagrado; toda realidad está preñada de la presencia de Dios, y así la vida religiosa se juega en las relaciones del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con el prójimo, todos sagrarios de Dios. Esta fue la misión del Hijo: hacer presente a Dios con su vida y reconciliar al mundo con Dios desde su vida diaria; y esta es también la misión de sus seguidores. 

Hoy, domingo misionero, no pongas tus ojos en la lejanía. Acerca tu mirada a tu misma persona (¡aquí estoy!) para luego volverla al mundo (¡envíame!).  Ahí, en los quehaceres diarios,  debes "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".  Da a todos lo mejor de ti mismo sabiendo que al hacerlo también lo estás dando a Dios.

Aprovecha para orar ("aquí estoy") por las misiones y para dar pasos hacia una mayor conciencia de que somos Iglesia misionera llamada a trabajar en favor de fraternidad universal.

Casto Acedo Gómez. Octubre 2020 paduamerida@gmail.com.

jueves, 8 de octubre de 2020

Dios invita a todos

 28º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A

Is 25,6-10  -  Flp 4,12-14.19-20  -  Mt 22,1-14

   El mensaje de la parábola de este domingo tiene dos partes,
y está centrado en conocer y participar en el Reino de Dios.
   Para ello, Dios invita a todos, pero hay personajes que le rechazan.
En cambio, los despreciados aceptan y participan del banquete.
   El vestido de fiesta no es un adorno externo para lucirse,
se trata de revestirnos de Jesús para amar a Dios y amar al prójimo.

Vengan, el banquete ya está preparado
   Jesús recorre pueblos y ciudades predicando el Reino de Dios.
Este Reino -de amor y de vida- es como un banquete,
al que todos están invitados: malos y buenos… ricos y pobres…
   Esta invitación es anunciada con palabras y también con obras.
Por eso, Jesús: -comparte el pan con las personas que sufren hambre,
-sana a los enfermos abandonados, -acoge y perdona a los pecadores.
   Ahora bien, la respuesta a esta invitación puede ser un sí o un no,
todo depende del uso que hagamos de nuestra libertad.
Por ejemplo, en la parábola, algunos invitados no quieren ir…
otros, en cambio, no hacen caso porque prefieren sus negocios…
y no faltan quienes maltratan y asesinan a los servidores del rey…
   Hoy, muchos que formamos parte de una comunidad cristiana,
aprovechamos ciertas ventajas (privilegios, poder, dominio…);
sin vivir conforme al Evangelio, anunciado y practicado por Jesús.
*¿Hasta cuándo “el capitalismo salvaje” seguirá maltratando
y asesinando a los indefensos, dando preferencia al “dios-dinero”?
*¿Por qué preferimos acumular cosas, refugiarnos en el placer,
depender de las drogas; en vez de oír la invitación que Dios nos hace?
*¿Es justo que se siga saqueando, envenenando y destruyendo
los bienes que nos ofrece la Pacha Mama, nuestra Madre Tierra?
   Que nuestra participación en la Cena del Señor, nos comprometa
a trabajar para que el pan y el vino que ofrecemos, sean fruto:
de una tierra fértil e incontaminada, y de un trabajo humano digno.

Salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren
   El banquete está listo pero los invitados no han sido dignos.
Dios no se desanima. Sus servidores irán a los cruces de los caminos,
para buscar e invitar al banquete de bodas: a los malos y buenos…
a los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, forasteros, desnudos.
   Jamás debemos olvidar que Dios es un Padre misericordioso que:
*Levanta de la basura al pobre y eleva al necesitado (Sal 113,7).
*Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1).
   Es por eso que Jesús nos dice: Cuando ofrezcas un banquete,
invita a los pobres, inválidos, cojos, ciegos; y tú serás feliz,
porque ellos no tienen con qué pagarte (Lc 14,13s).
   Para comprender plenamente la celebración de la Cena del Señor,
tengamos presente que en las comidas realizadas por Jesús,
muchos publicanos y pecadores estaban con Él, en la misma mesa;
porque son los enfermos los que tienen necesidad de médico,
y Él vino a llamar no a los justos sino a los pecadores (Mt 9,12s).
Lo mismo hace el padre que tiene dos hijos: ofrece un gran banquete
cuando vuelve su hijo menor…esto irritó al hijo mayor (Lc 15,11-32).
  
Amigo, ¿cómo has entrado sin el vestido de fiesta?
   Para entrar en un templo se aconseja o se exige un vestido digno.
Pero el vestido del que habla la parábola va en otra dirección,
debemos revestirnos de Jesús, como lo dice el apóstol san Pablo:
*Ustedes saben en qué tiempos vivimos y que ya es hora de despertar.
La salvación está ahora más cerca que cuando empezamos a creer…
Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos de la luz,
para actuar dignamente como en pleno día.
Basta ya de banquetes con borracheras, de inmoralidades y vicios,
de pleitos y envidias; al contrario revístanse del Señor Jesucristo,
y no se dejen conducir por los deseos de la carne (Rom 13,11-14).
*Como elegidos de Dios, consagrados y amados, revístanse:
de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.
Si alguien tiene motivo de queja contra otro,
sopórtense los unos a los otros y perdónense mutuamente.
Así como el Señor les perdonó también ustedes perdonen a los demás.
Pero, por encima de todo esto, revístanse del amor,
que es el vínculo de la perfección (Col 3,12-14; cf. Apc 19,7s).
J. Castillo A.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Los frutos que Dios espera (27º Ordinario)

 27º Domingo, Tiempo Ordinario, ciclo A

Is 5,1-7  -  Flp 4,6-9  -  Mt 21,33-43

LOS FRUTOS QUE DIOS ESPERA

   A las autoridades religiosas del templo de Jerusalén,

Jesús les narra la parábola de los labradores indignos y asesinos.  

   Se trata de unos trabajadores que para apropiarse de la viña,

asesinan no solo a los servidores del dueño, sino también a su hijo.

Por eso, el Reino de Dios se dará a un pueblo que produzca frutos.

Tienen las manos manchadas de sangre

   La parábola es una denuncia a las personas y malas autoridades,

de ayer y de hoy, que buscan sus intereses, en vez de servir al pueblo,

llegando incluso a mancharse las manos con sangre inocente.

   Mientras pocos ricos gastan millones de dólares en recreaciones,

cigarrillos, bebidas alcohólicas, drogas, gastos militares, etc.

hay millones de hombres y mujeres que viven en la miseria.

   Al respecto, Paulo VI dice: Cuando tantos pueblos tienen hambre,

cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres

viven sumergidos en la ignorancia, cuando aún quedan por construir

tantas escuelas, hospitales, viviendas dignas de este nombre,

todo derroche público o privado, todo gasto de ostentación nacional

o personal, toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo

intolerable. Nos vemos obligados a denunciarlo. Quieran los

responsables oírnos antes de que sea demasiado tarde (PP, n.53).

   Muchos de los responsables tienen las manos manchadas de sangre,

como lo denunció (el 5 de jul. 1976) Mons. Enrique Angelelli, obispo

de La Rioja-Argentina: La cárcel está repleta de detenidos por el solo

delito de ser miembros fieles y conscientes de la Iglesia. Y algo más,

en La Rioja: Se tortura asquerosamente. Este valiente profeta,

es asesinado el 4 de agosto de 1976, a los 53 años.

   Jesús nos dice: Les voy a enviar profetas, sabios y maestros.

Pero ustedes asesinarán y crucificarán a algunos de ellos,

y a otros los azotarán… o los perseguirán de pueblo en pueblo.

Sobre ustedes recaerá esa sangre inocente derramada… (Mt 23,34).

El Reino de Dios se dará a un pueblo que produzca frutos

   Aquellas autoridades religiosas se preocupan por el culto del templo,

y por el “cumplo-y-miento” de tradiciones y costumbres humanas… y

dejan de practicar la justicia… y los mandamientos de Dios (Mt 15,1-9).

Actuando así, buscan apropiarse de la viña del Señor y de sus frutos. 

   Ahora bien, cuando Jesús pregunta a estos dirigentes religiosos:

¿Qué hará el propietario con aquellos labradores asesinos?,

responden: Los matará y arrendará la viña a otros trabajadores.

Entonces Jesús les dice: A ustedes se les quitará el Reino de Dios,

para ser entregado a un pueblo que produzca frutos.

   Felizmente hay familias y comunidades que producen frutos…

siguen el ejemplo de Jesús servidor que lava los pies (Jn 13,12-15)…

y practican el mandamiento nuevo: Amarnos unos a otros (Jn 13,34).

   Al respecto, en “La alegría del Evangelio”, el Papa Francisco dice:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres,

tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre” (2Cor 8,9).

Todo el camino de nuestra salvación está signado por los pobres.

Esta salvación vino a nosotros a través del “sí”

de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido

en la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre,

entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres;

fue presentado en el Templo junto con dos pichones,

la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero (…);

creció en un hogar de sencillos trabajadores

y trabajó con sus manos para ganarse el pan (…).

   Luego, el Papa subraya que los pobres están en el corazón de Dios:

A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza,

les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón.

“Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”.

Con ellos se identificó: “Tuve hambre y me diste de comer”,

y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo.

   Más adelante, el Papa declara: Por eso quiero una Iglesia pobre

para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos (…).

Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos.

La nueva evangelización es una invitación a reconocer

la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino

de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos,

a prestarles nuestra voz en sus causas (EG, n.197s).        J. Castillo A

martes, 6 de octubre de 2020

Invitados al banquete (11 de Octubre)

  

Ciclo A: Isaías 25,6-10A; Salmo 22,1-6; Filipenses 4,12-14.19-20; Mateo 22, 1-14.  

El evangelio de san Mateo recoge una serie de parábolas en las que va ilustrando cómo el Reino de Dios se adentra en el mundo y es acogido con gozo por aquellos que parecen indignos de él (publicanos, prostitutas, ciegos, cojos, enfermos, …) y al mismo tiempo es rechazado con vehemencia por los que en teoría deberían ser sus mejores receptores (escribas, sacerdotes, fariseos y saduceos). Esto se aprecia claramente en parábolas como la de los dos hijos, la de los labradores homicidas o la del banquete del rey (21,28-22,14). Dios siempre invitando, acogiendo, ofreciendo, aclarando ideas; como dice el P. Adolfo Chércoles, ilustrando la inteligencia del hombre con la sencillez de sus parábolas, cuyo esquema se resumen en esto –“que os parece…” (exposición del Reino en parábola) -, e invitando al seguimiento desde la libertad -“si quieres…” (llamada a entrar en él).

Hoy propone acercarse al misterio del Reino con la parábola del rey que celebra la boda de su hijo e invita a un banquete a los principales del reino, que excusan la invitación; luego se vuelve a los más marginados, que acuden; aunque por el mero hecho de ser marginados no son dignos de estar sentados en la mesa de su Señor.

Banquete: signo de amistad.

Tal vez en una sociedad consumista, habituada a comer y a beber hasta saciarse, comparar el Reino de Dios con un banquete no tenga el mismo empuje que en tiempos o lugares de más austeridad. Sin embargo cualquier comida en familia o hermandad siempre tiene algo de sagrado; y más aún si se celebra con motivo de algún acontecimiento familiar o social. Comer juntos, tomar unas copas con los amigos, reunirse en torno a una mesa y compartir el pan, son signos de cercanía e intimidad. ¡Nadie invita a comer en su casa a su enemigo! Y si lo hace es para dar con ello fin a la enemistad; cada vez que se firma una alianza de ayuda, protección o unión entre dos partes, se suele sellar esa alianza con un banquete.

Cuando Jesús instituye la Eucaristía en el contexto de una cena festiva (la cena de la Pascua judía) sabe muy bien lo que hace; pone ese sacramento en conexión con la tradición judía de celebrar la liberación de Egipto con una cena ritual, y con la experiencia humana universal que apunta al sentido fraternal de la mesa común. Donde hay banquete festivo hay futuro, porque la humanidad camina inexorable hacia el punto omega de la historia en el que “el Señor preparará un festín de manjares suculentos y de vinos generosos” para celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte (Is 25,6.8). La Eucaristía, con su significado y su compromiso, apunta con esperanza hacia ese día de plenitud en el que Dios “enjugará las lágrimas de todos los rostros y se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara” (Is 25,8-9).
 

El banquete del Reino de Dios
 
Si meditamos con detenimiento la parábola del banquete del rey, podemos observar que el soberano se muestra en extremo paciente. Hace un primer llamamiento a sus invitados cuya respuesta resume Mateo con un “no quisieron ir”. Y vuelve a mandar criados apremiándoles porque “todo está a punto. Venid a la boda” (22,3-4); ¿vais a dejar que se estropeen los alimentos y tengan que ser dados a los animales o arrojados a la basura? 

Sin embargo, tal argumento de razón humanitaria tampoco animó a los convidados; la respuesta de algunos fue excusarse con otros deberes: “uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios” (Mt 22,5), argumentos que recuerdan las múltiples excusas que solemos poner para justificar nuestra falta de compromiso cristiano, ya sea en lo referente a la participación en la vida litúrgica (misa dominical) o a los deberes morales inexcusables (mandamiento del amor). 

La reacción de otros fue más violenta, y recuerda a los que no sólo se muestran indiferentes a Dios, sino además beligerantes contra su presencia: “los demás echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos” (Mt 22,6). Hasta aquí la paciencia de Dios, que condena a la ruina a los que no aceptan su ganancia.
 
Pero ¿se malogrará el banquete solo porque hay algunos desagradecidos que no acuden a la llamada del rey? De ninguna manera. El proyecto de Dios no se interrumpe por el pecado del hombre; Dios seguirá derramando su amor y su gracia. 

De nuevo manda a los criados. Esta vez la invitación es universal, para todos, para gente de toda condición y extracción social, sin distinguir siquiera entre buenos y malos. Quedan abolidas las distinciones y diferencias, tanto que incluso los buenos se van a encontrar codo con codo con personas indignas tal como lo deja ver la parábola. Porque ésta da de repente un giro inesperado: “Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta” (Mt 25,11); el rey le llama la atención: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” (Mt 22,12). Hay quien dice que esta segunda parte de la parábola es un añadido de Mateo, que quiere quedar claro a los cristianos del siglo I que no basta acudir a la llamada, el bautismo en sí mismo no salva, se requiere también un cambio de vida. Y así es, el hecho de que los pecadores sean invitados al banquete no les excusa de reformar su vida para hacerse dignos de semejante invitación.
 
La rutina cristiana tiende a imponerse y el cristiano ha de renovar constantemente su vestido (vida); en línea con san Pablo, diríamos que hay que desprenderse del hombre viejo, de “todo lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una idolatría. … ¡Lejos de vosotros todo lo que signifique ira, indignación, malicia, injurias o palabras groseras! No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones, y revestíos del hombre nuevo, … de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándoos mutuamente y perdonándoos… Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección” (Col 3,5.8-10.12-14). Baste esta cita para entender lo que significa tener o no tener el traje adecuado para la fiesta.

Los primeros invitados fueron condenados por su rechazo explícito de la invitación; el que no iba con el vestido adecuado también es condenado, no porque de palabra o ritualmente haya sido declarado ajeno a la invitación, sino porque su vida desdice de su anfitrión. No basta asistir a la boda, no todo se reduce a buenas palabras y oraciones; no todo el que dice “Señor, Señor” es digno del banquete, sino el que hace la voluntad del Padre (cf Mt 7,21). 
 

*  *  *
Nunca las parábolas comienzan diciendo “el Reino de los cielos se parece a un convento, o a un seminario, o a un congreso de teología, a una tanda de ejercicios espirituales…”. No. El Reino se parece a un campo en tiempos de siembra o de cosecha, al hallazgo fortuito o trabajado de un tesoro o de una perla de gran valor, al crecimiento de las semillas, a la libertad de los pájaros o la belleza de las flores, a un patrón que pone la misericordia en un lugar más eminente que la justicia conmutativa o distributiva; el Reino se parece a uno que inesperadamente encuentra un tesoro, o al comerciante que encuentra una perla, o a la mujer que haya la moneda perdida, ... o a un banquete de bodas, una fiesta; el Reino de Dios es algo que se mueve en ámbitos de frescura humana, de luz, de gozo y de sana convivencia. 

Pregúntate dónde ves signos del Reino, qué parábolas vivas detectas en tu entorno: el niño que sonríe, el obrero que celebra su trabajo bien hecho, el profesor que goza con su tarea de educar, la madre que cuida con cariño de los suyos, el político o sindicalista preocupado de veras por el pan de los que no tienen trabajo, … Y mírate al espejo cada mañana, y sonríe. Si notas que tu sonrisa es forzada, cierra los ojos, déjate mirar por Dios y ábrelos de nuevo para volverte a mirar. Así hasta que, reconciliado con Dios y contigo, te rías con la espontaneidad con que lo hace el niño y todo aquel que se sabe querido y perdonado. Esa sonrisa será el traje adecuado para asistir al banquete de vida que Dios prepara para ti cada día, un banquete existencial de caridad que puedes sellar con el sacramental de la oración y la eucaristía.
 
Antes de poner en marcha las horas de tu jornada, y antes de acudir al banquete de tu Señor, ponte el traje de la bondad, la esperanza, la compasión, la justicia, la dulzura y la alegría; revístete de Cristo Jesús para participar en el banquete de la vida a la que cada día te invita el Señor.

Casto Acedo Gómez. Octubre 2020. paduamerida@gmail.com.