jueves, 9 de agosto de 2012

"Yo soy el pan de vida" (Domingo 12 de Agosto)

He de confesar que cuando me veo, como ahora, en la necesidad de comentar textos como el discurso del pan de vida (Jn 6) me siento un tanto azorado; y creo que tal cosa no me ocurre solo a mí sino también a todos aquellos que, debido a la educación moralista recibida, tendemos como por inercia a extraer consecuencias prácticas de los pasajes evangélicos, considerando su mayor o menor valor sólo a partir de su funcionalidad moral. Parece como si sólo nos interesase el qué me manda hacer Dios, minimizando lo que pueda aprender sobre Dios y mi condición humana. Y el pasaje que hoy toca comentar parece prestarse más a la contemplación espiritual que al ejercicio de extraer tareas para la acción. Basta con que releas el texto y subrayes alguna de sus frases parándote luego en cada subrayado, repitiendo el texto elegido, dejándote llenar del contenido al ritmo de la musicalidad de la palabra pronunciada física o mentalmente: Yo soy el pan bajado del cielo” … “Nadie pude venir a mi si no lo trae el Padre que me ha enviado” … “Yo lo resucitaré en el último día” … “El que cree tiene vida eterna” … “Yo soy el pan de la vida” … “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” ( Jn 6, 41.44.47.48.51). Párate, escucha, deja que penetre en ti cada una de estas verdades de fe. Gozar de ello es recibir la buena noticia que alimenta el espíritu.

¡Levántate, come! (1 Re 19,5)

Tres son los alimentos de los que habla san Juan en su evangelio: la voluntad del Padre (“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” Jn 4,34), la Palabra de Dios (“El que escucha al Padre y aprende viene a mi” Jn,6,45; "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él". Jn 14,23) y la Eucaristía (“Mi carne es verdadera comida” Jn 6,55), tres realidades tan íntimamente unidas entre sí que no pueden separarse y que cada domingo procuramos revitalizar. Se trata, en definitiva, de alimentar nuestra vida de fe, que no es sólo el aprendizaje de teorías religiosas y el goce de sentimientos místicos, aunque también necesita de ellos. Todos sabemos que una buena teoría sin práctica es fariseísmo, pero también es verdad que una práctica sin buena teoría que la alimente y promueva puede ser nefasta. Decía Sócrates que “una vida sin examen no tiene objeto vivirla”; también una vida cristiana sin inteligencia a la luz de la Palabra y sin el merecido disfrute de la celebración eucarística y los demás sacramentos carece de sentido y está abocada al fracaso.

El creyente necesita alimentar constantemente el espíritu y la inteligencia. Sin ese ejercicio de manducación (rumia de la Palabra) se le hace imposible el Camino y tiende a caer en el desánimo y la desesperación. Esa fue la situación a la que llegó Elías en el desierto cuando huía de la reina Jezabel; llegado un punto su interioridad pierde fuerza y confiesa su abatimiento: “Basta ya, Señor, quítame la vida” (1 Re 19,4). Pero aunque el sentimiento de abandono de Dios envuelva al hombre la revelación deja entender que Dios no lo abandona nunca. Podemos verlo restaurando las fuerzas de Elías ofreciéndole pan y diciéndole: "Levántate, come, que el camino es superior a a tus fuerzas" (1 Re 19,5).

Son numerosos los textos evangélicos que contienen una invitación a levantarse. ¡Levántate! Así invita Jesús al paralítico que le llevan para ser curado (Lc 5,24), al hombre que tenía la mano seca (Lc 6,8), al ciego Bartimeo (Mc 10,49). al difunto hijo de una viuda (Lc 7,12), al leproso agrad,cido de su curación (Lc 17,19) o a la fallecida hija de Jairo (Mc 5,41). ¡Levántate! Cuando el hombre acude a Jesús en situaciones de abatimiento Jesús le da ánimos, alienta su caminar, infunde fuerzas a su espíritu. Hay en este hombre de Nazaret una personalidad excepcional que va más allá de las palabras, un poder que trasciende lo humano, hay en él una fuerza que no es de los hombres sino de Dios.


Creer y recibir el poder de Dios

Lo que diferencia al creyente cristiano del simple admirador de su enseñanza y su vida es que se ha adentrado en la excepcional personalidad de Jesús. A Jesús los judíos le critican porque lo consideran como un maestro o profeta entre muchos, pero no llegan a aceptar el misterio de su divinidad. Sólo conocen de Dios su origen terreno: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” (Jn 6,42). La pretensión inaudita de Jesús, su insistencia en igualarse a Dios, les resultaba tan escandalosa a los judíos de su tiempo Jesús como a los hombres de nuestro tiempo, dispuestos a transigir con un Jesús profeta de la misericordia pero reacios a postrarse ante Él como Dios. ¿Qué decir de arrodillarse ante el Sacramento Eucarístico? ¿Dios en el pan y el vino? ¡Escándalo también para el hombre contemporáneo! Es una suerte haber sido elegido por Dios para ser introducidos en este misterio del Dios humanado: “Nadie puede venir a mi, si no lo trae el Padre que me ha enviado” (Jn 6,44). Ninguno de nosotros estaría aquí en este momento, celebrando la Eucaristía, si Dios no nos hubiera traído; tampoco creeríamos en la divinidad de Jesús, ni en su presencia en el Sacramento, si no se nos hubiera revelado, porque “nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. (Mt,11,27; cf Mt 16,17).


Lo normal es que preguntemos qué tenemos que hacer para ser buenos cristianos. ¿Qué pasos concretos hemos de dar en nuestra vida? Es la pregunta que le dirigieron varios oyentes al Bautista (Lc 3,10-14), la misma que el joven rico hizo a Jesús, aunque con matices, porque éste no tenía mucha intención de seguir a Jesús sino de “ganar la vida eterna” como si de un negocio se tratara (Lc 18,18 ). ¿Qué hemos de hacer? La respuesta es tan complicada y tan simple como lo es el signo del pan. Puesto en la mesa tiene como función el servir de alimento para los comensales, sin ese pan morirían. El destino del pan es ser engullido, desaparecer para que otros sigan viviendo. Ese mismo fue el destino de Jesús: morir para dar vida. Y ese es el Camino cristiano: ser pan con Cristo, hacerse Eucaristía con Él, darse como alimento a los demás. Contemplar a Jesús como pan de vida, celebrar la misa y comulgar con Cristo es, pues, un deleite porque comemos un alimento inmerecido, y una responsabilidad porque al participar del “cuerpo de Cristo” nos hacemos uno con él y aceptamos el seguirle en su destino.

Al final, como siempre, me ha salido la vena moral, el compromiso deducido del texto: seguir a Jesús en su destino de amor. La carta de san Pablo a los Efesios (4,30-5,2), proclamada también hoy, va más a lo concreto: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, personándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”. Brevemente se describen dos modos de enfocar la existencia muy distintos y opuestos: el primero, repudiado por el evangelio, viene dado por el deseo de imponerse a los demás, y conduce a la amargura, la violencia y la maldad, a la excomunión con Cristo y la muerte; el segundo, acorde a las enseñanzas de Jesús, invita a la comprensión y el perdón mutuo, y nos lleva a la felicidad, la comunión con Cristo y la vida. Hay que elegir. Vivir en comunión, comulgar con Cristo en el amor o darle de lado siguiendo la senda de la maldad. Para esto último basta con dejarnos llevar por la corriente de las pasiones (ira, gula, soberbia, lujuria, avaricia, pereza, envidia), tan humanas que nuestro mundo en cierto modo las considera justificables. Pero si queremos seguir los pasos de Jesús podemos hacerlo. Y no estamos solos para ello. A Elías le socorre Dios: “Se levantó Elías, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, el monte de Dios” (1 Re 19,8). La Iglesia, desde antiguo, ha visto en la comida ofrecida a Elías una imagen de la Eucaristía. En ayuda nuestra viene nuestro Señor Jesucristo, Palabra y Pan de Vida. Con Él podemos ser “imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor” (Ef 5,1-2). Con Él. Sin Él lo veo difícil, por no decir imposible.

Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 56061

jueves, 2 de agosto de 2012

Creer en Jesucristo (Domingo, 15 de Agosto)


Cuando la Iglesia gozaba en España de poder e influencia social no le faltaron acólitos que se arrimaran a ella en busca de beneficios que iban más allá de lo religioso. Los tiempos han cambiado, y la Iglesia no goza hoy de una buena apreciación por parte de la sociedad española. El fenómeno de la secularización, con las secuelas del ateísmo e indiferentismo religioso, sitúan a la Iglesia en la lista de instituciones menos valoradas. Como consecuencia de ello, son muchos los advenedizos de antes que han desertado de sus filas. Sin embargo, no podemos ver en esto un motivo para el desánimo, sino más bien para la reflexión y la esperanza. El Concilio Vaticano II al promover la separación entre la Iglesia y los poderes fácticos sentó las bases para una reforma. El primer paso es el desmonte de todo lo viejo, de lo superficial, de lo podrido que hay en el edificio. Todo proceso de purificación trae consigo el despojo de lo superfluo. Es condición necesaria ir ligero de equipaje para salir de Egipto y adentrase en el desierto. Allí, en la purificación de la travesía, vive el creyente “la noche oscura del sentido”, noche del dolor y del vacío, cuando surgen las preguntas más dolorosas: ¿Por qué nos haces pasar por esto? ¿Nos has traído a este desierto para hacernos morir de hambre y sed? (cf Ex 16,2). Detrás del hambre se esconde un problema de fe.

La obra que Dios quiere es que creais (Jn 6,29).

Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26). Jesús conoce el corazón del hombre, sabe de su infantilismo que le lleva buscar el placer sin esfuerzo, la satisfacción sin mortificación. Y en la dimensión religiosa no está exento de esa tendencia a inclinarse por un dios funcional. Dios en función de mis necesidades. Jesús sabe de eso, y nos previene: no ha venido a darnos de comer sino a enseñarnos a compartir; no está la fe en servirse de Dios sino en servirle. “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6,27). Jesús dará un sentido nuevo a la vida, una lección que no conviene olvidar

A pocos meses del inicio del “año de la fe” viene muy bien la llamada de Jesús a renovar nuestra adhesión a su persona. Tal vez hemos caído ingenuamente en la trampa de definir nuestra identidad cristiana con una vaga referencia al mandamiento del amor: ser un buen cristiano es amar, obrar el bien, ayudar al necesitado, etc… palabras fáciles y hermosas que también definen al buen musulmán, al buen judío, budista o hindú. Con esa reducción moral del cristianismo (ser cristiano es “obrar el bien”) hemos disuelto la identidad propia de nuestra religión. ¿No lo notáis? Cualquiera se llama hoy cristiano apelando simplemente a lo bueno que se considera a sí mismo. Incluso se atreve a juzgar a los que practican los ritos católicos tildándolos de falsos.

El evangelio, sin negar la centralidad del amor para la vida del cristiano, nos pone en guardia ante el riesgo de querer vivir un cristianismo sin Cristo. Los que le buscaban dijeron a Jesús: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6,28). Y no les contestó que “hay que ser buenos”, sino algo más sorprendente: “la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”. Palabras que suenan un tanto extrañas a nuestra religiosidad funcional y práctica, pero que revelan el meollo de la identidad cristiana: ser cristiano es ante todo creer en Jesucristo, creer que es el Hijo de Dios, Dios encarnado; lo que el Padre queire es que pongas a Jesús en el centro de tu vida, que seas un apasionado de su persona; es desde el misterio de Jesús desde donde ama el cristiano. La moral cristiana no viene motivada por una imposición legal (mandamientos), ni por simple altruismo (termina uno por cansarse de ayudar al prójimo cuando no hay reciprocidad) o empatía (“no quieras para los demás lo que no quieres para ti”, ¿no es un poco egoísta esta motivación?); la moral cristiana tiene su fuente en la fe; quien es cristiano es ante todo quien cree en la persona divina-humana de Jesús.

El sentido cristiano de la vida

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mi no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6,35). Hay un pan material, como el maná que los israelitas recibieron en el desierto (Ex 16,12-15); pero ese pan es sólo un anuncio, un adelanto, del pan espiritual que es Jesús. El pan material es necesario para la vida; pero no basta. La experiencia nos dice que el hombre, amén de pan, necesita también un sentido para vivir. Y ahí es donde entra en juego la fe. Mientras no tenemos alimentos para sostener el cuerpo solemos vivir buscándolo desesperadamente con el trabajo o recurriendo mágicamente a la religión para conseguirlo. Sin embargo, cuando nuestro cuerpo está saciado -como ocurre en las sociedades desarrolladas y capitalistas- tendemos a la soberbia de la opulencia y el derroche. Descubrimos entonces que el pan no lo es todo.
En su travesía del desierto los Israelitas terminaron por cansarse del maná que tanto apetecieron en un primer momento: “Nos da nauseas ese pan sin sustancia” (Núm 21,5). ¡Qué hermosa descripción de la vida cuando cae en el sinsentido! La rutina de la eterna repetición de lo mismo provocan el hastío, la depresión, la muerte interior. Harto de todo lo deseable materialmente, el hombre sigue insatisfecho. Y es ahí donde se enraíza la importancia de la fe. “No fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo”. ... Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. … Yo soy el plan vivo bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,32.48.51). Sin Jesús todo se dispersa y pierde sentido, con Él como eje de la vida, todo se unifica.

"No sólo de pan vive el hombre"(Lc 4,4). El hombre necesita también del cariño, de la ternura, de la comprensión, del sentido de las cosas, del amor. Leche y miel. No basta la leche, también la dulzura es imprescindible para el desarrollo de la persona. La fe da sentido a la vida. El creyente, tan débil y limitado como el no creyente, se puede sentir orgulloso del plus de haberes y posibilidades que le ofrece la fe. La fe es el punto de apoyo que necesita la palanca de la vida para desarrollar sus potencialidades (cfd Lc 17,6). Siguiendo a Jesús, poniendo su fe en Él, son muchos los que han realizado grandes obras sin perder ellos mismos la esperanza a pesar de las dificultades. Se acercaron a la Eucaristía, comulgaron con la Palabra y con el Pan de vida. Comprendieron que con la venida de Jesús el Padre “hizo llover sobre ellos maná y les dio pan del cielo”. La clave para edificar la Iglesia del futuro, ¿no está en redescubrir la fe en Jesús como Hijo de Dios? El retorno a Jesús, la importancia que ha adquirido la cristología en la vida de la Iglesia es un motivo de esperanza.
Casto Acedo Gómez. Agosto 2012. paduamerida@gmail.com. 25671

sábado, 28 de julio de 2012

"Comerán y sobrará" (Domingo 29 de Julio)

Comentario al texto evangélico: Jn 6,1-15
Durante cinco domingos vamos a seguir la lectura del capítulo 6 de san Juan: milagro de la multiplicación y discurso del pan de vida. El pan es un símbolo que recoge como ninguno la realidad de las necesidades básicas del hombre: alimento, vestido, vivienda, cuidados médicos elementales, etc. No tener pan es como decir que se está en la más absoluta de las situaciones de necesidad. Así se hallaba ante Jesús la multitud que le buscaba y le seguía: sin pan, necesitada de todo. Consciente de la situación, Jesús lanza una pregunta: “¿Con qué compraremos pan para que coman estos?”. ¿Cómo solucionar esta necesidad?
La respuesta de Jesús a una necesidad

Felipe responde echando cuentas: “Doscientos denarios de pan no bastan”, la situación no tiene salida, no hay fondos económicos suficientes. Andrés, más práctico, deja a un lado los cálculos y se va a la realidad posible, aunque sin mucha esperanza: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces”. Hasta ahora sólo tenemos un problema (hambre de la muchedumbre) y unas especulaciones: unos cálculos, unas esperanzas muy pobres… Oscuridad. “¿Quién quitará la piedra del sepulcro para que entre la luz?”.
Jesús va a dar un paso más; va a poner en marcha el corazón de todos, pondrá una solución que exigirá de sus interlocutores fe y obras: “Decid a la gente que se siente en el suelo”. ¿No sería mejor que cada uno vuelva a su casa a procurarse la comida? Sin embargo, se sientan; y eran muchos; el evangelio, tal vez un poco exageradamente dice que “sólo los hombres eran unos cinco mil”. Creyeron. Y ya es un primer paso: creen en la palabra de Jesús. Pero el milagro pide también un compromiso, que en este caso vendrá de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. Podría negarse a compartir, incluso puede que no fueran suyos. Pero ante la necesidad no se arredra y los pone a disposición del maestro de Nazaret. Y Jesús, “tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo todo lo que quisieron del pescado”. El simbolismo eucarístico es evidente: tomó, bendijo, repartió. El evangelista termina anotando la sorpresa: “cuando se saciaron dijo a sus discípulos: recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes que sobraron a los que habían comido”. Y ¿cómo reaccionó la multitud ante el prodigio? Quisieron proclamarlo rey. Una tentación para Jesús. Pero no cae en ella, no se deja embaucar por los laureles del triunfo, “y se retiró otra vez a la montaña, él sólo”.


Unas enseñanzas para tiempos de crisis
1) Estar abiertos a las necesidades de los hombres. Algo recomendable especialmente a los clérigos (a los de toda la vida, y a los nuevos clérigos de la predicación mediática: contertulios y demás predicadores del espectáculo televisivo, amantes de la solidaridad indolora) muy dados, como Felipe y Andrés, a la información y la especulación, pero cobardes para la acción. Una cosa es predicar y otra repartir trigo. Cuando a la prédica no acompaña el testimonio mejor es callar. Jesús, “se da cuenta”, ve la realidad que tiene ante sí, y, predicador él, yendo más allá del discurso, pone remedio a los males. No pocas veces, dice el concilio Vaticano II, el ateísmo es consecuencia del antitestimonio de los que nos llamamos cristianos. Cerrar los ojos al mal y el sufrimiento de los hombres nos hace ateos y hace ateos.
2) La crisis económica que estamos viviendo (mejor sufriendo) es ante todo una crisis espiritual, tiene sus raíces en la falta de fe; que no es virtud exclusivamente religiosa, sino también humana: confianza mutua, fe en las posibilidades del hombre para salir juntos de situaciones difíciles, etc. Nadie duda de que, amén de lo económico, también lo espiritual se resiente en nuestra sociedad: corrupción económica, narcisismo de las personas y de los pueblos (nacionalismos excluyentes), idolatría del dinero, etc.. “No podéis servir a Dios y al dinero”, “no sólo de pan vive el hombre”. Falta “caridad” en el sentido fundamental del término: amor de entrega en gratuidad total. Sin esto, no hay salida, por muchos recortes que apliquemos a la economía nacional. Recortar no es amar, amar es dar, poner al servicio del prójimo lo mucho o poco que tengo. Recortando esto no se llega a nada. ¡Ay si aquel muchacho se hubiera negado a poner sus panes y sus peces!
3) “Hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces”. Un niño, un joven. Tal vez si hubiera sido un adulto, o un viejo, se hubiera reservado su comida. ¿Por qué precisamente la vejez nos hace más desconfiados y egoístas? ¿No debería ser al revés? Aquel muchacho tuvo el valor de poner todo lo suyo en común, y aquello funcionó. Si miramos su actitud en este tiempo de crisis descubrimos que la solución no está en guardar los ahorros en lugar seguro, sino en ponerlos al servicio del bien común. Mientras los grandes bancos y entidades financieras sigan especulando, mientras lo primero en la escala de valores sea el capital (bienes “pasivos”) y no las personas, no podemos esperar el “milagro económico”; este sólo es posible por la aportación generosa de cada persona e institución. Poner todos nuestros “activos” (dinero, inteligencia, valores humanos, justicia social) en común es la solución.
4) No hacer las cosas para ganar medallas, ni dejarse embaucar por las glorias fáciles. El pueblo, que no es tonto, que no es tonto, “quisieron proclamarlo rey”. ¡Menuda bicoca! Con éste ya lo tenemos todo arreglado; cada vez que tengamos hambre nos socorrerá con un milagro. ¡Ya pueden ir cerrando las panaderías del país! Pero Jesús “se retiró”, rechazó la tentación del poder; podría haber aprovechado su gesto para hacer campaña electoral, pero no lo hizo. Tal vez nos esté diciendo que el auténtico rey debería ser el muchacho que puso los panes y peces. El Reino de Dios está allí donde se comparte se pone en común la vida.
5) Este signo es una catequesis eucarística. El gesto de Jesús al ofrecer el pan y los peces apunta a algo importante para todos: no desconectar la Eucaristía de la vida. La misa no es una celebración para situarnos una hora a la semana al margen de la vida, sino para poner la vida en el centro de nuestra atención. Una oración (fe) que no mueva a la acción (obras) no es propiamente cristiana. Jesús celebró la Cena Pascual, pero ese signo sólo adquirió sentido con su entrega. ¿No crees que hay mucha relación entre la misa y la vida?
¿Qué busco yo en Jesús? ¿Qué espero de la religión? ¿Para qué acudo cada domingo a misa? Seguramente acudimos, como aquella multitud, a “escuchar” a Jesús; o tal vez porque henos visto los signos que hace con los enfermos; hemos visto como algunos han sido curados de sus enfermedades o sus desesperanzas, y nos han dicho que han sanado por mediación divina. Pero ¿vienes sólo a recibir? Pobre de ti. ¿No has descubierto aún que, como dice la oración franciscana, “es dando como se recibe”? Aquella multitud recibió pan un día. Al día siguiente hubieron de buscarse el sustento. Jesús no les dejó instalarse en “la cultura de la subvención”; les enseñó que el futuro de los hombres y de los pueblos pasa por la justicia y la caridad, por poner en común unos bienes que son de todos. “¡Dadles vosotros de comer! Los grandes cambios, las grandes revoluciones, empiezan en el corazón de los hombres. Mientras nuestra despensa esté llena, ¿será digno pedir pan a Dios? Sin ambargo, cuando sigues la Palabra del Señor que te dice: Dale tus panes a la gente para que coma, "comerán y sobrará".
Casto Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com. 25376

miércoles, 11 de julio de 2012

Enviados a predicar (Domingo 15 de Julio)


En la última etapa de su vida Jesús se dedicó directamente a la predicación. Los milagros, las parábolas y los discursos que recogen los evangelios, están siempre en función de lo mismo: el anuncio de la paternidad de Dios y su Reino. Desde el principio Jesús fue un incomprendido, un “extraño” (extranjero) en su propia tierra: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿de dónde le viene esa sabiduría? Y se extraño de la falta de fe de sus paisanos (Mc 6,2-6). Pero no se desanimó, asumió el riesgo de ser diferente, de ser distinto en su forma de pensar y actuar. En una palabra: Jesús no se vendió, sino que mostró una libertad inusitada ante quienes querían adocenarle y asimilarle a la cultura y religión del ambiente.

Estar con Jesús y anunciarlo

Consciente de que su estar en el mundo era transitorio escogió un grupo de doce “para que estuvieran con él”, para que le conocieran más de cerca y aprendieran con él a ser distintos, para que se empaparan de su personalidad, y poder enviarlos luego a predicar (Mc 3,14) lo que habían visto y oído, lo que contemplaron sus ojos y palparon sus manos (cf 1 Jn 1, 1-4). Les educa para que luego ellos sean educadores (conductores). La formación de esos seguidores no será sólo teórica; tendrá también un componente práctico: ”llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas.” (Mc 6,7-8). En la elección y envío de los discípulos nos ofrece el evangelio un modelo de vida cristiana: hemos sido elegidos para “estar con Jesús”, para “vivir en Cristo”, para gozar la iglesia, los sacramentos y la oración; pero también “somos enviados” a testimoniar, “viviendo” el evangelio.

Y para el testimonio-predicación se nos dan instrucciones sobre el modo e inconvenientes a la hora de evangelizar:
-en comunidad: "de dos en dos", porque quien anuncia un mensaje de comunión no debe hacerlo en solitario, sino con y desde la comunidad.
-desde la pobreza y la sencillez, viajando ligero de equipaje, con sólo lo imprescindible para vivir (un bastón, sandalias y túnica), no sea que las “cosas materiales” oscurezcan y obstaculicen el mensaje;
-también se evangeliza desde el abandono en manos de aquellos a quienes se dirige el apóstol: “Quedaos en la casa donde entréis hasta que os vayáis de aquel sitio” (Mc 6,10), porque no basta el discurso para llegar a los hombres si a éste no le acompaña la comunión de vida con ellos;
- y el apóstol ha de ser consciente de que es posible el rechazo del evangelio, incluso violento; también ante esto da Jesús su consejo: “si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos” (Mc 6,11).El rechazo del evangelio es posible e incluso esperable, ya que forma parte de la vivencia misma del maestro, que “vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). La consigna de “sacudirse el polvo de los pies” viene a decir que la tarea del apóstol es anunciar el mensaje, pero la ausencia de frutos a causa del rechazo no desdice nada de su misión.

Creo que todos los sacerdotes y directores de espíritu han tenido que escuchar alguna vez en coloquio o confesión la queja amarga de padres que lloran el fracaso a la hora de transmitir a sus hijos la fe y la práctica religiosa. “Son buenos chicos, pero a pesar de nuestro ejemplo y de haber procurado darles una formación cristiana adecuada, nos parece que no lo hemos conseguido”. Muchos muestran cierto tono de culpabilidad al decir esto. Y yo les suelo decir que no hay motivos para sentirse culpable. “Uno es el que siembra y otro es el que siega” (Jn 4,37), la semilla se ha sembrado, ¿quién sabe qué cosecha habrá al final? De todos modos, cuando la palabra rebota y sólo encuentra cerrazón y rechazo, acordaos del consejo del Señor: “Si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos” (Mc 6,11). No es que debamos odiar a los que no escuchan ni acogen el mensaje, ¿cómo odiar a nuestros propios hijos?, pero sí debemos alejar de nosotros un sentimiento inmerecido de culpa que termina por hacernos dudar de la eficacia del evangelio dañándonos a nosotros mismos.

Anunciar con valentía la Verdad (parresía)

El rechazo del evangelio no es extraño a la historia de la salvación. La verdad duele y el que recibe la voz profética que denuncia sus injusticias e idolatrías no suele quedarse estoicamente en silencio sino que tiende a reaccionar de modo violento. ¿Quién no ha experimentado nunca el rechazo a causa de la predicación o vivencia de su fe cristiana? Ese rechazo más que motivo de desánimo, ha de ser acicate para, una vez discernido su genuino carácter de persecución por causa del evangelio -no toda crítica a los cristianos ha de ser leída necesariamente como persecución y rechazo- continuar con más empeño la tarea evangelizadora.
Jesús manda a los suyos, (a ti y a mí) a predicar y a sanar. Palabra y acción, verdad y amor. En junio de 2009 el papa Benedicto XVI dio a conocer su carta encíclica Veritas in caritate. Ahí exponía que la dinámica del amor exige no ocultar la verdad de Dios y del hombre: “Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. … Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”. (nº, 3). Como apóstoles somos envidados a anunciar el amor de Dios, que va más allá de los sentimientos. Ese amor, tal como lo vemos en las Sagradas Escrituras, se expresa unas veces con la dulzura del Padre que alienta el ánimo de sus hijos, y otras con la dureza de quien reprende. En este segundo caso nos cuesta más aceptar la verdad, porque pone al descubierto nuestro pecado.

En los días que vivimos, tiempos de relativismo e individualismo donde cada uno se percibe como centro del universo, se hace más difícil el anuncio y la misma escucha de la denuncia profética. Pero ello no debe impedirnos seguir practicando el profetismo exigente. La caridad pide que miremos al prójimo y al mundo desde la verdad y que no les ocultemos la verdad que no deja de ser tal porque no quiera escucharse. ¿Cómo nos curaremos si no hacemos diagnóstico de nuestros males? ¿Cómo liberarnos de las mentiras que nos atan si no las ponemos al descubierto? Y esto sabemos que crea conflictos y da lugar a persecuciones. El profeta que denuncia la falsedad y la injusticia será invitado, como lo fue Amós, a exponer su profecía en otro sitio donde su voz no sea tan molesta (Am 7,12-15).
Nuestro modelo de apóstol y profeta es Jesús. Él vivió un amor al hombre sin concesiones a la mentira. Habló con “valentía” (parresía) la verdad; “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37). La Eucaristía dominical es la fiesta de los inconformistas, ese momento de la semana en el que nos ponemos en el regazo de Dios dejándonos serenar e interpelar por su voz profética. Aquí tomamos fuerzas, para descansar de la misión, y para salir luego a la calle a seguir dando el testimonio sencillo del Reino. Sin miedos, sabiendo que la fricción, el choque de mentalidad, y la consiguiente incomprensión-persecución, es esencial en la vida del apóstol. Como Jesús fue acogido, así serán acogidos los suyos, y como fue rechazado, también lo serán los suyos: “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán”. (Jn15,20).
 
C. Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com24581

sábado, 7 de julio de 2012

Nadie es profeta en su tierra (Domingo 8 de Julio)

Hace dos domingos, al narrarnos el evangelista Marcos el milagro de la tempestad calmada, concluía la narración con esta enigmática pregunta “¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4,41). Hoy, la liturgia nos presenta en el evangelio la misma reacción de sorpresa; esta vez en boca de sus paisanos: ¿Quién es este? ¿De dónde ha salido esa sabiduría que muestra? ¿No es el hijo de José, el carpintero, y de de María? ¿No ha vivido y se ha criado entre nosotros? (Mc 6,2-3).
¿Quién es este?
Los paisanos de Jesús pasan del asombro (reconocimiento de la sabiduría de sus palabras en la sinagoga) a la desconfianza (¿qué nos puede enseñar el hijo de un artesano?). Si en multitud de pasajes evangélicos podemos observar cómo la fe propicia el milagro -recordemos la curación del a hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo, el domingo pasado-, también en otros lugares se nos ofrece la otra cara de la moneda: la desconfianza del hombre bloquea la eficacia del amor de Dios: “No pudo hacer ningún milagro por su falta de fe” (Mc 6,5). Sin el concurso de la fe del hombre a la Palabra de Dios no hay salvación (milagro).

Jesús resume la actitud de sus paisanos echando mano de un dicho, de un refrán corriente en su tiempo y que ha pasado desde el evangelio hasta nuestros días: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre los suyos y en su casa" (Mc 6,4). Nadie es profeta en su tierra. Sus paisanos se habían acostumbrado a él. Le habían visto crecer, conocían a sus padres y parientes. ¿Qué se puede esperar de este carpintero?

Es la actitud de ceguera para ver la realidad fruto de la rutina que va empañando los ojos y tergiversando la visión clara de las cosas. Nos acostumbramos de tal manera a las cosas, incluso a las de Dios, que nos cuesta verlo aunque lo tengamos delante. Por eso, tal vez la primera enseñanza de este evangelio sea la de no acostumbrarnos nunca a nada. Es triste encontrar un marido que se ha acostumbrado a su mujer, o la esposa que se ha acostumbrado a su marido (¿qué me va a enseñar? ¿qué voy a esperar ya de él?), o un sacerdote acostumbrado a su oficio (¿no percibes su rutina y frialdad celebrativa?), o el cristiano que se ha acostumbrado a la misa, a la participación rutinaria en los sacramentos, a la doctrina bien estudiada o a la teología perfectamente estructurada, de forma que ya no se encuentra novedad alguna en las cosas y las personas. Es el pecado de los fariseos, tan seguros ya de estar en el buen camino y en la posesión de la verdad que sus oídos y sus vidas quedan impedidos para percibir la presencia de Dios en su historia.

Ser en la vida “romero”.

Dios no admite “acostumbrados”. El acostumbrado es un muerto a la fe. Ya no espera nada, todo lo tiene situado en su lugar. No es capaz de ver la “novedad” de Dios, su profecía, su milagro, que le llega a través de la naturaleza, de la historia, de los acontecimientos que vive con parientes y vecinos. ¡Cuántos profetas nos manda el Señor! Cada consejo de un buen amigo, cada verdad que nos dicen con ánimo de convertirnos, de que cambiemos nuestras actitudes negativas, cada testimonio de paciencia, de entrega al enfermo, al abandonado, cada gesto de solidaridad son voces proféticas que nos llaman a descubrir la fuerza de Dios escondida en la debilidad de los hombres (cf 2 Cor 12,9-10).
El remedio está en romper esquemas, en esquivar la tentación de la “costumbre”, del acomodo en lo fácil, en abrir la mente para superar el "escándalo de Dios". El poeta León Felipe canta que hay que ser “romeros”, peregrinos que no se instalan en un lugar apacible, que no dogmatizan su fe, sino que se ponen cada día en marcha no dejando que el alma sientan la tentación de instalarse en ideas e imágenes prefabricadas y fijas de Dios y de la vida. Cuando hacemos de Dios una idea lo transformamos en un ídolo. El Dios verdadero no se deja encerrar ni en ideas ni en imágenes. Para acercarnos a Jesús, para crecer en la fe, para no perder la sorpresa de Dios, hay que ser romero que busca siempre caminos nuevos, romero con el corazón abierto a la noticia de Dios.
Ser “romero” es todo un estilo vida que facilitará el reconocer a Jesús entre nosotros y alimentará la fe. A Jesús le sorprende el rechazo de sus vecinos, “y se extrañó de su falta de fe” (Mc 6,6). Los más cercanos, los más allegados, los más seguros de sí, fueron incapaces de ver al “profeta” que vivió entre ellos; estaban hechos a una imagen concreta de Jesús (¡qué nos vas a decir que ya no sepamos de ti, carpintero!) y de Dios (¿cómo Dios se va a rebajar tanto como para colocarse al nivel de los hombres?) difícil de desmontar.
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No es fácil asimilar el hecho de que Dios se haga presente en la debilidad de la carne. Se es Dios o se es hombre, ¿acaso se pueden ser las dos cosas a la vez? Con la encarnación, y más aún, con la muerte en cruz, el escándalo está servido. Los paisanos de Jesús se escandalizaron de él. Esperaban un Mesías más divino, no tan humano como el hijo de María y José. Esperaban que la fuerza de Dios se revelara de manera portentosa y espectacular. Pero Dios no usa del poder y el espectáculo para imponerse, sino que muestra su fuerza en la debilidad (cf 2 Cor 12,9-10). ¿Quién creerá en un Dios así?
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Casto Acedo. Julio 2012. paduamerida@gmail.com24325

viernes, 22 de junio de 2012

Que yo disminuya para que Él crezca (San Juan Bautista. 24 de Junio)

Todos los que oían cómo Zacarías, padre de Juan, bendecía a Dios por haberle dado a su hijo  reflexionaban diciendo: “¿Qué va a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él” (Lc 1,66).

Tras estas palabras, y antes de afirmar que “el niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; y vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel” (Lc 1,80), el Evangelio de san Lucas coloca el canto del Benedictus; Zacarías, padre del Bautista bendice al Señor, Dios de Israel, porque no se olvida de su pueblo (ya se espera el nacimiento del Mesías; María estaba en su sexto mes): “Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación, por medio del perdón de los pecados” (Lc 1,76-77). Para Zacarías el nacimiento de su hijo Juan es ya un anuncio de la llegada del Salvador: “nos visitará un sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78b-79a). Juan Bautista viene para disponernos a la luz, para que, cuando llegue, no nos sorprenda en la ceguera y nos perdamos sus beneficios. “Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz,… No era él la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,6-8).

Juan Bautista, precursor de Jesús.

Son muy numerosos los textos del Nuevo Testamento que nos hablan del Bautista; incluso el mismo Jesús se dispendia en alabanzas hacia Él:  « ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre lujosamente vestido? ¡No! Los que visten con lujo están en los palacios de los reyes. ¿Qué salisteis, entonces, a ver? ¿Un profeta? Sí, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti, él te preparará el camino” (Mt 11,7b-10).

Juan Bautista no es nada sin Jesús. La grandeza de Juan, de hecho, está en su pequeñez, en su “dependencia”, en su papel de “segundón, en su apagarse para que el Otro luzca. Vino para ser “testigo de la luz”, y él mismo no es nada sin la Luz. Su vida está íntimamente unida a la de Cristo, vive por Él y para él, hasta sufrir como Cristo el martirio. Jesús, al decir que le miremos nos incita a que le imitemos: “Os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él” (Lc 7,27). La grandeza moral de Juan es tanta, a pesar de su pequeñez humana, que el mismo Jesús lo compara con el profeta Elías: “Elías tenía que venir a disponerlo todo. Pero os digo que Elías ha venido ya y no lo han reconocido, sino que han hecho con Él lo que han querido. Del mismo modo van a hacer padecer al Hijo del hombre. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”. (Mt 17,11-13).

Juan, el profeta

Juan es un profeta, el último profeta de la Antigua Alianza. Invita, como todos los profetas de Israel, a la conversión; prepara los caminos para que el Señor pueda nacer en el seno de su pueblo. Son características del profetismo su vocación específica (cf relatos de vocación profética), y su predicación sin miedos anunciando la cercanía actual o la llegada inminente de Dios, y  denunciando todo aquello que impide la instauración del Reino.
-Profeta es el que ha experimentado a Dios en su vida, el que se ha encontrado con él. De Juan Bautista se dice que ya saltó de gozo en el seno de su madre cuando María la visitó (cf Lc 1,44).
-Profeta es el que Dios llama para dar la vuelta a la realidad anquilosada; con el llega la contracultura, la toma de conciencia de la marginalidad frente a los poderosos. El profeta anuncia el cambio de las estructuras de pecado por estructuras de gracia. Si de algo tiene necesidad un mundo-pueblo desorientado, aburguesado y capitalista, es de profetas como Juan que pongan en entredicho la vacuidad e injusticia que supone vivir de espaldas a Dios y al prójimo.
-Profeta es el hombre capaz de acercar a los hombres el consuelo de Dios. "...Viene el que es más fuerte que yo, Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. ... Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio" (Lc 3,16.18).

Juan Bautista es profeta cabal,
-con su estilo de vida austero, “iba vestido con pelo de camello, llevaba una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre” (Mc 1,6), muestra la relatividad de las cosas de este mundo, su transitoriedad, y su poca importancia ante la “nueva luz” que nos espera;

-con su palabra anuncia dónde está la verdadera vida: en el seguimiento de Jesús: “Juan se encontraba con dos de sus discípulos, y “de pronto vio Jesús que pasaba por allí y dijo: -Este es el cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron decir esto, y siguieron a Jesús” (Jn 1,36-37). Así nos lo presenta el evangelio, como el que señala a Jesús; el arte lo representa siempre o bien con un cordero en sus brazos o a su lado,  o señalando con su dedo al Cordero que quita el pecado;

-también con su palabra denuncia las situaciones injustas, los pecados, tanto sociales: “El que tenga dos túnicas que le de una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo … a los cobradores de impuestos: no exijáis más de lo establecido… a los soldados y funcionarios: no uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie y contentaos con vuestra paga” cf Lc 3,10-14) como personales; y en esto chocó con Herodes, “el tetrarca, que debido a sus relaciones con Herodías, la mujer de su hermano, y a todos los crímenes que había cometido, era severamente censurado por Juan. Así que a todas las tropelías añadió Herodes la de encerrar a Juan en la cárcel” (Lc 3,19-20). Más tarde sería decapitado por Herodes a petición de Salomé y su madre, Herodías (cf Mc 6,14-19).

-como profeta, su mensaje es universal, no se cierra en los límites nacionalistas, sino que se abre a todos los hombres de todos los tiempos, ya que su fin último no fue crear escuela, hacer un grupo propio, sino abrir los ojos de todos los hombres para que puedan encontrar el camino hacia Dios.

“Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30)

Patrono de nuestra archidiócesis, de su vida y de sus enseñanzas evangélicas podemos extraer pautas importantes para nuestra renovación personal y eclesial. Y tal vez la primera enseñanza evangélica que nos da Juan sea la de saber esperar. La esperanza está íntimamente relacionada con la alegría, quien espera, goza ya de lo que espera. Junto con la Virgen María, Juan es protagonista del Adviento cristiano. Ellos vivieron con intensidad y alegría los momentos previos de la venida del Mesías; María (“la primera entre las mujeres”) con la fe puesta en la promesa del angel de que en su seno vendría el Salvador del mundo, Juan Bautista con su invitación a “preparar el camino al Señor” y la llamada al cambio: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3,2-3).
Ser devoto y celebrar a san Juan Bautista supone, también, vivir en la austeridad, siendo “testigo de la luz”, profetizando en el mundo, anunciando el amor de Dios y desvelando la injusticia del hombre. Todo ello comporta, hoy como entonces, el riesgo de la persecución, e incluso el martirio. La valentía del testimonio cristiano, tan necesaria hoy como siempre.


Como Iglesia diocesana y como comunidad Parroquial, no podemos celebrar dignamente a san Juan Bautista sin sentir como nuestra su tarea de “preparar el camino al Señor”, dando testimonio de fraternidad, evangelizando sin buscar ningún protagonismo personal ni de grupo, procurando que sea la luz de Cristo la que brille en las tinieblas, aceptando que “es preciso que él (Cristo) crezca y que yo disminuya” (Juan 3,30). La Iglesia no debe caer en el error de predicarse a sí misma sino a Jesucristo. San Juan señala con su dedo la cruz de Cristo, su seguimiento, ¿hacía donde nos dirige nuestra diócesis? ¿Hacia dónde camina nuestra parroquia? ¿Hacia dónde vamos?

En esta solemnidad, deseemos fervientemente que la personalidad del Bautista cale en la Iglesia de Jesús; pidámosle que nos enseñe qué tenemos que hacer, sobre todo cuando haya peligro de división entre nosotros; Juan nos aconseja entonces que disminuyamos nosotros para que crezca Cristo, que relativicemos nuestros grupúsculos y partidos eclesiásticos y absoluticemos sólo al Salvador. Poner a Cristo en el centro de nuestra vida personal y eclesial, por encima de nuestras pertenencias a grupos o movimientos, no es signo de falta de devoción al santo, sino todo lo contrario, la señal más evidente de que hemos comprendido su misión y su mensaje.

Casto Acedo Gómez. Junio 2012.  paduamerida@gmail.com. 23561

martes, 3 de abril de 2012

Amor, Eucaristía, Sacerdocio, (Jueves Santo)

Celebrar el Jueves Santo es celebrar lo esencial de la espiritualidad cristiana concentrado en un día. En su última cena con los suyos, cuando Jesús ve llegar su hora (Jn 13,1), se comporta como un padre despidiéndose y dando los últimos consejos a sus hijos. En la Cena de Pascua, pues, el Señor dió entonces a sus primeros seguidores y nos da a nosotros hoy su testamento; nos pasa el testigo de un tesoro muy valioso: su modo de vida.

Tres son las cláusulas del testamento de Jesús:

1) "Amaos los unos a los otros como yo" (Jn 15,12). Es verdad que el mandamiento del amor no es una novedad absoluta; ya existía en el Antiguo Testamento ( Lv 19,18) y en los escritos sagrados de otras religiones. La novedad está en el “como yo”, es decir: amad hasta el final, hasta la muerte; amad incluso “a vuestros enemigos, … porque si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? (Mt 5,44.47). Ese amor “como yo”, amor gratuito de Dios, rompe todos los esquemas, porque supone configurarse con el mismo Cristo, vivir como Él vivió. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15).

2) "Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11,23). ¿Qué es lo que tenemos que recordar y hacer? Sobre todo la vida de Jesús, su misericordia para conmigo y para con todos los hombres, especialmente los más pobres. La misa se llena de sentido cuando se conecta con la vida. Reducir la Eucaristía a la repetición de un rito mágico por el que nos llega la vida de Dios es un empobrecimiento de su sentido. Celebrar la Cena del Señor no es, ante todo, celebrar la comunión (en el sentido en que se hace en las primeras comuniones, o en las comuniones rutinarias de cada misa dominical o de cada día), sino hacerlo dejándose envolver por el significado de ese gesto: “mi cuerpo entregado, … mi sangre derramada” (Lc 22,19). Quien recibe el Cuerpo de Cristo (el pan eucarístico) sin darse a los demás como Jesús, no es digno del Cuerpo y la sangre del Señor (cf 1 Cor 11,28-29).

3) El tercer regalo que nos hace el Señor en la tarde del Jueves Santo es el don del sacerdocio. Se trata de algo especial que no se puede desligarse de los dones mencionados anteriormente porque está íntimamente ligado a ellos. Además, el sacerdocio es inseparable del don mismo de la Iglesia. Algún teólogo ha dicho que al invitar a los suyos a reunirse para repetir el gesto de su vida, y especialmente el gesto de la última cena (“Tomad, comed. … Tomad, bebed”), Jesús está fundando la Iglesia. Y no le falta razón. Por parte de Jesús hay una voluntad de continuidad de su ministerio en el grupo al que le encomienda estos misterios en la Cena Pascual. Podemos decir que la Iglesia se perfila ahí como proyecto de amor, es engendrada en la cruz que reconcilia y atrae a todos hacia Él (Jn 12,32) y ve la luz con la efusión del Espíritu en Pentecostés (Jn 20,22-23; Hch 2). El sacerdocio ministerial es inconcebible sin la comunidad eclesial; el sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden no es otro Cristo en medio de la nada, sino insertado (encarnado) en la Comunidad cristiana a la que sirve.

El testamento de Jesús marca unos hitos, unas lugares de encuentro donde el discípulo podrá experimentar su cercanía cuando ya no esté entre nosotros. Como dice el prefacio de la Ascensión, Jesús  "no se ha ido para desentenderse del mundo", sino que  sigue presente a ti en el hermano, especialmente el que necesita más de tu amor, y que generalmente suele ser el menos amable, bien porque la enfermedad, la vejez, la opresión, la pobreza o la violencia han deformado su cuerpo, o porque el sufrimiento le ha agriado el carácter. También se haya presente el Señor en los dones eucarísticos, en el pan y el vino consagrados, presencia real, sacramento, signo visible de lo invisible. Y, cómo no, a Jesús lo encuentras en la Iglesia, comunidad de servicio, presnte allí donde dos o más permanecen unidos o se han reunido en el nombre del Señor (Mt 18,20). También en el sacerdote, enviados a tu comunidad para dinamizar la evangelización,  administrar los sacramentos y promover la caridad, puedes encontrar a Cristo. Dios está, pues, contigo y con todos en este Jueves Santo. Hoy puedes recibir más conscientemente ese amor que derrama sobre ti cada día.

Casto Acedo. Abril 2012.  paduamerida@gmail.com. 18450